La última elegía de Javier Heraud

Por Luis Figuera el 05/04/2016

Era un gigante convencido que la felicidad estaba hecha para todos los seres humanos. Cercano a Pablo Neruda, Antonio Machado, Lorca, y Miguel Hernández; su alegría era contagiosa, ruidosa, radiante, y limpia como su voz interior que salía a raudales por su poesía.

Su lirica era transparente y llena de evocaciones. Su primer libro: El Rio, es un canto ceremonial y hermoso a la naturaleza, piedra fundacional de toda la obra de Heraud. El Viaje, es una remembranza calidad que glorifica a través de un canto intimo los bosques, las aguas, los pájaros. Toda la poesía de Javier Heraud, es una oda a la naturaleza, y la alegría, donde la muerte se asoma como la compañía inútil /Yo no me río de la muerte/sin embargo conozco su/blanca casa/ su blanca vestimenta, conozco su humedad y su silencio/.

No se pueden recordar los versos libres como agua de río de Heraud, sin pensar en el compromiso político de una poesía profundamente humana, una especie de trueno en la tempestad, que ilumina toda la existencia del poeta, y lo obliga a viajar para conocer la experiencia socialista.
Estuvo quince días en la URSS, invitado al Festival Mundial de la Juventud, en representación del Movimiento Social Progresista, al que renuncia un año más tarde. Para incorporarse a la actividad política mucho más comprometida. “De ahora en adelante, me enrumbaré por la ruta definitiva donde brilla esplendorosa el alba de la humanidad”.

Su viaje a Cuba a estudiar cine, cambiaría definitivamente su percepción de la realidad de América, allí conoce a Fidel Castro, a quien define como un hombre sencillo, y amistoso. El golpe de estado en el Perú, lo hace volver a su país, e incorporarse al Ejército de Liberación Nacional.

Con apenas veintiún años es asesinado en el río madre, por una pandilla de guardias, cuando estaba desarmado, y montado en una especie de canoa, portando una bandera blanca como su alma de poeta. Veintinueve disparos acaban con la vida de uno de los poetas más prometedores de América.

Su muerte de manera tan canallesca y cobarde, despertó la indignación, y las acusaciones de todos los hombres dignos de América, Nicolás Guillen calificó el asesinato, como un acto de profunda barbarie. “Era un hombre de fraternal corazón y lúcida inteligencia. Sangre pura y generosa la suya, sangre que va a crecer cada día y terminará ahogando a quienes la derramaron”.

Tal vez en aquella canoa, que se alejaba río abajo, mientras una bala de fusil le perforaba la espalda, abriéndole un hueco profundo en el pecho, debió recordar su poema deseo, “Quisiera descansar/ todo un año, / y volver mis ojos/ al mar, / y contemplar el río/ crecer y crecer/ como un cauce/ como una enorme herida abierta/ en mi pecho”.

solo

En las montañas o el mar
sentirme solo, aire, viento,
árbol, cosecha estéril.
Sonrisa, rostro, cielo y
silencio, en el Sur, o en
el Este, o en el nacimiento
de un nuevo río.
Lluvia, viento, frío
y azota.
Costa, relámpago, esperanza,
en las montañas o en el
mar.
Solo, solo,
sólo tu sola risa,
sólo mi solo espíritu,
solo
mi soledad
y
su
silencio.
Del poemario: “El Río”. Lima. 1960.

Poema

Un eucalipto, alto,
espigado, contiene
para siempre mi corazón.
Eucalipto,
alto germen de la
tierra, espiga y
piedra de ríos,
fruto eterno y sagrado
de los hombres.
Bosques, valles,
campos y quebradas,
quebradas que bajan
como un hombre,
quebradas que bajan
en los pechos,
sombras que descienden
como cuerpos
sombras que descienden
como sombras.

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