La puta, la santa y la loca: la mujer y el sexo

Por Aglaia Berlutti    9 julio, 2016

Hablar de sexo siempre será complicado. No es porque el concepto lo sea – puede serlo, claro – sino más bien, por lo incómoda que resulta la idea a mucha gente. Y me refiero a una incomodidad real: esa de mirar a otra parte, carraspear la garganta, cambiar de tema. El sexo es bueno – nos gusta, nos obsesiona – pero pareciera serlo solo si se mantiene en secreto, al margen de lo visible. Que hipocresía, pienso con frecuencia, en un mundo que vende el sexo, lo comercializa a todo nivel, que lo asume como producto, ese seudo respeto reverencial asombra. O al menos a mi me asombra, cuando no me hace reir por absurdo, por fuera de contexto, por adolescente. ¿Será que somos aún una cultura muy joven? ¿Adolescentes que se murmuran los secretos morbosos al oído, riendo y preguntándose que vendrá después? Es probable: la cultura sigue sin asumir lo inevitable de lo erótico, lo profundamente necesario. Lo inquietante de esa libertad de los sentidos, de esa fiesta del cuerpo, a trompicones que todos disfrutamos de alguna u otra manera.

De jovencita, el sexo me obsesionaba, quizás por aquello de lo prohibido, aunque ahora que lo pienso, era más un asunto de curiosidad nata. Estudiaba en un colegio de monjas francesas que intentaban por todos los medios mantener el sexo al otro lado de la puerta del roble del edificio. Pero por supuesto, el mundo más allá era inmenso…y lleno de respuestas a todas las preguntas que tenía. Porque con las hormonas en plena implosión – dolorosas, radiantes, eufóricas – todo se resumía a que ocurría en ese espacio silencioso de la piel que arde, de las preguntas que no se responden en voz alta. Recuerdo que por entonces, no tenía a nadie con quien hablar del tema: hija única y rodeada de adultos, me acostumbré a buscar mi propias respuestas, a disfrutar de esa búsqueda, de incluso apreciarla en soledad. Y el sexo era algo que aprendí bien pronto era de una de esas cosas que era mejor no decirlas en voz alta, de las que se murmuran, aunque no sabía por qué.

De manera que hice las cosas a mi manera: leí literatura erótica cuando comprarla provocaba cejas levantadas de libreros alarmados, veía películas pornográficas con una extraña sensación de cruzar terreno desconocido y un poco de repugnancia – todo hay que decirlo – y de vez en cuando exploraba mi cuerpo, para aprender de él más que para procurarme placer. Porque en realidad, lo que más me asombraba del tema era que la mujer, según todo lo que leía, todo lo que veía, todo lo que se mostraba sobre la sexualidad, era una extranjera en territorio erótico. La mujer no debía saber nada sobre el sexo o al menos eso era lo que la sociedad asumía como normal. A la mujer no le interesaba el sexo, no era algo de lo que hablara con libertad, no era algo que pudiera disfrutar a puertas abiertas, a gritos y a gemidos. Con dieciséis años, aquello me resultaba incomprensible, cuando no francamente ofensivo. ¿Por qué que las mujeres eran extranjeras en su propio cuerpo? Por supuesto, tenía un noción bastante clara de donde provenía la idea: en una cultura machista como la Venezolana lo femenino tenía que ajustarse a un esquema claro, definido y limitado. Que no comprendiera el motivo, que me angustiara pensar en la razón que obligaba a la mujer a mirar lo sexual con desconfianza, no hacia menos real el límite. Más allá de la linea del silencio, de lo provocativo, de lo sugerido, estaba la puta, la fácil. O mejor dicho, la opinión social sobre la mujer que decidía tomar poder sobre su vagina, su placer y sobre el primitivo derecho de decidir a quien llevaba a la cama.

– ¿Ya lo hiciste por primera vez? – mi amiga J. me solía preguntar eso con frecuencia. Aunque me llevaba un par de años, era considerablemente más inocente que yo sobre el tema y parecía asombrarle el hecho que yo sintiera aquella curiosidad casi insaciable sobre lo erótico. La pregunta siempre me hacia sonreír porque la respuesta invariablemente era no. Pero ella no me creía. Nunca me lo dijo a la cara, claro, pero sabía que J. estaba convencida que mi necesidad de entender el sexo tenía mucho que ver con el hecho de las consecuencias, con lo que pudiera estar haciendo con algún desconocido sin rostro. Siempre me hacia sonreír ese pensamiento. Tenía que existir un motivo para hacerme preguntas, para intentar comprender lo sexual, para preocuparme sobre lo necesitaba, el placer como una linea imaginaria que me separaba del adulto ¿No podía existir el sexo por el sexo? Al parecer, no.

