La pelota sí se mancha. Un artículo de Lizandro Samuel

Por Lizandro Samuel el 03/06/2016

Diego Maradona lo dijo cuando colgó los tacos: “A pesar de todo, la pelota no se mancha”. Los argentinos parecen tener talento para las frases impactantes en las despedidas. Gustavo Cerati suele ser recordado por sus “¡Gracias totales!”, luego del último concierto de Soda Stereo.

La diferencia entre ambas expresiones es que mientras Gustavo se asqueó de que lo asociaran a aquella frase, Diego nunca ha hecho nada para desmarcarse de sus palabras. Que un tipo tan polémico como Maradona crea que el balón siempre permanecerá inmaculado es equivalente a que un asesino que elude el sistema judicial alabe su funcionamiento. Ahora que se juega la Copa América Centenario, los problemas alrededor del balón rebaten la aseveración de Diego.

El FIFA Gate es uno de los grandes escándalos de corrupción de la historia. Una gran parte de los dirigentes de Concacaf y Conmebol se encuentran involucrados. De entre los más importantes, solo Julio Grondona se escapó: la muerte lo alcanzó antes. Resulta paradójico que Estados Unidos, el país que impulsó la investigación que acabó con tantos capos del fútbol presos, sea el escenario que albergará el torneo más importante de América. El más antiguo de la historia del fútbol, a nivel de selecciones. Cien años en los que el continente ha visto nacer las formas más descaradas de corrupción, pero, sobre todo, en los que ha presenciado como la migración de talento ha desembocado en que el mejor fútbol del mundo se juegue, hoy día, en Europa.

Dante Panzeri se quejó de la transacción: los europeos trajeron (malos) libros y se llevaron futbolistas. La escena parecía rememorar la historia de la colonización: exploradores del Viejo Continente engañaron a indígenas haciéndoles creer que los espejos eran un tesoro preciado, mientras se llevaban a sus mujeres y la riqueza de sus tierras. Pero por fácil que resulte la analogía conviene no perder el foco: al fútbol latinoamericano lo engañó su propia gente.

En los casos de corrupción hay dirigentes europeos involucrados. Dos de ellos muy importantes: Joseph Blatter y Michael Platini. El francés era uno de los pocos cuyo talento podía tener espacio en los noticieros durante la época de los goles de Maradona. Ambos han tenido problemas con la Justicia: Diego por drogadicto, Platini por –presunto– corrupto. El argentino dio patadas en un continente sumido en desastres organizacionales progresivos. El galo dirigía hasta hace poco el mejor producto futbolero del planeta: la UEFA. La diferencia resume las precariedades de cada lado del charco. En Europa, los dirigentes entendieron que cuidar el producto era la mejor manera de asegurar sus riquezas futuras. En Latinoamérica quisieron raspar la olla con el hambre del mendigo. El resultado son estadios violentos, bandas delictivas asociadas a los equipos, infraestructura lamentable y una fuga cada día más notable de talento humano. Ahora, en el centenario de la Copa, Estados Unidos ha tenido que prestar sus estadios: el país que siempre vio el fútbol como algo menor, en pocos años le está dando una lección de organización al resto del continente. Que el fútbol estadounidense supere el nivel de las ligas sudamericanas debería generar mucha preocupación. Mientras que allá van a retirarse Kaká, Gerard, Pirlo y Henry; en las ligas latinas los chicos de 18 están pensando en migrar para Europa. Y juegan PlayStation escogiendo al Bayern, Barcelona o Real Madrid. Ni hablar del Mundial de Clubes, una competición en la que el campeón de la Libertadores podía imponerse al de la Champions League. Hoy día, el mejor club de América, con suerte, pelearía en la zona baja de la Liga de España. La situación, lejos de encender alarmas, se asume como normal. Y esto solo parece tener una explicación: la pelota sí se mancha.

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