La música latinoamericana y su influencia en la literatura

Por Luis Figuera el 17/03/2016

En “El Inquieto Anacobero”, Héctor Mujica afirma: “Gabriel García Márquez aseguró en una entrevista que lo más original que ha dado América Latina son las rocolas, con sus boleros, sus guarachas, sus congas, su música tropical. Hay que añadir a Carlos Gardel y el Tango”. En nuestro continente la música y la literatura han mantenido una comunión, desde el espacio de la sensibilidad espiritual.

Muchos narradores conmovidos e influenciados se han aventurado a escudriñar, descubrir desde esa otra sensibilidad que subyace en la conciencia del hombre latinoamericano. Luis Rafael Sánchez afirmó “La música popular propicia una biografía del continente (…). En esas músicas, guaracha, bolero, tango, ranchera, merengue – parece radicar el posible elemento de cohesión para nuestros países dispares y dispersos por sus respectivas aventuras históricas”.

Alejo Carpentier fue tal vez el iniciador del estudio de la música a través de la ficción, desde su primera novela mostró interés en seguir la huella de la cultura de nuestros pueblos. En Ecue-Yamba- O!, se utiliza el lenguaje para tratar de construir la etnología de un continente robado, saqueado, he inventado por la elite de las metrópolis.

Carpentier fue el creador del término Real Maravilloso que utilizó para describir la historia americana. El Reino de este mundo, Los Pasos Perdidos, y Concierto Barroco, dan continuidad a su planteamiento de redescubrir nuestro pasado histórico a través de la música.

Severo Sarduy, mago del neobarroco, anticipándose al postmodernismo, utilizó una estética fundamentada en la intertextualidad con un lenguaje donde lo camp se disfraza y simula, para contar la música desde la vida entrecruzada de tres personajes en su novela: ¿De dónde son los Cantantes?

Guillermo Cabrera a través de una prosa melodiosa agregó el ritmo afro caribeño, en Ella Cantaba Boleros, que es la historia real de Fredesvinda García, apodada Freddy.

Coincidiendo con el boom de la salsa, a finales de los sesenta y hasta mediado de los ochenta, aparece un discurso que trata de incorporar los géneros tradicionales, a la novelística con el objetivo de expresar una toma de conciencia. Umberto Valverde, pertenece a esa generación de escritores que utilizaron en su narrativa los códigos musicales para expresar la nueva cosmovisión que se instaló en los barrios. Desde su libro de cuentos Bomba Camará, hasta sus novelas Celia Cruz, Reina Rumba y Quítate de la vía Perico.

En la onda crítica y reflexiva del pensamiento colonizador impuesto por los centros de poder mundial, La Guaracha del Macho Camacho del puertorriqueño Luis Rafael Sánchez, intenta recoger el modo de vida de una clase social que llora y sufre la música. La novela se anticipa al complejo mundo del dominio mediático, y contrapone una nueva interacción comunicativa. En La Importancia de Llamarse Daniel Santos, Sánchez vuelve a plantear una nueva forma de comunicación al utilizar diversos géneros literarios en la novela.

Vicente Francisco Torres, asegura: “La canción popular deviene en religión para el latinoamericano, en donde el altar es el aparato de sonido”. Las novelas de David Sánchez Juliao: Pero Sigo Siendo El Rey, Mi Sangre aunque Plebeya, y Danza de Redención, confirman esta idea al recrear el cancionero popular latinoamericano, combinando el lenguaje épico con el sentimiento lirico.

El narrador cuya propuesta ha llegado más lejos ha sido Néstor Sánchez, con Nosotros Dos, y Siberia Blues, planteando el concepto de la nueva novela musical aquella donde el ritmo es una pieza fija del suspense de la trama.

En Si Yo fuera Pedro Infante, del venezolano Eduardo Liendo, se establece una ficción dentro de la ficción que repasa con humor y desenfado la vida del mítico cantante y actor mexicano, icono de la canción popular latinoamericana.

Inscrita dentro de lo que algunos críticos denominan el realismo Sucio, se publicó Ultima Rumba en la Habana de Fernando Velázquez Medina, que a través de la intercalación de letras de canciones, ofrece una visión visceral, exagerada y contrapuesta al papel que juega la mujer en la revolución y las relaciones que rigen la sociedad cubana.

Otros escritores que han utilizado la música como motivo de sus ficciones son Lisandro Otero, en Boleros, Pedro Orgambide, con su libro Cuentos de Tango, y su novela Un Tango para Gardel, César Aira, con Canto Castrato que rememora la vida de un cantante lírico, Julio Cortázar en su relato el Perseguidor, el cubano Alberto Guerra Naranjo con un hermoso cuento: Corazón Partido Bajo otras Circunstancias, y muchos otros que han sucumbido a la magia y el embrujo de la oculta pasión de hacer música desde la literatura.

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