Más adelante, cuando ya tenía una pareja y el misterio del sexo comenzó a ser mi propio secreto, digamos, esa visión – el sexo como limite entre lo propio y lo ajeno – se hizo más evidente y desconcertante. Porque el sexo fue para mi una revelación, una muestra de libertad suprema que me sobrepasó, que dejó a un lado toda idea sobre la intimidad como forzosa, necesaria o temible. Y entendí menos esa insistencia cultural de mantener al sexo en una brecha sin nombre, de relegarlo al espacio de las cosas ocultas, las que se temen, las que son peligrosas. Aunque claro, el sexo si podía ser peligroso: había una perdida de control, una ruptura con la idea personal para dar paso a algo más profundo y doloroso que podía golpearte, dejarte sin máscaras, tan vulnerable como ninguna otra cosa podía hacerlo. Pero más aún, el sexo era primitivo. ¿Como entender eso en una sociedad que procura idealizar cada cosa, hacerla digerible, simple, superficial? ¿Como puede encajar esa brutal intimidad del sexo, esa puerta abierta hacia lo esencial de ti mismo con esa necesidad social de banalizar cada cosa e idea para hacerla digerible? Caminaba entre los kioskos de revistas, mirando a las mujeres de las portadas, los pechos bien visibles, los cuerpos curvilineos en posiciones insinuantes ¿Eso es sexual? Recordaba los gemidos, los labios mordidos, el momento de desconexión, el blanco extásis, elemental. La sensación de perder el sentido para recobrarlo en un cercanía tan absoluta que abruma, que te deja sin voz. ¿Y que entiende la cultura occidental por eso? Un mero entrecruzamiento de brazos y piernas. El rostro de una mujer en primer plano, haciendo muecas. Un hombre la penetra, la cámara toma un largo plano de su pecho musculoso y tenso. ¿Eso es la intimidad brutal de un gemido, del olor exquisito de la saliva? de morir y renacer.

– Miras las películas pornográficas como si se trataran de escenas en un zoologico – me comentó mi novio de esa época. Me hizo el comentario en un café donde almorzábamos, en voz baja. Y se le notaba incómodo cuando lo hizo: la cabeza inclinada, los hombros tensos. Mastiqué lentamente el pedazo de pan que comía y lo miré. Era un hombre muy deshibido…cuando la puerta de la habitación se cerraba. Le gustaba gritar y gemir, mostrar su cuerpo. No tenía esa vergüenza patriarcal al cuerpo. Pero a la luz del sol, fuera de la seguridad de las ventanas cerradas, parecía ser otra cosa. El rostro oculto de un hombre desconocido, el micromachismo que era parte de la cultura invisible, la que nadie cuenta ni nota.

– La pornografía solo simplifica lo complejo – dije. Dije la palabra “pornografía”, en voz bien alta y clara. Mi novio se quedó paralizado con el sonido de la palabra, como si no la reconociera. Un comensal de una mesa cercana me miró sobresaltado. Me pregunté el motivo, me hizo reir en silencio la posible respuesta.
– Baja la voz.
– ¿Por qué?
– No es necesario que todo el mundo se entere de algo así.

No respondí. Había un cierto tono de urgencia en su voz, la sensación clara que el tema le causaba una incomodidad que no podía expresar bien y quizás él no entendía. Y eso me molesto. No sabía bien el motivo, pero me fastidio esa discreción forzada, esa sensación que transgredía algún limite imaginario entre lo privado y lo secreto. El secreto doméstico.

– Te gusta el sexo ¿no? – le pregunté. De nuevo en voz muy alta y clara. Se encogió de hombros, la frase pareció aplastarlo un poco, hacerlo sentir tan inquieto que tuve la clara impresión que se levantaría y me dejaría allí comiendo sola, a merced de las miradas de los sorprendidos testigos involuntarios de la conversación. Pero veamos, ¿Los hombres no tienen el derecho de reír y bromear con el sexo muy libremente? ¿Rompo alguna ley tácita de silencio hablando en voz alta lo que no debería? Me gustó ese pensamiento. Lo analicé desde todos los puntos de vista y continué pensando en eso incluso cuando la conversación terminó en una discusión malsonante y muy tensa de la que no nos recuperamos muy bien. De hecho, a veces tengo la impresión que esa primera grieta en nuestra relación – recién nacida y muy joven – fue el abismo que se abrió entre ambos después. Porque del sexo no se habla. Y yo quería hablarlo. Yo quería las luces encendidas. Yo deseaba reír y gritar. Concluí entonces que él no estaba preparado para eso o eso me supuse cuando dos o tres meses más tarde, la relación terminó. Para alivio de ambos.

Del vibrador, el grito, lo terapeutico, el sexo, la puta y otros temores.

Una vez leí que durante la dura y rígida época victoriana, las mujeres sufrían de frecuentes períodos de histeria que los médicos no sabían clasificar. Se lo atribuían a un tipo de locura breve y tenaz que la ciencia médica no sabía como consolar. De manera que los médicos, que al parecer no estaban tan confusos sobre el origen del enigmático mal como podría suponerse, comenzaron a recomendar el uso de vibradores para calmar los ardores inferiores, como se le llamaba al deseo sexual en una época de eufemismos ridículos.

