La Paca, el rumor convertido en política pública

Por redaccionnyl el 20/01/2017

El Estado mexicano se presentó por fin ante el tribunal de la demencia. La actuación de la Paca es el lado amable de una trama que no puede ser llevada al cie por exagerada, donde la brutalidad, ineptitud, el cinismo y el crudo humos son llevados a rango de política pública, avalados en conferencia de prensa por el subprocurador Pablo Chapa Bezanilla, y desmentidos en conferencia de prensa por el mismo subprocurador Pablo Chapa Bezanilla.

Francisco Ruiz Massieu, entonces secretario del PRI, y cuñado de los hermanos Salinas, fue ejecutado a mansalva en la ciudad de México. Lo que devino al crimen fue fascinante. Raúl Salinas, hermano del expresidente, fue detenido como presunto autor intelectual del asesinato de su cuñado. En ese mismo momento, el presunto cómplice, el diputado Muñoz Rocha, desapareció hasta el día de hoy. Rumores de todo tipo hicieron de él una especie de ¿Dónde está Wally?, versión judicial, que igual lo hacían en Bangkok tomando un crucero, que escondido en San Pablo de las Tablas. Su figura se convirtió en la identidad de lo impune “porque estás más desaparecido que Muñoz Rocha”, espetó la pícara Tía Graciela.

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Se había logrado el enredo suficiente para no saber qué tantas pruebas se tenían. Aunque la historia sonaba tan convincente conociendo al personaje, eran necesarias otras con las que se formalizaría al presunto autor intelectual por un nuevo crimen, el colofón con doble destinatario. Fue asi que, en una memorable conferencia de prensa, el subprocurador Chapa Bezanilla optó por abandonar la teleserie para meterle carácter de superproducción y aventurar la llave de las siete puertas.

La Paca -por cuyas mentiras recibió de manos de Chapa Bezanilla cuando menos un millón de pesos provenientes de bienes asegurados de la PGR- declaró ministerialmente que un muchacho “que inmediatamente desapareció” le entregó un sobre cerrado que contenía un escrito de cuatro cuartillas, en el que “una persona” explicaba que decidió “revelar lo que sabía sobre el asesinato” de Muñoz Rocha; que lo hacía porque “el país está sumido en injusticias y, como patriota que soy, te autorizo a que des mi relato a la Procuraduría”. Naturalmente, el anónimo no era tan anónimo, había sido escrito por el novio de la Paca, Ramiro Aguilar Lucero, un pobre diablo que dijo haber sido testigo de la escena en que Raúl Salinas de Gortari “mató” a batazos al desaparecido legislador Manuel Muñoz Rocha, el siniestro “eslabón perdido” de la conspiración para asesinar al ex secretario general del PRI.

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En el texto se afirmaba que el 30 de septiembre de 1994, el mayor Antonio Chávez Ramírez, de la escolta personal de Raúl Salinas, le había conseguido una entrevista con éste, en su casa de Reforma 975 y que al llegar (hacia las cinco de la tarde) el militar abrió la puerta principal “con el control remoto, y apareció la imagen de dos sujetos: uno de ellos con un bat en la mano y otro tirado en el suelo, con la cabeza ensangrentada. El del bat se me quedó viendo estúpidamente y miró al mayor quien, sorprendido, me agarro del brazo y nerviosamente me sacó del jardín, me subió a una camioneta y dijo que lo esperara”.

Asimismo, la Paca, que hasta entonces no había requerido de sus poderes psíquicos declaró: “Conseguimos una camiseta de Rocha y al apretarla sentí vibraciones de él… En El Encanto sentí las mismas vibraciones. Por eso afirmo que los restos son de Rocha. Él se levantó de la tumba para señalar a su asesino”, afirmó muy oronda.

El final es más que conocido. Cuando fueron a desenterrar la osamenta al rancho El Encanto, propiedad de Raúl Salinas de Gortari, nuestra policía parecía casi CSI, pero la comandaba Bezanilla en tierra y la Paca en espíritu. Después de levantar todo el terreno se encontró un cuerpo. Las pruebas periciales, realizadas por la misma Procuraduría, resultaron negativas, no era la osamenta de Muñoz Rocha sino la de… Sí, el consuegro de la Paca.

La Paca hizo entonces su último gran truco de magia: desapareció. Este gran acto pareció tener la virtud política de que el conejo se quede para siempre a vivir en la chistera. Ella es inocente, o al menos tan culpable como todos nosotros: quién en su sano juicio se negaría a ser Beto el Boticario por un día.

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