Los hombres y las mujeres que inspiraron la obra y el deseo de Patricia Highsmith

Por redaccionnyl el 30/12/2016

Patricia Highsmith escribió más de veinte novelas, ocho libros de cuentos y no pocos ensayos. Grahan Green la llamó con precisión “la poeta de la aprensión” a propósito del rechazo que muestra su obra hacia el contacto con los demás. Sin embargo, son varios los amantes que se le conocen, hombres y mujeres.

Aunque en algún momento de su juventud odiaba su aspecto y decía sentir bastante asco hacia los humanos, sobre todo hacia las mujeres –son sucias, físicamente sucias (…) me aburren– con sus novias tuvo relaciones realmente apasionadas que hasta cierto punto fueron claves en su obra.

A continuación repasaremos los siete amores que la marcaron: desde el amante gay que era incapaz de penetrarla hasta la actriz de películas lésbicas con quien se pavoneaba en las reuniones literarias de Londres. Lo que está a punto de leer es la parte más intensa de una escritora brillante que a nadie nunca dejó indiferente.

1. El amante gay

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En el verano de 1942, Pat conoció al fotógrafo alemán Rolf Tietgens (1911-1984). Se prendó de su estilo (alto, bien parecido, moreno), aunque sabía que era homosexual y ella también lo era.

“Algún día me casaré con un hombre como él”, escribió en su diario. Se dejó retratar por Rolf -el desnudo del inicio de esta entrada, por ejemplo- porque él consideraba que el aspecto de ella era “muy de chico” y Pat se sintió halagada por el piropo. Le confesó los grandes secretos del pasado: el borroso suceso de abusos deshonestos cuando tenía seis años (cuyos detalles no lograba precisar pero presentía como reales entre la niebla de los recuerdos), los contactos lésbicos en el instituto, el miedo a la locura, la falta de confianza en sus habilidades como escritora… Leían en voz alta a Kafka y, aunque pasaron muchas noches juntos, nunca lograron hacer el amor con penetración sexual, porque Rolf era incapaz de la erección con una chica. En 1953 volvieron a verse por casualidad en Nueva York y tuvieron un lío de una vez que, según Highsmith, “fue muy placentero”. Tietgens, que se dedicó a la fotografía comercial cuando aceptó que no estaba dotado para la artística, nunca olvidó a Pat.

2. El prometido traidor

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El segundo hombre en la vida de Pat fue el escritor inglés de tercera categoría Marc Brandel (1919-1994), al que había conocido durante una estancia en la colonia de artistas de Yaddo. Él era tan insistente en mostrarle lo enamorado que estaba, que Pat se sometió a un delirante tratamiento de psicoterapia freudiana para intentar ser heterosexual. Llegaron a estar prometidos, viajaron a Inglaterra para que la novia conociese a la familia Brandel y señalaron una fecha para la boda: el día de Navidad de 1949. La ceremonia no llegó a celebrarse por las dudas de Pat, que no estaba convencida del todo. La amistad entre ambos se enfrió cuando Brandel cometió la bellaquería de publicar una novela, The Choice (1950), en la que uno de los personajes es una torturada lesbiana que deseaba ser escritora pero no pasaba de los guiones para cómics, trabajo que Highsmith hizo para ganarse la vida entre 1942 y 1943 (escribió tramas para episodios de, entre otros superhéroes, Golden Arrow, Spy Smasher y Captain Midnight). Lo más productivo que obtuvo Pat de su relación con Brandel fue conocer Europa, continente con cuya callada decadencia se quedó prendada. Desde 1963 hasta su muerte vivió en varios países europeos y está enterrada, por su expreso deseo, en un pequeño pueblo suizo.

3. La millonaria alcohólica

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La mujer que hizo más feliz a Pat fue Virginia Kent (1951-2002), hija de una familia de la alta sociedad de Filadelfia, educada en París y habitual en los ecos de sociedad de la época. Se casó con un banquero pero se divorciaron en 1941 tras la intervención de detectives y fotógrafos pagados por el marido en un encuentro sexual entre Victoria y otra mujer. Pat la conoció tres años más tarde en una fiesta y fueron amantes inseparables durante dos años. Rompieron porque Virginia, alcohólica y autodestructiva, se lío con otra y Pat las econtró en la cama. Pensó en matar a su rival (“el crimen llena mi corazón esta noche”, escribió en su diario), pero decidió retirarse, concentrarse en escribir y cultivar el recuerdo de Virginia, que ocuparía en el futuro un lugar central en sus obras y cuya proyección puede verse, por ejemplo, en los personajes centrales de El temblor de la falsificación (1969), El diario de Edith (1977) y, mucho antes, en El precio de la sal, la novela sobre amores prohibidos entre mujeres que Pat publicó en 1952 con seudónimo (Claire Morgan) y se convirtió en un éxito underground entre los grupos de lesbianas en los años cincuenta [En 1990 republicó el libro con su nombre real y otro título, Carol].

