Los orígenes de ‘ojalá’, ‘caravana’, ‘carajo’ y ‘kafkiano’

Por Néstor Luis González el 29/02/2016

1. Ojalá.

Esta palabra viene del árabe. La traducción varía según la fuente, pero puede ser ‘si Dios quiere’, ‘Dios quiera’, ‘lo quiera Dios’ o ‘si Dios quisiera’. Lo que sí queda clarito es que ‘alá’ es Dios, aunque el vocablo del que derivan la voz “oj” no haya sido precisado. Muy pocas personas conocen esta etimología, y por eso es común escuchar redundancias como “ojalá Dios quiera”.

2. Caravana.

Proviene del persa karawan y se refiere a una fila de animales de carga. Se supone que la palabra llegó a Europa durante las cruzadas, pues la primera mención conocida la hizo el poeta Ambrosio, quien la nombró “La historia de Guerra Santa”.

3. Carajo.

En Venezuela y otros países de habla hispana es común que a uno lo manden al carajo a manera de insulto. El uso de la palabra data de la edad media, y específicamente de las expediciones marinas de la época. El lugar más alto del barco, donde había un hombre en estado de alerta que debía gritar ¡tierra! cuando la viera, era llamado el ‘carajo’. Aquel trabajo era el más ingrato de todos. El marinero padecía de frío, de un sol inclemente o de lluvia alternativamente; y al que se portaba mal lo enviaban al carajo.

Sin embargo, algunos expertos han dicho que la etimología de la palabra ‘carajo’ es casi imposible de encontrar, pues también desde la edad media lo usan para referirse al pene de los hombres. El mismo Camilo José Cela le dedicó 60 páginas a la palabra en su “Diccionario Secreto”. También hay dudas sobre un posible origen árabe , pues kharaja significa salir, y tal vez la expresión ‘me rajo’ -me voy- sea una contracción de la misma ‘carajo’. De todas formas hay otras acepciones que ponen aun más morado el caldo: un ‘carajito’ es un niño en Venezuela, y un carajillo es un café en España.

4. Kafkiano.

Así como la palabra ‘cantinflar’ es hablar mucho sin decir nada, lo kafkiano se refiere a un asunto absurdo. Y es que al igual que la de Mario Moreno Cantinflas, la obra de Franz Kafka trascendió de tal manera que se hizo parte de la lengua. Lo curioso es que el escritor checo no quería que sus cuentos salieran a la luz y fue un amigo suyo el que decidió que, por el bien de la humanidad, no podría cumplir la última voluntad del muerto.

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