La trascendencia de la palabra: el misterio de las obras póstumas

Por Aglaia Berlutti el 11/09/2017

Hace unos días, leyendo el artículo de Karina Sainz Borgo titulado “David Foster Wallace”, recordé una escena curiosa: La primera vez que leí un libro del escritor – el Rey Pálido – no sabía que llevaba un par de años muerto. Recibí el libro como un obsequio y por algún motivo que no recuerdo, comencé a leer la historia antes de investigar sobre el autor, a quien no conocía. Después no lo necesité: Estaba fascinada, deslumbrada por la prosa de aquel hombre cínico y lleno de una vitalidad asombrosa. Leí por horas, llevándome el libro de un lado a otro y finalmente, cuando terminé la historia, comencé lo que debí hacer en primer lugar y no hice: investigar un poco sobre el prolífico escritor.

Me llevé un sobresalto cuando supe que tenía más de tres años muerto y que de hecho, la historia que había leído era póstuma. Eso me dejó un mal sabor de boca: Siempre he tenido mis dudas sobre lo que implica una obra que se publica sobre la muerte de su autor y llegué a preguntarme si lo que había leído era un invento editorial o realmente, lo que Foster Wallace, en su extravagante genialidad había escrito. Después, cuando tuve la oportunidad de leer el resto de sus libros – sobre todo el magnifico “La broma Infinita” de 1996 y el libro de relatos “La niña de Pelo raro” de 1989 – comprobé que probablemente “El Rey Pálido” correspondía a alguna etapa intermedia entre ambas, una obra incompleta entre fragmentos de algo más grande. Me pregunté quien había armado la idea en general y sobre todo, si se había tenido en cuenta la esencia de lo que Foster Wallace habría querido para la edición de la historia. Supuse que no: el magnifico autor es probablemente ese tipo de genios enmarañados en su propio mito, una de esas visiones inexactas del mundo de la palabra que nunca terminamos de entender muy bien.

Ahora bien, volviendo al tema de las obras póstumas propiamente dichas, siempre producirá una cierta desconfianza su publicación. No precisamente por lo que comentaba, esa duda indisoluble sobre si la publicación coincide con el gusto – o visión, en todo caso – del autor fallecido, sino por algo un poco más sutil: ¿Hasta que punto una obra inacabada que debe ser completada por terceros o incluso reescrita y que tan válido es hacerlo? ¿Que tan válido es? El cuestionamiento, además, parece muy relacionado con el que inevitablemente podría hacerse cualquier lector con respecto a una obra firmada por su autor pero que termina siendo una mezcla de piezas de otras plumas. Un buen ejemplo de lo que comento, es “Los Borgia” de Mario Puzo, obra inacabada por el autor debido a su muerte y que fue completada por su compañera sentimental, sin experiencia literaria. ¿El resultado? Una historia artificiosa con algunos buenos momentos pero que en general decae por la imposibilidad de solventar los vacíos que el escritor original dejó abiertos. Se criticó sobre todo, que Carol Gino, muy probablemente en un intento de copiar el estilo del escritor, describe a la familia Borgia casi con los mismos tintes y giros argumentales de la obra más célebre del autor “El Padrino”. En su defensa, Gino afirmó que “Solo cumplía los deseos del autor” lo cual deja una amplia especulación cual es el sentido de la intención de la revisión de la obra final. ¿Homenajear a Puzo? ¿Crear una historia a partir de la suya? Y de nuevo, surge la duda ¿son aportes reales o inventos editoriales? Me lo pregunté cuando leí las obras póstumas de Nabokov y Bolaño y con la misma inquietud.

La vida después de la muerte en la Palabra

Ahora bien, el tema de la obra póstuma siempre abarcará una serie de planteamientos más o menos preocupantes en lo que a la visión de la integridad literaria se refiere. En el caso de Puzo, el resultado final de los Borgia vino de la mano de su compañera sentimental, por lo que se presupone cierta intimidad y conocimiento sobre el ritmo y el pensamiento objetivo del autor. Pero no es una situación común. De hecho, las decisiones literarias – estilistas y de corrección – suelen ser tomadas por la editorial o el editor de turno. Y por supuesto, el resultado final será probablemente una decisión entre la obra propiamente dicha y esa necesidad de la editorial de brindar cierta coherencia al legado del autor que se compromete en respetar. ¿Y que ocurre con los autores muy leídos? ¿Con esos cuyos libros fueron éxitos enormes durante la vida del autor? Christopher Tolkien sentó un buen precedente al publicar y ordenar buena parte de la obra inclusa de su padre con relativo éxito. Pero la crítica fue inmediata – y en ocasiones despiadada – con respecto al resultado final de su trabajo.

