La primera vez, el experimento sexual por excelencia

Por Aglaia Berlutti el 21/08/2016

Cuando comencé a preguntar sobre la mítica “primera vez” a varios de mis mejores amigas, hubo reacciones dispares. Algunos se negaron a hablar del tema de plano, otros me lo contaron con toda libertad e incluso, hubo quien decidió que era buen momento para revelar un secreto que parecían haber guardado por años. Al final, la gran conclusión de la experiencia es que el sexo seguirá siendo esa pregunta que se formula en la boca y se responde en la cama, esa necesidad que surge de lo salvaje, lo libre y lo fuerte del espíritu humano. Y hablo de espíritu no de mente. Por alguna razón – y aquí estoy siendo por completo subjetiva – el sexo es para mi esa capacidad de crear, destruir, olvidar, elevarte, hundirte, perderte, en ti mismo. Hay mucho de místico de primitivo, de esencial en el deseo. Una búsqueda que no termina, que empieza cada vez que la lujuria palpita, te recuerda tus limites de piel. Fuego puro, nada tan carente de razón como la satisfacción.

Pero hay un misterio en cada historia, una idea que trasciende la simple lujuria: Como la de mi amiga J., que tuvo una primera vez accidentada y dolorosa. Llanto y deseo. Un miedo profundo y luego el descubrimiento de algo más perentorio que la simple desfloración. Me lo contó a regañadientes, sintiéndose culpable por su audacia, quizá feliz por escuchárselo decir en voz alta por primera vez.

“M. tenía casi veinte y yo quince. ¿Sabes lo que se dice sobre las diferencia de edades no? Que mientras más joven eres, más duelen y menos te reconoces en el calendario. Me ocurrió así con él: era un hombre que sabía exactamente lo que deseaba y yo una niña con mucha fantasía mal anudada. Cuando nos acostamos por primera vez, no encontré donde encajar los besos lentos del final feliz con la satisfacción dura, el miedo. Él me penetró, sin besos ni caricias, pero tampoco fue brusco. Fue solo un adolescente normal, muy excitado, que no sabía que hacer con el cuerpo de una mujer. Me asustó muchísimo la pequeña mancha de sangre. Pensé que era otra menstruación, otra señal que mi cuerpo cambiaba otra vez. ¿Recuerdas lo que decían ¿Que por el ancho de las caderas se podía decir quién había hecho “eso” y quién no? Eso me obsesionó. Creí que había perdido un capítulo de mi vida. Me costó comprender que comenzaba otro”.

La escuché, mirando a la mujer en que la niña romántica se había convertido: La sonrisa abierta y franca, los ojos vivaces. ¿Que le había brindado ese súbito despertar? ¿En quién la había convertido? Se lo pregunté. Lo pensó un buen rato, saboreando sorbo a sorbo su café.

– No lo supe en ese momento, pero me hizo esencial – que curiosa selección de palabras, pensé – comprender que lo extraordinario del sexo es primitivo, real, sudoroso. Esa lección la conservé siempre.

Lo mismo me dijo mi amigo L, quién tuvo su primera vez con una amiga de toda la vida que siempre le había gustado mucho. Fue rápido, extraño e intenso. Para él. Aún recuerda la mirada dura de la chica, su silencio de insatisfacción.

“Es extraño cuando te das cuenta de que fue malo para ella, a pesar de que creíste fue bueno para los dos. Estábamos muy excitados, ella tenía más experiencia que yo y supongo, esperaba poder “educarme”. Hubo mucho manoseo y me sentí adulto, un “macho” que podía demostrar su hombría. Obviamente, lo único que ocurrió fue que como buen muchacho de dieseis perdí el control de inmediato. Fue vergonzoso, pensé que tenía que disculparme con ella, aunque no sabía porque. Ella no dijo nada, no quería hablar del tema y me dijo que no se lo contara a nadie. No volvimos a tener sexo de nuevo”.

Debe ser difícil para un hombre asumir la decepción de una mujer, pensé escuchándolo. Debe ser complicado aceptar que no entiendes el placer femenino ni como proporcionarlo. Y aún más, cuando la adolescencia, todo hormonas, te hace pensar que el sexo es inmediato, brusco, jadeante. Me escuchó sonriendo cuando le dije todo aquello.

– No es fácil, claro. Pero tampoco el fin del mundo. Las hormonas te consuelan.
– ¿Con la siguiente mujer fue mejor?
– Siempre es mejor.

Que idea tan curiosa. Porque el sexo es un lenguaje, es una manera de ver el mundo, de ignorarlo, comprenderlo, quizás de construir tus propias ideas sobre tu cuerpo y tu deseo. ¿Se reestructura siempre? ¿Se contempla de modo diferente cada vez? ¿Es nuevo con cada boca, con cada orgasmo? Probablemente, se trata de un tema más amplio, más evidente: el sexo es el rostro oculto de nuestra parte más primitiva, la poderosa, la que se oculta, la que te hace sentir tan atado a la tierra como elevado a tu propia espiritualidad.

Mi amiga M. tiene un alma antigua, o así se define ella misma. Con M. nada es sencillo: tiene una visión de las cosas ritualista y simbólica. Y por supuesto, para ella el sexo tiene mucho de declaración de principios, de alegoría, de una profunda expresión de fe. Me gustó escucharla hablar de su primera vez, coloreada con los brillantes matices de su imaginación.

