Los muertos del tren minero. Por Uriel Ariza-Urbina

Por Uriel Ariza-Urbina el 11/02/2016

Premio Nacional de Crónica Juan Rulfo
Uriel Ariza-Urbina ©
La travesía de 150 kilómetros del tren minero de la mina de carbón El Cerrejón, en La Guajira, deja a su paso una estela de contaminación y muerte.

Mediodía de agosto de 1983 en la desértica bahía de Media Luna, al extremo norte de la península de La Guajira. El aire está detenido y no se oye el rumor del mar. El sol distorsiona el horizonte. Desolación sobrecogedora. Un ambiente hostil para la vida. Aquí sobreviven los indígenas wayúus desde hace siglos, la tribu más numerosa de Colombia y una de las pocas que aún resisten a los desiertos del mundo. Lo que está a punto de suceder en este territorio les trastornará sus vidas para siempre. Provocará que sus preciados animales participen de un misterioso y brutal ritual de suicidio. Cambiarán sus costumbres. Perderán la fe en sus creencias

Un estruendo retumba a kilómetros y espanta la escasa vida del desierto. Los indígenas salen de su sopor en sus rancherías. El ruido es aterrador. No se asustan. No le temen a nada, excepto a los espíritus después de la muerte. Se arman con escopetas. Valentía y orgullo ancestral. Un indígena otea el resplandor del mar y otro pega la oreja en el suelo. Creen que el estropicio viene de bahía Portete, donde “los gringos malos” construyen un enorme puerto para sacar el carbón, como ellos los distinguen de los “gringos buenos” de la célebre y triste bonanza marimbera de años atrás.

Allí se construye el puerto carbonífero, pero antes vivía un clan indígena de más de trescientos individuos y fue desalojado tras una dura batalla legal, altercados y amenazas. Los wayúus fueron indemnizados. Estos indígenas viven en territorios definidos por clanes o familias. La Guajira es el único territorio del país que tiene dos divisiones políticas: la municipal y la indígena. La infraestructura del carbón alteró de manera dramática la organización política y cultural de los wayúus. Cada vez que escuchan algún ruido extraño que viene de su territorio usurpado, les hierve la sangre.

Piensan que la algarabía es el tren minero que ansían ver, no por novelerías sino por saber qué amenaza será el “demonio de acero” con el que deberán convivir para bien o para mal. La multinacional norteamericana Morrison K-Nudsen ensambla el complejo minero El Cerrejón, la mina de carbón a cielo abierto más grande del mundo en la actualidad. Los indígenas no soportan la invasión de sus antiguas tierras. La explotación del mineral y su transporte hasta el mar afectará ciento cincuenta kilómetros de su territorio. Territorio sagrado. Arrasarán sus rancherías, el refugio de sus animales y los abrevaderos que sustentan la vida. Destruirán sus lugares de fe. Un insulto para sus muertos. Una humillación para los vivos.

Ven a una caravana de extraños y gigantes camiones de siete metros de alto que rugen como mil espíritus malos, según la creencia. Se dirigen a la mina de carbón a través de trochas que van abriendo a su paso. Tardarán una semana en llegar a su destino, provocando la más grande conmoción en toda la región, comparable al intento infrcutuoso de los españoles por conquistar a los wayúus en el siglo XVIII. Los indígenas saben ahora que no es el tren. Se atraviesan en el camino de los camiones con tolva. Un campero blanco que guía a la caravana se detiene. Dos personas se bajan en medio del polvorín y saludan a los indígenas. Son negociadores de Intercor, filial de la Exxon y operadora de la mina. Uno es un paisa hábil en el arte de la palabrería. El otro tiene sangre wayúu, apellido inglés y habla wayuunaiki, la lengua nativa. Sabe cómo lidiar con sus paisanos: dinero o especie. Palabrea con el jefe del clan y reanudan la marcha.

Por la noche, el jefe del clan reúne al “palabrero” y al “soñador”, dos sabios consejeros. Creen que los camiones no son una amenaza. No saldrán de la mina. El tren es el enemigo, insisten. Es un intruso en sus tierras. El tren cargado de carbón profanará el cielo sagrado de Jepira, en donde revolotean las almas de los muertos, un lugar paradisíaco para turistas conocido como El Cabo de La Vela. Pero los indígenas no imaginan lo que en realidad provocará el tren minero a su paso por el desierto: arrojará una nube tóxica de polvillo de carbón y contaminará el aire limpio de toda La Guajira, su único río y su mar virgen. Envenenará el suelo y las plantas. Matará a los animales. Matará a las personas.

—Los espíritus se enojarán cuando el tren pase por nuestro suelo sagrado—, dice Eriberto Epiayú, un curandero mágico.

Le sube la ira. Su rostro sigue imperturbable como una piedra. No expresan la rabia con gritos, insultos o amenazas verbales. Se dirige a la Piedra Aalasu, un petroglifo con los símbolos de los clanes que narra la historia de los wayúus. Es una peregrinación de setenta y ocho kilómetros a pie descalzo que le robustecerá el orgullo de su raza. Le recordará cómo conquistaron este territorio agreste y salvaje. Le recordará que así es el mundo de sus almas: salvaje, agreste y altanera.

