Leibniz, 300 años del sabio entre los sabios

Por redaccionnyl el 06/01/2017

Escribió Dilthey: “Leibniz es el espíritu más universal que han dado los nuevos pueblos con la excepción de Goethe. Si el logro máximo de la Filosofía es elevar la cultura de una época hasta la conciencia de sí misma y hasta la clarificación sistemática, nadie ha logrado eso, desde Platón y Aristóteles, tan amplia y creativamente como este filósofo alemán”. Según él, la obra titánica de Leibniz consistió en unir el idealismo griego, el cristianismo purificado por el protestantismo, y la ciencia moderna.

Esa aportación insólita tuvo y tiene una resonancia mucho menor de la que obra tan gigantesca merece. El pasado 14 noviembre se cumplieron 300 años de la muerte en Hannover de este gigante nacido en 1646. Existen sobre esa muerte abundantes fantasías, con médicos que no llegan o secretarios que traicionan mientras el sabio moribundo pide papel para escribir, a la luz de una vela, una última idea, pero en ese instante fallece. Lo cierto es que vivió sólo para el saber, recorriendo Europa, como consejero de reyes, leyendo y escribiendo sin perder nunca un minuto. Dejó, aparte de sus importantísimos libros, el legado sin publicar probablemente más voluminoso de la Historia: unas 200.000 páginas y unas 20.000 cartas. La edición crítica de esa masa gigantesca llevará, se calcula, hasta 2055. Escribió principalmente en latín, también en francés, y menos en alemán. Pero Gadamer lo considera el introductor del alemán en la Filosofía.

Cuenta una leyenda que Leibniz aprendió, de muy niño, latín sin ayuda de nadie, sólo con un libro de Tito Livio. A los 20 años le negaron el título de doctor por excesivamente joven, así que, herido, abandonó para siempre la Universidad, gran acierto del destino. Son muchos los que le consideran el sabio más grande de cuantos han existido en los últimos siglos. Primero, por su creatividad. Después, por las dimensiones, ilimitadas, de su saber: fue un grandioso matemático, que descubrió el cálculo infinitesimal en disputa por la prioridad con Newton.

El mejor mundo

Inventó una máquina de calcular capaz de sumar, restar, multiplicar y dividir, superando a la de Pascal, que sólo hacía dos operaciones. Renovó la Lógica. En lingüística, quiso crear, sin lograrlo, un alfabeto que sirviese para combinar ideas complejas partiendo de unas ideas básicas. En Derecho, escribió textos importantes sobre la reforma del Derecho Romano, la «lógica de los jurisconsultos» y la noción jurídica de “presunción”. Como historiador y bibliotecario se ganó la vida escribiendo una historia de la “Welfenhaus” -la antiquísima dinastía real germana-, a la que dedicó decenios, sin poder concluirla. Y en Filosofía creó un sistema que nada tiene que envidiar a los más imponentes de su época: al de Descartes, al de Spinoza o al de Locke.

Dilthey llamó a eso la “tragedia” de su vida. Se dedicó a tantos saberes que no tuvo tiempo suficiente para pulir con todo cuidado sus obras, cosa que sí hicieron Spinoza o Kant. Sus escritos son fruto del instante y la provisionalidad. Además, muchas de esas obras se publicaron, por propia dejadez, muchos años después de escritas. Creía en la unidad y en la armonía, por encima de la crítica o la diversidad. Creía que sólo se podía explicar el mundo desde la metafísica, es decir, desde el fundamento que constituye todo lo existente. Pero lo que le hizo universalmente «famoso» fue una teoría “escandalosa”: la que afirmaba que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Esa idea le valió -especialmente tras el terremoto de Lisboa de 1755, con más de treinta mil muertos- los sarcasmos posteriores de Voltaire y está en el origen del “Cándido”. Dilthey despachó esas ridiculizaciones con una frase envenenada: Voltaire no es un filósofo, sólo un satírico. Para los ilustrados la palabra Lisboa era lo que para nosotros Auschwitz. La gran pregunta es: “Si Deus, unde malum”, es decir, si existe un Dios bondadoso y justo, cómo puede existir un mundo lleno de males. Eso es lo que se plantea la famosa “Teodicea” de Leibniz. Se llama a eso la “Crisis del Optimismo”.

Sobre Leibniz y su supuesto “optimismo” escribió Ortega un libro clarificador. Evidentemente, Leibniz no pensaba que este mundo fuera perfecto, ni siquiera suficientemente bueno. Su frase expresaba otra idea: “De la perfección de Dios se sigue que al producir el Universo ha escogido el mejor plan posible, en el que se dé la mayor variedad con el mejor orden… el máximo de potencia, de conocimiento, de dicha y de bondad que el Universo puede admitir”. Dios hace en su creación una optimización: “traga” -es decir, acepta- el mínimo mal posible para posibilitar la mayor cantidad posible de bien. Es el óptimo de la creación: la combinación -mejor- de bien y mal. Que el mundo -y nosotros- derivemos al mal se debe a la imperfección propia de todo lo creado. Y a la libertad de las criaturas. Así que este mundo no es el mejor posible porque sea como es (lleno de mal); lo es por ser menos malo que los otros posibles.

Gran revolución

La tragedia de Leibniz no es la que, acertadamente, señaló Dilthey. Hubo otra peor: percibió clarividentemente la furia de los tiempos que venían. Él, el gran pensador de la unidad, sintió y advirtió que venía una gran revolución, política y filosófica, que traería la división, el criticismo, la dis-armonía y la fragmentación. Vio que el mundo corría cegado por el triunfo arrollador del mecanicismo.

Su intento -heroico- consistió en querer revitalizar la unidad y parar lo imparable defendiendo una Razón no meramente mecánica, sino integral y completa que tuviese en cuenta la sustancia de las cosas y la complejidad del ser. Visto retrospectivamente, muchas de sus advertencias fueron sabiamente proféticas. Pero la hermosura de muchas de sus ideas fue a parar al cementerio de bellezas que es la Filosofía. Ni siquiera un sabio tan grande pudo parar aquella ola gigantesca, que entonces comenzaba, de simplificación y de adoración de la utilidad.

Nalgas y Libros | contacto@nalgasylibros.com