Lo que todos saben y nadie dice sobre las discos gay de Caracas

Por Patricia Smith el 14/09/2017

El miércoles pasado fui a la misma discoteca que visito cada vez que llego Caracas desde hace más de 10 años. Me paré frente al DJ y comencé a bailarme el papel que me habían ofrecido en el baño 15 minutos antes mientras me refrescaba la garganta con lo que sentí como el mismo vaso de ron que me sirvieron en 2007, cuando comencé a rumbear y a drogarme para aguantar la destrucción semanal de la realidad.

Pasada la medianoche llegaron mis amigos y luego de los abrazos y las sonrisas y los los besos todos nos sumamos al baile de la música electrónica como su fuera algo importante que hay que hacer. De pronto me sentí parte de una generación perdida que se quedó esperando un cambio que nunca llegó, algo así como un boleto de lotería, un trabajo en el extranjero o el fin del chavismo para, ahora sí, comenzar a hacer bien las cosas. 10 años rumbeando como unos imbéciles y sin otra idea en la cabeza que seguir haciéndolo.

A alguien se le ocurrió que aquello ya estaba muerto y que mejor nos fuéramos a una discoteca de ambiente en El Rosal, pero la posibilidad me aburrió tanto que anuncié que era el momento de irme a dormir a mi casa porque ya estoy demasiado vieja para esas emociones adolescentes.

Camino a mi casa me sentí algo culpable por abandonar a esos amigos que tenía tanto tiempo sin ver y, para justificarme, comencé a enumerar los motivos por los que detesto ir a discotecas gay. Al final de la cavilación fueron tantos que decidí escribir este artículo para Nalgas y Libros.

Lo que todos saben

Lo primero que quiero aclarar es que mienten los que dicen que las discotecas gay son iguales a las que no tienen esa temática. De hecho son muy diferentes en el fondo, principalmente porque son más promiscuas y eso lo sostengo sin pelos en los dedos con los que escribo porque es la absoluta verdad.

Usted podrá acusarme ahora de cualquier cosa, pero yo de esto sé y puedo afirmar que entre dos hombres no hay casi nunca quien resista la ejecución de algo cuando la atracción es mutua.

En las discotecas gay hay más besos: besos entre dos o tres hombres, entre dos mujeres o entre dos hombres y una mujer. También hay más erecciones por una cuestión de estadística (más varones), más sexo y la misma cantidad de drogas que en cualquier antro.

En esa de El Rosal no hay tanto sexo como en otras porque se supone que es algo más selecto y la gente trata de ser más decente. Pero una vez fui a una en la que había un cuarto oscuro en el que entraban diez o doce hombres a follarse en tren sin ver con quién lo hacían.

Ahora me van a decir que eso ocurre en todas las discotecas, pero mire: yo tengo años rumbeando y la diferencia estadística es brutal.

A mí nada eso me molesta evidentemente porque yo misma he hecho cosas similares durante años, pero ya estoy aburrida y me siento vieja a mis 30 años. Quizá ya viví todo lo que iba a vivir en cuanto a la promiscuidad sexual, no sé, quizá lo que necesito es un novio, ¿quién sabe? Solo sé que prefiero la redención de mi cama en lugar de la paila de los placeres.

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