No todos los indígenas tienen el coraje de este hombre. La cultura del dinero fácil del tráfico de marihuana de los años setenta reivindicó la naturaleza soberbia de los wayúus, y cuando el negocio se vino abajo muchos no quisieron volver a sus viejas costumbres. Migraron a la guajira venezolana, otros conformaron temibles bandas criminales que asolaron a los comerciantes árabes de Maicao y a toda la troncal del Caribe. Pero cientos de ellos deciden trabajar en la ‘bonanza’ del carbón. Quieren ser vigilantes. Aman las armas. Les gusta defender territorios. Lo llevan en la sangre.

Un sabio indígena advierte del peligro de trabajar en El Cerrejón. Una tierra “maldita” para ellos. La razón es histórica. Durante la Rebelión Wayúu contra los españoles en 1769, los nativos que murieron allí no fueron devueltos a sus lugares sagrados de entierro, como manda la ley india. Nadie escucha al viejo. Para algunos será su último trabajo. Morirán por la lenta y dolorosa enfermedad del carbón, aunque para otros será por la venganza de los espíritus.

El “demonio de acero”

En 1984 el tren se prepara para su primer viaje anticipado de carbón. La multinacional no sabe cómo reaccionarán los indígenas. Cientos de ellos salen al encuentro del tren. La multinacional les advierte: “el tren no puede frenar, el tren es muy largo, el tren pita muy fuerte, y nunca deben acercarse a la línea férrea…” Los pobladores de la bahía de Media Luna, cerca al muelle carbonífero, caminan kilómetros y se apiñan al lado de los rieles con una caterva de animales. Los más adultos están vestidos para la ocasión. Sombrero, camisa colorida, guayuco y guaireñas, en lugar de pantalón y zapatos. Se cruzan de brazos y miran desafiantes con sus gafas Ray-Ban, para sentirse más importantes, una herencia de los mafiosos guajiros.

El tren asoma con su estruendo y hace temblar la tierra. Los animales se inquietan. Los indios se tambalean. Los niños no saben si tirarle piedras o saltar alegres. Los animales están nerviosos. Un chivo intenta cruzar la línea.. Es destripado y salpica sangre y pellejos sobre los indígenas. Minutos más tarde pasa el último vagón. Están mareados. Mide más de dos kilómetros de largo y arrastra ciento veinte vagones con nueve mil toneladas de carbón. Los indios ven desaparecer al tren rumbo al mar. El jefe del clan se queda mirando hacia el cielo de Jepira. Una nube negra ensombrece el cielo. Se pasa la mano por su brazo empolvado de un fino polvo negro. Lo huele y lo prueba.

—Esto es malo, los difuntos se molestarán—, dice en su lengua.

Los indígenas creen que los malos espíritus ocultos en la nube de carbón han regresado para vengarse de los vivos y de los muertos. Le anuncian al gobierno el exorbitante precio del chivo atropellado. El Estado y la multinacional pagan. A la mañana siguiente los indígenas van a Jepira. El tren acaba de pasar. Ven de nuevo la nube negra que va hacia a ellos. Esta vez creen que el dinero no puede pagarles la humillación.

Los jueces de la República reciben más reclamos millonarios por la muerte de animales atropellados por el tren. Meses después encuentran sobre los rieles el cuerpo despedazado de un indígena. Más tarde empiezan a desfilar cuerpos de nativos descuartizados sobre el corredor ferroviario. Un muladar de la muerte que la multinacional y la prensa local y nacional callan. Los muertos son indígenas borrachos, niños retozando, lisiados acostados adrede para reclamar la indemnización, y uno que otro suicida.

El gobierno colombiano no sabe qué hacer ante el macabro escenario. Se fijan vallas preventivas en la lengua nativa de los indígenas, y se crean escuelas para que aprendan a leerlo y a escribirlo. El Estado deja de pagar por los muertos del tren. Los accidentes fatales cesan, excepto por algunos borrachos acostumbrados a guiarse por la línea férrea para no perder el camino a casa…

El brutal ‘suicidio’ animal

Cinco años después, un Operador guajiro del tren minero confiesa al cronista que lo acompaña en la travesía por el desierto en el ferrocarril de carbón más largo del mundo:

—Ya perdí la cuenta de cuántos chivos y burros he atropellado.

Acciona un sensor. Un chorro de agua lava el parabrisas de la sangre y restos del animal recién arrollado. Tras un silencio incómodo, dice:

—¡Eso sí, nunca he atropellado a una persona, compadre!

Con los animales del desierto sucede algo extraño. Cuando el tren se acerca, los chivos se lanzan desesperados al otro lado de la vía y son destripados. Cuando no logran atravesar con los otros se austan, y se desboca y saltan a una muerte segura. El caso de los asnos es más perturbador. Los errantes animales abandonan sus refugios de sombra y van directo a la línea férrea, por lo general en el silencio del inclemente sol del mediodía, la hora en que los indígenas dicen escuchar a los espíritus de los muertos. La bestia espera paciente al tren, de lado o de frente. Se oye el estruendo del pito del tren que se acerca. Entonces vuela despedazado, mientras otros asnos y chivos miran a una distancia prudente y como estatuas la ya conocida y aterradora escena.

