Los jaguares de mi niñez. Por Néstor Luis González

Por Néstor Luis González el 08/02/2017

Cada vez que voy al Parque Francisco de Miranda me detengo al menos 10 minutos a ver el jaguar. Sus formas me deleitan. Es el único que he visto, pero creo que no el único que he escuchado.

 
 

Hace como 20 años, cuando tenía ocho, los ronquidos de una fiera que se movía entre las hojas bajo un mangal junto a un caño del Orinoco me estremecieron la piel. No recuerdo si corrí, pero sí el miedo. Aunque los mayores me dijeron luego que no pudo haber sido un jaguar, en mi imaginación aquel sonido solo tenía forma de jaguar: ni de puma, ni de cunaguaro: solo de jaguar.

Muchos años antes, mi bisabuelo, Alejandro Campagna, y Tobías Herrera -el que le salvó la vida- andaban a caballo por los lados de Santa Rita, al sur de Guárico. Los perros que los acompañaban habían comenzado a “latirle” a un morrocoy que se movía entre la hierba seca. Los jinetes se acercaron al galope, pero antes, una ‘tigra’ se guindó de la pierna de mi ancestro. Si pensarlo, Tobías Herrera liquidó a la bestia de un disparo. “A mi papá lo mordió una tigra”, recuerda mi abuelita, pero fue una jaguar que trataba de cuidar a su cría de aquel alboroto de perros, caballos y hombres.

A los jaguares del llano los fueron matando. Les dicen tigres, o más bien les decían, porquelos peones de ahora no cuentan historias de jaguares sino de teléfonos celulares. La última vez que supe de uno, fue mi mamá quien lo vio: dormíamos todos en una churuata y allá, detrás de los corrales, había un gato enorme viendo hacia la casa. Pudo ser un puma, un cunaguaro, un perro, pero ella también quiso imaginarlo jaguar.

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