La naturalización de la homosexualidad. Por Voltaire

Por redaccionnyl el 20/07/2016

Si el amor que se llama socrático y platónico fuera un sentimiento honesto, lo aplaudiríamos; pero como fue relajación, debe sonrojarnos Grecia porque no lo prohibió.

 
 

¿Cómo es posible que sea natural un vicio que destruiría al género humano si hubiera sido general y que constituye un atentado infame contra la naturaleza? Parece que debía ser el último escalón de la corrupción reflexiva, y sin embargo lo sienten ordinariamente los que aún no han tenido tiempo para corromperse. Penetró en seres jóvenes antes de que conocieran la ambición, el fraude y la sed de riqueza. La juventud, ciega por un instinto no definido, se precipita en esos desórdenes al salir de la infancia, lo mismo que se precipita en el onanismo.

La inclinación que uno a otro se tienen los dos sexos, se declara casi en la pubertad. Pero dígase lo que se quiera de las africanas y de las mujeres del Asia meridional, esa inclinación es generalmente mucho más fuerte en el hombre que en la mujer; es una ley que la naturaleza infundió en todos los animales; y siempre el macho ataca a la hembra.

Los jóvenes machos de nuestra especie, cuando se educan juntos, sintiendo esa clase de fuerza que la naturaleza empieza a desarrollar en ellos, y no encontrando el objeto natural al que debe atraerlos su instinto, se arrojan sobre un objeto parecido, con frecuencia algún mancebo. En la frescura de la tez, en el brillo de sus colores y en la dulzura de sus miradas se parece el mancebo durante dos o tres años a una hermosa jovenzuela. Si el joven le ama, es porque la naturaleza se equivoca. Rinde homenaje al sexo femenino, creyendo verlo en el que posee la belleza de éste; pero cuando la edad desvanece el parecido, el engaño cesa. Sabido es que esa equivocación de la naturaleza es mucho más común en los climas ardientes que en los helados, porque en aquellos la sangre está más encendida y las ocasiones se encuentran con más frecuencia. De modo que lo que es debilidad en el joven Alcibíades, es una abominación que da asco en un marinero alemán y en un cantinero ruso.

No puedo tolerar a los que quieren hacernos creer que los griegos autorizaron esta licencia. Para probarlo se cita al legislador Solón, porque dijo lo que en dos versos malos tradujo al francés Aymot:

Tu chériras un beau garfon,
Tant qu”il n”aura barbe au mentan.

¿Pero creéis de buena fe que Solón era legislador cuando pronunció las anteriores palabras? Entonces era un joven disoluto, y cuando más tarde llegó a ser sabio, no puso semejante infamia en ninguna de las leyes de su república.

También se ha abusado del texto de Plutarco, que entre las charlatanerías del Diálogo de amor hace que uno de los interlocutores diga que las mujeres no merecen el verdadero amor; y otro interlocutor es partidario de las mujeres y las defiende, pues también en ese diálogo han tomado la objeción como máxima decisiva. Es seguro que el amor socrático no fue un amor infame: la palabra amor hizo incurrir en esa equivocación. Los que entonces se llamaban amantes de un hombre joven eran precisamente lo que son entre nosotros los gentiles hombres que sirven a los príncipes, que participan de sus mismos trabajos militares. Institución guerrera y santa, de la que se abusó, como se ha abusado de las fiestas nocturnas y de las orgías.

La institución de los amantes que creó Lacus, era una especie de ejército invencible de guerreros jóvenes, que se comprometían por medio de juramento a perder la vida, unos por otros: no hubo nunca institución tan hermosa en la disciplina antigua.

Inútilmente Sextus Empiricus y otros dicen que las leyes de Persia recomendaban semejante vicio; que citen el texto de la ley, que nos presenten el código de los persas, que si en él se encontrara esa abominación, tampoco yo la creería; diría que no es verdadera, por la poderosa razón de que no es posible. No, no es posible que la naturaleza humana promulgue una ley que contradiga y ultraje a su propia naturaleza, una ley que destruiría al género humano si se cumpliera al pie de la letra. Pero ya que no me enseñáis ese código, yo os enseñaré la antigua ley de los persas, incluida en el Sadder, que dice en el artículo que lleva el número 9 que no existe en el mundo mayor pecado. Inútilmente un escritor moderno trató de justificar a Sextus Empiricus y la sodomía; las leyes de Zoroastro, que él no conoce, presentan la prueba irrecusable de que los persas no recomendaron nunca ese vicio. Lo mismo podían decir que estaba recomendado a los turcos, porque éstos lo cometen, pero sus leyes lo castigan. Hay comentaristas que han tomado costumbres vergonzosas y toleradas por verdaderas leyes del país.

Sextus Empiricus, que dudaba de todo, podía muy bien haber dudado de semejante jurisprudencia. Si hubiera vivido en nuestros días, y hubiera sabido que dos o tres jesuitas habían abusado de sus discípulos, ¿se hubiera creído con derecho para sentar que les permitían esta infamia las Constituciones de Ignacio de Loyola? Séame permitido hablar en este artículo del amor socrático que se apoderó del reverendo padre Policarpo, carmelita calzado de la pequeña ciudad de Gex, que el año 1771 enseñaba religión y latín a una docena de jóvenes casi niños. Era al mismo tiempo su confesor y su maestro, y luego ejerció con ellos voluntariamente otro empleo, dedicando todo su tiempo a ocupaciones espirituales y corporales. Cuando se descubrió todo, huyó a Suiza, país que está muy lejos de Grecia. Esas diversiones son bastante comunes entre preceptores y discípulos. Los frailes, encarga- dos de educar a la juventud, siempre fueron aficionados a la sodomía, que es la consecuencia necesaria del celibato a que se ven condenados.

Los señores turcos y persas, según tenemos entendido, nombran eunucos para que eduquen a sus hijos. ¡Extraña alternativa para un maestro: ser castrado o sodomita!

Amarse los hombres unos a otros llegó a ser tan común en Roma, que no se atrevieron a castigar esa infamia, porque la cometía casi todo el mundo. Octavio Augusto, asesino relajado y cobarde que se atrevió a desterrar a Ovidio, encontraba bien que Virgilio cantase al mancebo Alexis y que Horacio escribiera odas en metro menor a Ligurinus. Horacio, que elogiaba a Augusto por haber reformado las costumbres, proponía a ése en una de sus sátiras que amara indistintamente a un muchacho y a una doncella. ¡Y a pesar de esto, la antigua ley Seantinia, que prohíbe la sodomía, subsistió siempre en Roma! El emperador Filipo la puso en vigor, y expulsó de Roma a los jovenzuelos que se dedicaban a tan infame oficio. Si hubo allí poetas espirituales y licenciosos al mismo tiempo, como Petronio, también hubo profesores tan virtuosos como Quintiliano. Para terminar, diré que no creo que ninguna nación civilizada sea capaz de dictar leyes contrarias a las buenas costumbres.

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