—Me dan lástima esos pobres animales, pero el tren no puede frenar—, dice el Operador. La descomunal máquina, cuya velocidad promedio es de cuarenta y cinco kilómetros por hora, necesita casi dos kilómetros para detenerse.

El tren se acerca al Puerto. Se arquea lento y su cola se pierde de vista. Parece una monstruosa serpiente prehistórica desenroscándose, como el ofidio fósil más grande del mundo descubierto en 2006 en un manto de carbón de El Cerrejón. El gigante de acero está vivo. Derrama el mineral sobre una banda transportadora que luego llena un enorme buque danés de doscientas mil toneladas. El viento levanta una estela de polvillo de carbón sobre la bahía. Una nata oscura se hunde en el mar limpio. A lo lejos se ve una nube negra sobre el cielo de Jepira. Es la misma nube tóxica que durante más de treinta años ha estado diseminándose por los aires de La Guajira, y cuyos pueblos cercanos a la mina ya perciben en las noches un olor sulfuroso y de sabor agrio cuando llueve: la corrosiva lluvia ácida.

La cabeza del “monstruo” de acero se pierde de vista en la ruta de vuelta a la mina. Hay que buscar más carbón para alimentar el apetito energético de las centrales térmicas de la Unión Europea, Asia, el Lejano Oriente y medio mundo más. Un proceso que mueve la modernidad de la humanidad. Un proceso que arroja a la atmósfera millones de toneladas de los contaminantes que están calentando a la Tierra.

“Las tetas más bonitas del mundo”

La tarde se tiñe de rojo. El estéril y contaminado paisaje guajiro parece una inocente acuarela. Se ven las míseras rancherías, a los indígenas en sus últimas labores, a los animales mirando inquietos al tren…, a las adolescentes bañándose desnudas y alegres. Coquetean al Operador. El se resigna a contemplar la belleza virgen de estas indígenas de bronceado natural y lacios cabellos negros.

—Las indias tienen las tetas más bonitas del mundo, ¡y son de verdad, compadre!—, dice con acostumbrado orgullo varonil.

Ellas siguen su inocente y excitante juego de restregarse la molesta costra negra que se les pega a la piel y les hace toser un esputo negruzco y maloliente, como todas las tardes después del paso del tren. Quedan atrás en su retozo feliz. El Operador las despide con besitos al aire. Se acomoda en su silla. La escena le ha dejado una sonrisilla malsana que sigue a la contemplación impotente de una adolescente desnuda. Enrolla una revista y se cruza de brazos. Se entera que Papillón, el célebre prófugo francés de la prisión de Cayena gozó a dos jóvenes como las que dejamos atrás, cuando se refugió en La Guajira en los años treinta del siglo XX. Suspira resignado.

Se entera con desgano que La Guajira recibirá miles de millones de dólares de regalías que podrían transformar a su pueblo en un paraíso. Que el agua desalinizada del puerto minero es tan pura que puede usarse en la batería de los carros, aunque ningún municipio de su tierra cuenta con agua potable. Que Riohacha, la capital de su Departamento, era tan importante para el mundo que la reina Isabel de Inglaterra la mandó quemar con el temible pirata Francis Drake, y hoy es una ciudad pobre y atrasada. Que el escritor Jorge Isaac, “el del billete de cincuenta mil barras”, casi escritura los yacimientos de El Cerrejón. Y salta de la silla como un loco al saber que a comienzo del siglo XX, Francia por poco compra toda La Guajira. Con su carbón y su gente:

—¡Nojoda, hombe!, fuéramos franceses y ricos—, exclama en un inocente tono provinciano.

Entonces imagina su vida como un francés. A su “tronco” de rubia de ojos azules. A su Guajira transformada de modernidad. Mira hacia afuera la tarde roja… En su rostro asoma la nostalgia que todo guajiro lleva dentro, y siempre oculta tras un exceso de alegrías. Aquieta su imaginación. Regresa a la realidad de su tren y su tierra, una región rica, pero increíblemente empobrecida y sedienta. Un pueblo que parece compensar su miseria material con la alegría que le produce la música vallenata: un sentimiento con la fuerza suficiente para aliviar la penuria de siglos. Un pueblo que con su desparpajo feliz de la vida le “mama gallo” a un país que se acostumbró a cantar, amar y matar en medio de un pestilente aire de indolencia y corrupción, que también se respira en La Guajira, como el mortal polvillo de carbón que pudre los pulmones de sus habitantes.

Enciende la radio. Suena una canción vallenata. Se contagia de vida. Mira el panel de instrumentos. Está alerta del tren y la vía. Una alarma suena y se enciende una luz roja. Hay algo sobre los rieles. Suena el estruendoso pito. Aparta la vista y simula ojear la maltrecha revista Semana con la que mata la demoledora soledad del tiempo en su moderna cabina. El violento impacto es sordo. El parabrisas se empaña con la sangre y restos del animal…

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