Christopher es probablemente el hijo más comprometido con el legado literario del gran escritor británico y quizás por ese motivo, se dedicó a la difícil de completar y llenar las lagunas del extenso trabajo de su padre, en lo que insistió se trataba “Una traducción conveniente y comprensible” de la mitología creada por Tolkien. De hecho, de Christopher es el merito de completar el Silmarillion, que para el momento de la muerte de Tolkien, era un conjunto de notas apenas bosquejada. Christopher debió organizar el material desde lo básico: la mayoría del material estaba escrito a mano, apenas un simple esbozo del material general. Por supuesto, la cercanía emocional y el hecho que Christopher hubiese trabajado por años con su padre, permitió que el material tuviera una cierta coherencia y conservara el estilo primordial de la obra de Tolkien. No obstante, en varias ocasiones, Christopher admitió que tuvo que imaginar – o inventar – que habría querido decir su padre o cual escena habría deseado incluir en la historia. Al final, y a pesar de su prolífico trabajo editorial ( los Doce volúmenes de la Tierra Media publicado entre 1983 y 1996, entre otros libros ) Christopher continúa siendo reconocido solo como un traductor de la obra de su padre, algo tan lamentable quizás como la incertidumbre sobre cuanto pudo – o no – transformarse la historia original bajo su visión.

La voz trascendente del escritor: La publicación luego de la muerte

También, dentro del complicado universo de la obra póstuma, se encuentra las publicaciones por primera vez solo cuando el escritor murió. Es frecuente en el mundo literario que un escritor solo alcance la fama y el reconocimiento luego de morir, sin haber publicado una sola palabra durante su vida. ¿Los motivos? Casi todos parecen tener una estrecha relación con la personalidad del escritor y aún más, su visión sobre su propio trabajo y la manera como lo concibe. Por ejemplo “la conjura de los Necios” ( 1980 ) de John Kennedy Toole solo obtuvo reconocimiento y se hizo célebre luego de su muerte. La obra fue publicada por insistencia de su madre y tomó varios años sobrellevar los escollos editoriales hasta lograr el éxito. Probablemente, el caso más conocido sea el Kafka, quien suplicó a varios de sus amigos quemaran sus obras una vez que muriera y que insistió siempre que pudo que su obra era privada y sin intenciones de publicación. Para alegría de sus lectores devotos, el último deseo del escritor no se cumplió y su obra alcanzó un importante reconocimiento décadas después de su muerte.

¿Y que ocurre cuando un escritor famoso muere y no deja instrucciones sobre su obra? Es un tema espinoso y que depende, la mayoría de las veces de las decisiones del heredero de turno sobre que deberá hacer con la obra a medio completar. El derecho de autor en muchos paises se hereda y son la familia más cercana – esposa, hijos, padre, madre – quienes tienen la decisión de publicar o no la obra incompleta. La mayoría de las veces el heredero debe tomar decisiones literarias para la cual no está preparado: el manuscrito puede no estar completo ni corregido, o está formado solo por apuntes, fragmentos, esbozos, cortos párrafos mal encajados. ¿Se debe publicar el material? El dilema suele abarcar incluso aspectos tan dispares como la decisión del heredero si la obra podría beneficiar o no el legado financiero del difunto escritor. ¿Hasta que punto una obra póstuma puede afectar su legado?

La respuesta parece ser parte del eterno debate sobre lo que se hereda y lo que simplemente es parte de una visión más amplia sobre la herencia en forma de letras y una obra por completar. De manera que es bastante probable que tanto los familiares como la editorial deban decidir bajo qué aspectos analizarán la idea y sobre todo, que ganancia obtendrán a partir de su decisión. Pero más allá, la interrogante persiste ¿Que tan válido es el análisis de la idea? Una cuestión espinosa que llevará años resolver.

Miro la fotografía de David Foster Wallace en la contraportada de “El Rey Pálido”. Con su melena larga y su bandana apretada en la frente, tiene un aspecto fiero, rebelde, contestatario. Me pregunto que habría deseado, en su infinita y dura visión de las cosas, para su obra. ¿Un final abrupto, como el que mismo sufrió? ¿O esta especie de inmortalidad a ciegas, difícil de comprender en ocasiones, y que quizás es incapaz de satisfacer la personalidad misma del autor? No lo sé, pero me gusta pensar que incluso más allá de la muerte, las palabras pueden tener algún valor. Continuar existiendo, incompletas y medio desdibujadas sin dudas, pero reales. Una idea romántica sin duda, pero de inestimable valor.

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