4. Carol

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Las más turbadora y hermosa de las muchas historias de amor de Pat fue platónica y no implicó ni siquiera un intercambio casual de palabras. En diciembre de 1948, pocos días después de haber empezado a trabajar en el departamento de juguetes de Bloomingdale’s, se quedó prendada de una cliente elegante y rubia con un abrigo de visón que eligió una muñeca para una de sus hijas y dejó el nombre y la dirección para que la enviaran. Pat, que no la había atendido porque estaba demasiado aturdida por el flechazo, tomó buena nota de los detalles y los anotó en su diario. Sentía que había experimentado “una visión” y estaba “enamorada” de ella. Al día siguiente se manifestaron los primeros síntomas de una varicela. “Con el germen vino la fiebre y con la fiebre vino el libro”. A partir de la clienta (de cuya imagen y rescoldo no podía apartarse) inició la redacción de El precio de la sal. Fue tanto el impacto que, dos años más tarde, Pat seguía obsesionada. Para completar la novela -un libro complicado y delicado, uno de los primeros en tratar abiertamente el lesbianismo-, se dedicó a espiar a la mujer, que vivía, con su marido e hijas, en un suburbio de Nueva Jersey. Pudo verla, siempre a escondidas, sin hacerse notar pero temblando de deseo. “Me sentí cerca del asesinato (…) El asesinato es una forma de hacer el amor (…) Quise asaltarla, poner mis manos en su garganta, que en realidad quiero besar, hacerle una foto, dejarla en un instante fría y rígida como una estatua“, escribió tras una de aquellas expediciones. El precio de la sal es la obra más autobiográfica de Pat, que combinó en la figura de una de las protagonistas, Carol, a varias de sus amantes, aunque la referencia inspiradora central fue la mujer de la juguetería, de la que nunca pudo olvidarse aunque sólo conocía su nombre, Kathleen Senn, y la dirección del domicilio familiar. Andrew Wilson, autor de Beautiful Shadow, la mejor de las biografías de la escritora, completó el epílogo de la historia. Kathleen Senn nunca tuvo oportunidad de leer la novela que inspiró. El 30 de octubre de 1951 entró en el garaje, cerró las puertas, encendió el contacto del coche y se dejó morir. Nunca supo que era la musa y el amor platónico de una escritora. Pat también murió sin saber que su Carol de la vida real, quizá incapaz de luchar contra las bellas sombras, se había suicidado.

5. La socióloga esnob

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En 1951 Pat conoció en Munich (Alemania) a la socióloga Ellen Hill, inteligente, estirada y algo esnob. En la segunda cita hicieron el amor. Estuvieron juntas durante cuatro años seguidos y gozaron tanto como para olvidar las muchas crisis de celos y peleas. Ellen opinaba que Pat era “la mejor amante del mundo” y afirmaba que nunca había tenido sexo con nadie tan apasionado y experto. Viajaron y vivieron juntas en Italia, París y México. Los problemas eran constantes y Ellen criticaba a Pat cualquier descuido o nadería, pero el sexo lo solucionaba todo. Cuando Ellen intentó suicidarse por segunda vez en un ceremonial que parecía escenificado para llamar la atención, Pat decidió dejarla. Para entonces tenía un grave problema de alcoholismo porque, casi sin enterarse, había intentado mitigar la angustia y la presión de cuatro años de amor enfermo bebiendo sin parar. Entre 1954 y 1962 Pat abandonó una de las costumbres que más placer le producían: escribir cada día en su diario. Tenía miedo de que Ellen, como había sucedido durante su vida en común, lo leyese a sus espaldas y le echase algo en cara. La socióloga, que sobrevivió a su amante, no perdonó la ruptura y no asistió al funeral de Pat.

6. La falsa periodista

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Entre 1975 y 1978 Pat estuvo liada con la traductora Mariom Aboudaram. La diferencia de edad (56 y 35 años) asustó a la novelista en un primer momento, pero Mariom la adoraba y había leído varias veces cada una de sus novelas. Traductora y escritora, había accedido a Pat con un engaño: le dijo que quería entrevistarla por encargo de Cosmopolitan, una soberana mentira. Durante su apasionado noviazgo hacían el mucho el amor, se escribían cuando estaban separadas y se hacían regalos de cumpleaños: en el caso de Mariom, delicados (un clavicémbalo), y en el de Pat, extraños (una fregona y una escoba). La escritora seguía bebiendo desde que se despertaba ginebra, whisky y cerveza (“pobrecilla, te has casado con una borracha”, decía a su pareja), se negaba a instalar calefacción en su casa de las montañas suizas y, según Mariom, era refractaria a las relaciones duraderas: “Tenía miedo a abrirse y convertir las relaciones en rutinarias. Necesitaba cambiar de pareja tanto como escribir un nuevo libro”. Cuando supo que sobraba en la vida de Pat, Mariom se apartó en silencio.

7. Madame X

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Uno de los últimos affaires sexuales de Pat fue otoñal y descarado. Se lió en 1978 con la actriz alemana de películas lésbicas Tabea Blumenschein (estrella del film de culto Madame X), que tenía por entonces 25 años, cultivaba una estética punk y no establecía límites para sus experiencias vitales. Pat le gustaba (“es algo ruda, pero muy guapa, se parece a Gertrude Stein“) y la idea de mantener un idilio con una escritora de fama le gustaba más aún. Viajaron juntas a Londres, compraron discos en mercadillos y se pavonearon por algunas reuniones literarias en la ciudad. Pat se enganchó de modo enfermizo a su joven partenaire. “Me gustaría tirarte a una piscina y ahogarte. Lo haría con una sonrisa”, le escribió en una carta. “Tus besos me llenan de terror”, le dijo en otra. Cuando la llama se apagó y la novedad dejó de serlo, Tabea cortó la relación por escrito, con un mensaje brutal pero honesto (“las cosas duran lo que duran”). Pat se hundió en una profunda depresión, un “abismo de miseria”.

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