Con el transcurrir de las décadas, la idea sobre el sexo en secreto, la mujer sometida al anonimato de la cama no cambió. De hecho, para los conservadores años ’50 la mujer que disfrutaba del placer sexual era poco menos que una puta. La mujer no tenía derecho al placer porque el sexo era una manera de honrar la sagrada institución del Matrimonio ( lo que sea que eso fuera ). Más allá, estaba la religión, que desde hacia milenios consideraba la sexualidad femenina un misterio. Desde la mítica Lilith que fue demonizada por pretender escapar de la dominación sexual de Adán hasta las brujas, que bailaban y fornicaban con el Diablo, el sexo en la mujer era una especie de visión misteriosa, que se escondía entre los pliegues de lo real y lo imaginario de la carne, el gemido y el placer. ¿Por cuanto tiempo se creyó que la mujer no tenía alma? ¿Y cuanto de esa carencia de animus no se debía a la interpretación del deseo sexual femenino como pecaminoso, tentador, maligno? Y la sociedad continuó preocupándose de la mujer que gozaba, de la que deseaba, de la que sabia el poder de su vagina, más allá de la mera concepción. La Diosa tradicional fue mutilada de su aspecto de Mujer y anciana y solo quedó la Virgen, lánguida, santificada, convertida en una expresión de bondad extraordinaria y poco realista. La mujer sexual continuó escondiendose, temiendo y siendo considerada un error en la visión sexual cultural.

Y es que el sexo es quizás la expresión de libertad más amplia, más poderosa de la que se pueda disfrutar. Esa necesidad de romper toda barrera, de mirarte con una franqueza infantil y comprenderte como parte no solo de una visión cultural sino dueño de tu cuerpo, de tu deseo y de una insatisfacción perenne. La individualidad del placer, del éxtasis que no entiende metáforas o medias tintas. El placer por el placer.

Este año tuve varios encontronazos con esa figura del censor invisible, la linea divisoria entre lo que se considera que una mujer puede hacer o no, con su sexualidad, su cuerpo y su imagen erótica. En enero, comencé lo que sería mi proyecto mayor durante el año y que consistía en tomarme 12 autorretratos desnudos. Una idea que en un principio asumí sería sencilla pero que terminó siendo lo más difícil que probablemente he hecho en fotografía hasta ahora: porque no se trataba solo de concebirme como objeto fotográfico – que ya es bastante complicado – sino además, lidiar con mi imagen corporal, las opiniones que tengo sobre mi cuerpo y más allá, esa conclusión sobre mi idea de sensualidad con la que tuve que debatir para llevar a cabo imágenes que pudieran expresarla. Pues bien, de inmediato me tropecé con una lógica de ninguneo moral que insistía en que un desnudo siempre es reprobable: recibí correos insultantes, comentarios subidos de tonos en las imágenes e incluso uno que otro bien intencionado consejo que intentaba hacerme comprender que una mujer no puede – ni debe – exponer su cuerpo a la mirada ajena. Mucho menos disfrutar de su propia sensualidad – cualquiera sea su concepto del término – y menos aún, su visión sobre su propia idea de lo femenino. Por días enteros, me debatí entre las dudas de continuar o dejar el proyecto para cuando pudiera entender la crítica más allá del ataque, pero al final, decidí que continuaría. No solo a pesar de las críticas sino debido a ellas. Y el resultado es un conjunto de imágenes de las que me siento muy orgullosa y sobre todo, profundamente responsable. Porque hablamos de eso ¿verdad? la imagen impúdica tiene mucho que ver con la imagen de la mujer frágil, la victima tentadora, la que se mira al espejo de la opinión social y no sabe muy bien como concebirse. ¿Eres puta? ¿Eres santa? ¿Quieres ser cualquiera de las dos cosas? ¿Y si no quiero ser ninguna? ¿Y si quiero construir mi propia opinión sobre el sexo, el valor del erotismo y la sensualidad?

Tal vez todo se trata de una concepción del mundo que rebasa esa frontera entre lo evidente, lo sugerente y lo puramente interpretativo. O quizás, algo bastante llano: la mujer debe enfrentarse así misma, a lo impúdico que parece bordear la manera como nos concebimos, ese otro yo secreto, voluptuoso y delicioso. Una idea que nace y se construye así misma. Una manera de analizarte ( te ) como parte de tu propia concepción de la verdad.

Me miro desnuda al espejo. Desnuda de prejuicios, de ese temor perenne al dolor, a lo mínimo, a la vulnerabilidad. Y me siento bella, poderosa, imperfecta, deseosa. Porque el poder que reside en el sexo no empieza en la piel ni termina en una cama: comienza justo en ese lugar esencial, casi doloroso donde reside la identidad, nuestra manera de mirar al mundo. Y justamente eso es lo que me hace sonreír, con ternura y con placer, más allá de toda idea y razón.




Aglaia Berlutti
Aglaia Berlutti
Bruja y hereje. A veces grosera y quizá demente. Fotógrafa por pasión, amante de las palabras por convicción. Firme creyente en el poder del pensamiento libre.







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1 Comentario

Este artículo lo tuvo todo… me encantó



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