La verdad definitiva de lo que significa realmente soñar con la muerte

Por redaccionnyl el 13/03/2017

De repente, caes al vacío. El suelo se acerca rápidamente y tú no puedes gritar hasta que, de golpe, todo termina. O te ves ahí, solo, frente a una potente luz que te atrae, la luz del final de tu vida. O tal vez, como el narrador omnisciente de un desgarrador relato, estás presente en tu propio velatorio o en el de un familiar cercano. Sí, tu madre, tu padre, tu hermano, un amigo. Ahí están, tendidos, inertes.

 
 

Existen cientos de maneras de soñar con la muerte. Con la propia o con la de los demás. Y todos los sueños terminan del mismo modo: contigo tendido en la cama, sobresaltado, sudando, tal vez incluso sollozando y viviendo durante unos segundos entre la realidad y el mundo onírico, hasta que caes en la cuenta de que todo ha sido una cruel construcción de tu mente inconsciente.

Pero, ¿qué significa realmente soñar con la muerte? Es sencillo encontrar cientos de significados aquí y allá; un mal augurio, el anuncio de una época convulsa. Patrañas, según los expertos. Dos psicoterapeutas nos ayudan a desentrañar el significado de los sueños con la muerte, zambulléndose en nuestra mente y siguiendo los preceptos del mayor conocedor del inconsciente de la historia, Sigmund Freud, para quien los sueños son “la vía regia hacia el inconsciente”.

“No existe una definición o una interpretación genérica a los sueños con la muerte”, explica la psicoterapeuta Carmen Nieto, que habla de este tipo de episodios como ‘sueños de castración’. Ella nos da la primera clave: cualquier búsqueda de un significado único, categórico, es inútil, y por eso no debemos fiarnos de los listados de explicaciones que proliferan en Internet. Nieto continúa diciendo que la castración “es un término freudiano difícil de comprender. La mayor castración para el ser humano, el límite absoluto, es la muerte. La única vía es la aceptación, pero nadie puede explicar qué supone, cómo es eso de no existir”. Entonces, ¿por qué soñamos con ello?

El también psicoterapeuta Juan Pundik asegura que “cada noche producimos entre siete y ocho sueños diferentes, de los que recordamos muy pocos. Todos son manifestaciones de nuestro inconsciente y conviene tener claro que, dado que no hay dos seres humanos iguales, los sueños tienen diferentes significados para cada uno”. Pero sí hay algo cierto, universal: “Los sueños son siempre manifestaciones de deseos”, afirma Nieto, que completa diciendo que “sólo el paciente, con su discurso, desvelará el verdadero deseo reprimido”.

Eso está claro: las representaciones oníricas de la muerte nos están avisando de algo, están alertándonos de que tenemos un anhelo no satisfecho. Ese reflejo castrador, esa alusión al mayor límite humano, incomprensible, inexplicable, nos revela de algo importante. “Estos sueños nos avisan de que hay algo que tenemos que cambiar”, afirma Carmen Nieto. “Por eso, se producen en personas que tienen dificultades para afrontar algo, que tienen algo en juego y, solo cuando esa realidad se detecta, desaparecen”, concluye.

 
 

Tal vez un cambio en el trabajo, una insatisfacción en la pareja no comunicada o la necesidad de romper unas ataduras que nos agobian. Todos estos sueños tenebrosos relacionados con la muerte nos invitan a investigar qué es lo que nos preocupa. “Son jeroglíficos que hay que descifrar porque, aunque la respuesta está dentro de nosotros, no tenemos la solución a nuestro alcance; la tiene nuestro inconsciente y eso no lo podemos controlar”, detalla Nieto.

Porque nuestra mente inconsciente camina por una senda sobre la que nosotros no tenemos poder de influencia. Una senda que se plasma en los sueños, que se comunica con nuestra mente consciente a través de ellos. Y, para poder desentrañar su significado, conviene tener en cuenta que todos tienen un contenido manifiesto y uno latente, explican los expertos. El manifiesto es el evidente, el que hemos visto en imágenes, como el hecho de estar protagonizando tu propio velatorio, pero el latente corresponde a la historia personal de cada uno, a su biografía. Por eso, no hay un significado único para todos.

Pero sí tienen ese componente común: dado que son reflejos de un deseo íntimo, nos invitan a asumir los límites de la vida, a comprender el contexto en el que vivimos, encontrado aquello que nos aflige. Sólo así, actuando en el escenario del que sí somos dueños, nuestra propia vida, podremos hacer desaparecer nuestros sueños con la muerte, que no son más que invitaciones de nuestro inconsciente a que tomemos las riendas y cumplamos nuestras pretensiones más íntimas, aquellas que tal vez ni siquiera nosotros sabemos a ciencia cierta que tenemos o aquellas que nos esforzamos en negar.

Así que la próxima vez que te despiertes envuelto en sudor, con las sábanas hechas un lío y con la respiración entrecortada, detente un momento y aprovecha la quietud de la noche para hacer un examen de conciencia y para buscar ese aspecto de tu vida con el que no estás satisfecho. O date media vuelta y trata de volver a dormirte, aunque ten claro entonces que, más tarde o más temprano, si no haces nada para remediarlo, volverás a tener que compartir tu almohada con una terrorífica pesadilla.

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