“Fue doloroso y también, un placer enorme. No estaba preparada y me gustó que así fuera. Tenía apenas catorce – ¿que niña verdad? – y él dos años más. Grité, sentí que me unía a él en mil maneras posibles. Estábamos en la casa de sus padres, en su cama de muchacho soltero, rodeados de afiches de fútbol y ropa sucia. Una sencillez ingenua. No alcanzamos el orgasmo pero ese placer único, esa sensación de realidad de carne y sangre pura y fuerte, fue suficiente. Recuerdo haber pensado muchos años después, que amo el sexo de adulta porque aprendí su naturalidad y su vulgaridad la primera vez”

– ¿Vulgar? – le pregunté sorprendida. M. sonrió con su gesto sabio, como de cien vidas vividas a plenitud.
– El sexo es de la tierra, es esencial, de sudor, de sonidos y malos olores. Y eso lo hace bello. Se engaña el que busca sexo más allá de lo simple o lo natural. Es lo que somos y seremos.

Medité sobre sus palabras por horas. ¿Nos define el sexo? ¿Habla de quién seremos en el futuro? ¿Construye nuestro lenguaje de carne, de satisfacción o de temores? Sin duda, el sexo puede ser ese espejo donde podemos vernos reflejados. O al menos, eso es la conclusión a la que llegué con la experiencia de mi amiga C, para quién el sexo es un vehículo de expresión, radical y elemental, pero a la vez, un deseo que se satisface, se busca en la carne que habla y en la lujuria que define.

Tenía 18 años. O., mi novio desde hacía seis meses era un chico guapísimo, alto, rubio, de ojos claros. Me traía loca y nos deseábamos frenéticamente. No podíamos quitarnos las manos de encima desde que nos conocimos y sólo posponíamos el encuentro sexual porque éramos “niños buenos” y había que esperar a conocernos mejor, estar más tiempo juntos y esas tonterías. Y porque sería la primera vez para los dos.

(…) Así, pues, llegó el verano. Las vacaciones de verano, digo. Él se iría dos meses a Europa con su familia y yo tendría unas breves vacaciones en Florida. Acordamos entonces que, a su regreso, estaríamos juntos. Desesperadamente románticos. Recibí postales suyas todas las semanas desde cada lugar de Europa que visitaban y así toleré su ausencia. Llegado Septiembre, estuve allí esperándolo en el aeropuerto.

Después de tanto planificarlo, nuestra primera vez ocurrió muy rápido. Sus padres nos llevaron a cenar a un restaurant suizo, que ya no existe, por cierto. Hasta recuerdo lo que llevaba puesto. También recuerdo que estaba menstruando. Al regresar a su casa, en la intimidad del “bar” (de esos que existen en muchas quintas venezolanas), comenzó nuestro interminable intercambio de besos y caricias. Pero esta vez estábamos nerviosos, teníamos algo pendiente: el acuerdo hecho antes de las vacaciones. Lo conversamos: queríamos, pero estábamos muy nerviosos. Los dos. Le dije que tenía la regla, él que qué importa. Lo hicimos en el piso, no nos desvestimos. Tampoco hubo mucho juego previo. Pero no olvidaré nunca la sensación de ser penetrada por primera vez. La atesoro y, de cierta forma, la revivo en cada encuentro sexual. Todo ocurrió muy rápido: él estaba muy excitado, yo no sabía qué hacer. No hubo dolor y él acabó en mí, protegidos por mi sangre. Yo no acabé y su cuerpo tembloroso sobre el mío me asustó. Estás temblando, le dije. ¿Estás bien? éll no podía ni hablar, solo asintió y sonrió.

Me enterneció su historia, la manera como la joven traviesa, audaz y romántica se convirtió en la mujer fuerte y espléndida que conozco ahora. Inevitable, preguntarse si esa primera experiencia sexual talla los perfiles de quien seremos después, le da rostro a la búsqueda, responde nuestras preguntas, el constante cuestionamiento sobre quien eres, quien serás, en carne y piel.

Como me ocurrió a mí

Con dieciséis años era la alumna más joven de un salón de adultos universitarios. Y por supuesto, me enamoré – con esa pasión arrebatada de la adolescencia – de uno de mis compañeros de salón. Él era extraño, se llevaba muy poco y estaba convencido de algún tipo de utopía política que a nadie le importaba demasiado. Alguien le llamaría “rebelde”. A mi me parecía intrigante.

Desde el principio supe que él sería el primer hombre con que me acostaría. En los cuatro meses que transcurrieron desde que lo conocí hasta que finalmente sucedió, me pregunté si sería el último y me prometí que no. Cuando ocurrió, me sentí decepcionada: fue excitante, caliente, borroso y por supuesto, no lo que esperaba. En realidad no sabia que esperaba, pero desde luego, ese silencio después del orgasmo – el suyo – y esa sensación de sorpresa ácida – la mía – no lo era. De manera que me enfurecí. Y de que manera! Me recuerdo caminando sola por la calle, dos horas después de salir del apartamento de sus padres, arrojándole patadas a todos los objeto que me encontré. Me taché de ilusa y también de ignorante. Después comprendí que solo se trataba de asombro: todo era tan nuevo, tan deslumbrante que mi inmediata reacción fue la ira. Pasarían unas semanas hasta que comprendiera eso pero ya para entonces no me importaría.

¿Que es el sexo sino una manera de crear y de concebirnos?

C”est la vie.

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