La predicción de George Orwell

Por Aglaia Berlutti el 13/05/2016

Cuando leí por primera vez la novela “1984” de George Orwell, sentí miedo. Tenía diecisiete años y en Venezuela había vientos de cambio político. Todavía faltaría un año o menos, para la llegada de la Era Chavista y claro está, transcurrían unos años hasta que esta revolución basada en el enfrentamiento y la pugnacidad política revelara lo que verdaderamente era. Pero por entonces, solo se hablaba de un cambio, de encontrar por cualquier vía, la manera de reconstruir Venezuela, ese sueño de nación a medio terminar. Tenía ocho años cuando ocurrió el 27 de Febrero de 1989 y recordaba bien esa violencia del resentimiento, del pobre contra el rico. El enfrentamiento entre lo que se consideraba establecido y el caos callejero, la furia del ciudadano. Me pregunté a donde podía dirigirse todo ese resentimiento, ese rencor de clases que comenzaba a escucharse como la “respuesta”.

Entonces, casi por casualidad, cayó en mis manos el libro “1984” y como dije, sentí miedo. Uno muy profundo, desconcertante. Porque la sociedad de Oceanía – donde transcurre la historia contada por Orwell – está basada en el miedo, en el odio, en el terror. La idea queda muy clara desde el principio, cuando el autor insiste que “las antiguas civilizaciones sostenían basarse en el amor o en la justicia. La nuestra se funda en el odio. En nuestro mundo no habrá más emociones que el miedo, la rabia, el triunfo y el autorebajamiento”. Pero además del miedo, Oceanía construye las bases de su sociedad en una idea mucho más sutil, en una abstracción que parece definirla con más claridad que cualquier emoción abstracta: El poder como medio, herramienta, como arma, como aspiración, como forma de enfrentamiento como visión del futuro. Ya lo dice Orwell “el Partido quiere tener el poder por amor al poder mismo. No nos interesa el bienestar de los demás; solo nos interesa el poder.” No puedo concebir una idea más inquietante que esa.

Y es que en “1984” la cultura, la visión de la sociedad se convierte en una mera estratificación, a pesar que los gobernantes insisten en hablar de la igualdad como principal valor de un mundo pretendidamente humanista. Pero esta igualdad es aparente, desconcertante: se basa en la lucha del individuo para apoyar y construir un estado segregador, en sostener el poder de sus hombros a pesar del dolor y el temor que pueda producirle el abuso, las lineas perfectamente definidas de una idea de dominación impacable. Con una franqueza que bordea el limite de la denuncia cruda, Orwell describe una sociedad donde el temor es el lenguaje político por excelencia y la ignorancia, una de las bases donde se sustenta un estado opresor. Porque en Oceanía, la critica es un crimen, la oposición a las ideas del Gran Hermano – la punta de la pirámide que Gobierna la sociedad Orwelliana – impensable. Porque el poder solo tiene un sentido y el odio está en todas partes. Y el ciudadano se debate entre obedecer por deseo, por necesidad, por temor, por una visión utópica de alcanzar el perfeccionamiento a medida que asume su lugar bajo el puño de hierro que lo controla. El miedo como lenguaje, el poder como sistema. La ignorancia como valor.

Sí, sentí mucho miedo cuando leí “1984”. Recuerdo que varios días después de terminarlo, me tropecé en la calle con un afiche de Hugo Chavez Frías. En él, se veía al desconocido lider militar levantando el puño, anunciando cambios. El hombre de la fotografía no miraba a nadie, solo levantaba el puño cerrado. A su alrededor, un grupo de seguidores – o eso supuse que eran – gritaban con muecas, enfurecidos. El odio como mensaje político, el temor como anuncio del ese “cambio” en el que todos insistian. Y volví a sentir temor que aún hoy siento.

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