La imprescindible guía diferente de literatura estadounidense

Por redaccionnyl el 11/09/2016

Esther García Llovet

Que loS Estados Unidos de América se llamen unidos no quiere decir que estén cercanos. La realidad es que algunos estados se encuentran bastante alejados entre sí, con planicies y desiertos y cordilleras por en medio, a miles de millas de distancia.

Todo es grande en América. Está lejos, América. Y cuando tardas semanas en llegar en barco a Nueva Ámsterdam o en llegar a caballo a California lo único que puedes hacer es cazar venados, matar indios, leer la Biblia y contar historias. Encender una hoguera en la llanura, apoyar la cabeza junto a la escopeta Remington (*) y contar una buena historia que traiga el horizonte cada vez más cerca, cada vez más silencioso, cada vez más atento.

Primero fueron las historias.

Después los libros. (**)

Los libros de guerra

Carabanchel. El mismo Carabanchel tiene una Historia más larga que la de los Estados Unidos, pero a cambio los Estados Unidos se han metido en todas las guerras: guerras mundiales, guerras asiáticas, guerras contra zombies. Todas.

Los Despachos de guerra (Dispatches, 1977) sobre Vietnam -Nam para los veteranos- los escribió Michael Herr como corresponsal del Esquire. Pequeño y de gafas redondas, no escribió un libro sobre la guerra: Dispatches, es la guerra. Es la amistad y la muerte. A Herr se lo llevó más adelante Coppola a la jungla filipina para que lo asesorase durante el rodaje de Apocalypse Now.

Tree of Smoke, 2007, de Denis Johnson (sin traducción al español). Skip, un agente de la CIA en Vietnam, un Vietnam de jungla hipnótica, fascinante y letal como una especie no catalogada. Caminar, caminar, caminar. Un libro sobre el mal.

Trampa 22 (Catch-22, 1961). Joseph Heller: Yossarian. Europa. Segunda Guerra Mundial o cómo morir de estupor y de coágulos de risa. Recomiendo la experiencia total de leer Trampa 22 simultáneamente con Matadero 5 (Slaughterhouse 5, 1969), de Vonnegut, que proporcionaría una visión en 3D de lo que supone la demencia y el desconcierto de la guerra.

En realidad ni Herr ni Johnson ni Heller ni mucho menos Vonnegut estaban en su sano juicio antes de ir a la guerra, por eso volvieron sanos para contarla.

Los libros de viajes

Estos americanos están siempre de viaje pero casi siempre de viaje de negocios, por cambio de trabajo; viajes locales en American Airlines y compañías low cost. Al extranjero en realidad viajan en su primera juventud, para ver catedrales y beber calimocho. Así que la mejor literatura de viajes suele ser local.

Las aventuras de Huckleberry Finn, 1884, de Mark Twain. El río. La vida. La Libertad Americana. Twain nos cuenta el viaje sin retorno de la primera adolescencia, el hedonismo de la huida, pero con el eco melancólico que supone contar lo ya vivido, después, de vuelta en casa.

Walden, 1854. Thoreau, el paisaje interno. Thoreau fue sin proponérselo el primer zen de la Costa Oeste, mucho antes del New Age y S. Suzuki. En Walden, la laguna, habla del viaje interior, el paseo por la naturaleza humana y la naturaleza algo europea de parque silvestre. Hace poco se supo que Thoreau en realidad no vivía en Walden si no que iba y venía desde su casa. Un poco como Maria Antonieta con sus ovejas.

A Walk on the Wild Side, 1956, de Nelson Algren. (sin traducción). Nelson Algren como el sexto Rolling Stone, la sexta bala perdida, en un viaje sin rumbo por la América profunda, la prostituta más desesperada y barata, los trenes más sucios. América como la reina de la belleza y de la mugre. Imprescindible.

Los libros del hogar

La familia Wapshot, (The Wapshot Chronicle, 1957-64), de John Cheever. Fueron los primeros, los yanquis, en hablar de la familia disfuncional. Desde aquí creíamos que eran perfectos porque lo tenían todo: los Twinkies, la lycra, Abbot y Costello, pero no. Había familias como los Wapshot y como los Cheever, con casa y perro y grandes dosis de alcohol corriendo por las tuberías de plomo, horror no dicho e historias de incesto en el sótano, de techo muy bajo de cemento.

Libertad, (“Freedom”, 2010), de Jonathan Franzen. La gran esperanza blanca de la novela americana. La novela decimonónica, folletinesca, que no deja ni una sola habitación de la casa por descubrir, eso es Franzen. Es muy bueno, conserva el sabor hasta el final, no como otros chicles, pero es tan correcto, tan guapo, tan buen chico, tan delegado de curso que a veces desearías que se quitara la ropa. Eso es. Que se quite la ropa, Franzen de una vez por todas.

Revolutionary Road, 1961, de Richad Yates. La ambición. La ambición del éxito. La ambición de ser escritor, que es sin duda la más peligrosa y fea de las ambiciones. Sueños pequeños del Medio Oeste que acaban en pesadilla compartida, en fracaso y en vacío. Orquídeas muertas.

