La Reina Madre. Por Adolfo Vergara Trujillo

Por redaccionnyl el 26/04/2017

Había trabajo todo el año, pero en verano aquello se multiplicaba por cien. Con su imagen en la portada de la revista Traveler, una serie de fotos en un libro de Jan Saudek y modelo recurrente en la publicidad de los bares de la ciudad, sin embargo, era considerada una especie de celebridad y podía elegir quien o quienes compraban la mercancía luego de mirar.

Su nombre tras el cristal era Miss Apple, pero los yonquis más viejos la llamaban la Reina Madre.

Miss Apple estaba cansada y hacía tiempo que coqueteaba con el retiro. Alguna vez pensó en establecerse en Londres, pero últimamente había escuchado que Praga era deliciosa ocho meses al año y bien podía costearse los inviernos en Las Canarias.

Y esa fresca mañana de verano, mientras caminaba de regreso a casa luego de trabajar sus ocho horas en la vitrina, lo decidió: eran ya muchos años de desnudar su cuerpo de aquella gabardina verde, quedando tan sólo en botas de cuero hasta las rodillas y diadema negra que contrastaba con su melena rubia; de fumar cigarrillos light de 25 centímetros y mostrar su tulipa gesneriana tatuada entre sus senos, su corazón de vello púbico delineado con depilación láser, su piercing en el clítoris. Estaba cansada de abrir las piernas y meterse collares de balines por la vagina, de ponerse en seis puntos para mostrar el ano, de cubrirse medio muslo de cada pierna con sus labios exteriores como si fueran filetes.

Estaba cansada de actuar.

Cierto, lo había disfrutado. Siempre hizo lo que quiso y se divirtió cuanto pudo. Vivió a su elección y casi nunca sufrió. No estaba arrepentida, pero aquella decisión había estado revoloteando en su cabeza por años y, de nuevo, mientras atravesaba uno de los infinitos puentes del Amstel, pensaba en ello.
Una chica con el cráneo rapado y media oreja mutilada, se descolgó de pronto de algún recodo de la ciudad semidesierta —algo casi increíble apenas unas horas después de una noche canícula del nuevo milenio— y le pidió una moneda. Miss Apple metió la mano a la gabardina y sacó cuatro florines.

—¿Sabes dónde puedo abortar? —preguntó la chica, en buen neerlandés, aunque con algo de acento.

Miss Apple le dijo por dónde llegar a la clínica de asistencia y siguió su camino. Anduvo, pensativa en algo o en alguien, o en alguien que le había parecido algo, cuando recordó a Ruud y apresuró el paso: el niño tendría hambre en menos de media hora. Y en efecto, cuando Miss Apple abrió la puerta, Ruud ya gritaba, exigía desde su habitación:

—¡Mamá! ¡Tengo hambre!

La niñera preparaba el cereal en la cocina, pero Miss Apple llegó justo a tiempo y, feliz, corrió a servírselo a su hijo a la cama, encendió la televisión y se acostó junto a él: le dio un beso, acariciándole los cabellos y, muy cansada, le respondió que “sí” y que “no”, aleatoriamente, a todas sus preguntas; y es que acostarse de mañana junto a Ruud —un niño hermoso aunque, para sus cinco años de edad, bastante irritable a la hora de despertarse— era uno de los placeres más exquisitos para Miss Apple; no importaba que el niño no fuera sangre de su sangre ni carne de su carne ni toda esa basura: la madre biológica de Ruud, antigua compañera de la Reina Madre —una de las chicas más hermosas que hubieran tenido las aceras de Oudezijds Achterburgwal—, había muerto de una sobredosis de analgésicos apenas pasada la cuarentena del parto, lo que para Miss Apple era un milagro meramente circunstancial; y es que esos cinco días en una celda del ayuntamiento, sin comer, violada una y otra vez por todo el pelotón nazi y, al final, dada por muerta, le daban ese instinto maternal de leona.

—Ruud, ¿te gustaría ir a Praga? —le preguntó al niño.
—¿Qué es Praga?
—Una ciudad.
—Ah… —respondió Ruud, distraído.
Miss Apple sonrió un poco sin darse cuenta, mientras se imaginaba descansando en un sombreado restaurante de las colinas bohemias, disfrutando una ensalada, refrescándose con agua mineral y limpiando la cara de Ruud embarrada de helado.
—Mamá, ¿cuántos años tienes? —preguntó el niño, quebrándole la ilusión.
—Muchos —respondió Miss Apple, arrullada por el televisor.
—¿Cuántos? —insistió Ruud.
Miss Apple se incorporó y miró al niño; sus ojos azules penetraban hondo en los suyos y comprendió que debía ocuparlo en pensar un poco.
—Ya sabes sumar y restar, ¿no es verdad?
—Ajá.
—Bien —dijo Miss Apple—: cuenta los dedos de tus manos y de tus pies, súmale los de mis manos y de mis pies, y de las manos y de los pies de dos de tus amigos del colegio, y todavía tendrás que restarle cuatro.
Ruud inició de inmediato con el acertijo, pero al cabo de un minuto lo abandonó.
—Es complicado.
—Cierto…
—Te quiero, mamá —dijo el niño, pero nadie respondió.
La Reina Madre ya estaba dormida.

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