Lo transgresor, lo incómodo y lo sexual en la Lolita de Nabokov

Por Aglaia Berlutti el 09/06/2016

Cuando lees la novela “Lolita” de Vladimir Nabokov pueden ocurrir dos cosas: Que te sientas profundamente asqueado o fascinado por la historia. En mi caso, sentí ambas cosas y tal vez debido a esa mezcla, se convirtió de inmediato en una de mis novelas favoritas. Porque “Lolita” no es un libro sencillo ni intenta serlo: es de hecho, una de esas maravillosas obras donde el lector debe decidir que creer, que asumir y que lamentar. Y Nabokov no te lo hace sencillo: con su ambivalencia, su erotismo que roza lo morboso – y lo sobrepasa la mayoría de las veces – la historia de la ninfula inquietante siempre te dejará a mitad de camino entre el algo parecido al horror y la intriga. Una visión profunda al deseo marginal, al que se teme pero evoca esa región oscura de la mente y nuestra concepción del mundo.

Por supuesto que, leyendo a “Lolita”, puede comprenderse los problemas que tuvo su autor para conseguir publicarla en una sociedad rígida y puritana que de inmediato, se horrorizó por lo que leía. Es una historia escandalosa, eso no lo duda nadie, pero más allá de eso, “Lolita” tiene la cualidad de obligar al lector a un cuestionamiento casi involuntario, incluso doloroso. Nabokov no brinda concesiones: lo que se cuenta trasciende la mera palabra, se hace una idea casi seductora. Y es que el autor siente un enorme respeto hacia las historias: lo que leemos es lo que pudo imaginar, el mundo que creó para que sus personajes lo habitaran, en su inocencia o crueldad. Pero no brinda una opinión ni tampoco hacer menos crudo y directo el planteamiento. De hecho, es esa sordidez de lo directo lo que hace creíble, dura e incluso comprensible la historia que y fuerza al que la lee – testigo involuntario, cómplice silencioso – a aceptar, casi por las buenas, las motivaciones de ese Humbert Humbert, retorcido y tan humano. Y para una sociedad hipócrita: una historia así, necesita un juicio de valor, una censura, una moraleja. Necesita ser reprobable, que la odiemos un poco, que podamos señalar el pecado y lamentarnos de su existencia para hacerla soportable. Pero Nabokov se resiste a brindar esa última absolución: “Lolita” solo cuenta, no juzga, tampoco se mira así misma como una lección que se aprende, como una transgresión moral. Eso lo que irrita, preocupa quizá. Subyuga, sin duda.

Es difícil decir cual es la historia que nos cuenta “Lolita”, porque en realidad son muchas las que parecen coincidir en el punto de vista del lector asombrado y que intenta encontrar un lugar para lo que lee dentro de lo moral, lo ético y lo que subyace bajo todo lo demás: puede ser el retrato de un pedófilo, obsesionado con sus propios demonios y que encuentra en la pequeña Dolores Haze el simbolo del deseo. Pero también puede ser la historia de una niña corrompida que sobrevive a las paranoias de un pervertido. O puede ser la de la Lolita sádica que manipula y disfruta con el dolor de un hombre enfermo, inestable y destrozado por su propia incertidumbre. Y quién sabe, si “Lolita” puede comprenderse como una historia de amor, entre dos extremos de una idea que se resquebraja a pedazo, el abismo que conduce al infierno, la seducción como panacea y respuesta, la autobiografía de un demente y un renacimiento en esa visión triste de la sexualidad como perdida de la identidad. Todo eso puede ser “Lolita”, pero eso solo puede decirlo – traducirlo – el lector: el que tal vez se ve reflejado en esa oscuridad exquisita del relato, en la falibilidad de la naturaleza humana, en el temor que engendra toda debilidad.

Y es que “Lolita” te obliga a reconocer que el arte puede estar por encima de la moral, más allá de toda ética y que existe para mostrar el mundo tal como es. O quizá ni siquiera eso: muy probablemente el gran mensaje de “Lolita”, en toda su gloria morbosa es justamente que el arte es solo el reflejo del temor de quien lo admira, le teme y lo critica. Quizás por eso, esta novela siempre asustará a los pusilánimes y provocará a los prejuiciosos: quién busque en sus páginas una lucha moral entre el bien y el mal o un esquema que poder llevarse consigo al levantar la vista y enfrentarse a la realidad, está mirando en el lugar equivocado.

Nalgas y Libros | contacto@nalgasylibros.com