Los libros de la desgracia

Es raro que un norteamericano cuente cosas personales a un amigo. Suelen preferir a un extraño en la barra de un bar, a un extraño en un congreso de dentistas, a una extraña en un viaje de avión. Pero cuando escriben literatura testimonial lo hacen sin concesiones ni medias palabras.

El año del Pensamiento Mágico (The Year of Magical Thinking, 2005), de Joan Didion. La Didion es la mejor periodista, junto con Janet Malcolm -algo más perversa- que ha dado Estados Unidos. En este Magical Thinking habla de la muerte de su hija y de su marido ocurridas casi simultáneamente con la precisión del mejor cirujano, es decir, del que no siente nada, y la precisión del periodista que señala los detalles, donde dicen que está Dios, que no siempre está en todas partes.

Esa Oscuridad Visible (Darkness Visible, 1989), de William Styron. El horror de la depresión, los electroshocks, la medicación, las terapias, los ingresos de urgencia. Todo para nada. La depresión para nada. La vida para nada.

El velo negro (The black Veil, 2002), de Rick Moody. Hace referencia a aquella perturbadora historia de Hawthorne, “El velo negro del ministro”, y se refiere a lo mismo: a la culpa, la redención familiar y el remordimiento. Un desnudo integral, sin piel, sin nada. Un escritor magistral, este Moody.

(*) Añadiría aquí también las Non-Fiction, 2004, de Chuck Palahniuk (sin traducción), donde relata la historia real su abuelo -asesino- y de su padre -asesinado-. Contado como si lo estuviera viendo en la tele. Demoledor.

Los libros de lo feo

Unabomber. El KKK. Los concursos de belleza infantil. Los indigentes viviendo en chabolas en los cayos paradisíacos de Florida. Qué fea es América cuando se pone bizarra, cuando pierde la chola, cuando se vuelve rara. Qué familiar nos resulta todo el White Trash, la escoria blanca; qué humana. Y qué real.

Sangre Sabia (Wise Blood, 1952), de Flannery O´Connor. La O’Connor era una sureña loca y genial, de gafas de culo de vaso y célibe hasta la médula, la pobre, pero escribió esta joya extraña de iluminados religiosos, gente de la calle, sin hijos ni padres, desangelados con ángel.

Hunter S. Thompson. Cualquier libro de Gonzo. Sus delirios lisérgicos, su IBM machacada a puñetazos, sus cenizas esparcidas por un cañón diseñado por él mismo en el cielo nocturno, lleno de murciélagos y caballos y Harley Davidsons.

Elogiemos Ahora a Hombres Famosos (Let´s praise now Famous Men, 1941). Escrito por James Agee, con fotografías de Walker Evans, una obra maestra en todas sus dimensiones. La Alabama de la Gran Depresión. Escrito como una letanía, con la cadencia de una oración repetida una y otra vez, “Elogiemos” es como un cruce entre John Cage y el Eclesiastés, la pobreza y el amor escuálido. La belleza desoladora.

Los libros de la literatura

El postmodernismo en Estados Unidos. Sí. Hasta allí también llegó. Grandes digestiones postmodernas en claustros universitarios de la Ivy League, regados de Pinot Noir y Prozac.

La subasta del Lote 49 (The crying of Lot 49, 1965), de Pynchon. El Lote 49 tiene ya la friolera de treinta y ocho años, lo escribió Pynchon en el 65. En el 65 no existía internet pero el Trystero de Pynchon es internet puro y duro: un medio de mensajería e información, una búsqueda secreta, una paranoia que se retroalimenta hasta el infinito. En realidad podría decirse esto de casi todos sus libros, que no son más que haces de láser de un gran holograma total: la imagen oculta de Thomas Pynchon.

La broma infinita (Infinite Jest, 1996), de David Foster Wallace. El infinito de esta broma no es otro que el lento y desasosegante y mesmérico avanzar alrededor de un gran agujero negro donde debía haber algo que no está y que nunca estuvo. Un agujero negro que, al escribirlo, Wallace al menos lo colocó en un lugar concreto, lo alejó de sí mismo, aunque sólo fuera temporalmente. Leer La Broma con mucho tiempo por delante, sin pareja, cuando te hayan abandonado todos tus amigos. Es lo ideal.

La entreplanta, (The Mezzanine, 1988), de Nicholson Baker. El placer, el placer de escribir, el placer de leer, el extraño bucle de Moebius donde se cruzan la realidad y la ficción y la literatura. También ha escrito el memorable, “U and I”, sobre John Updike.

(*) Otro imprescindible: “Los reconocimientos, (“The Recognitions”, 1955), de William Gaddis.

Los libros del amor

El, ou, vi, i. L.O.V.E. Amor. Bah, entremos a saco.

Homer y Langley, 2009. Cuando E.L. Doctorow era un adolescente se encontraron los cadáveres de los hermanos Collyer, quienes vivieron toda la vida juntos en su megamansión de la Quinta Avenida, alimentando a dos un Síndrome de Diógenes que los sepultó a ambos. Homer era ciego y Doctorow nos cuenta la relación entre ellos, su amor incondicional y triste y descolocado, a ratos también divertido, siempre conmovedor, desde el punto de “vista” de Homer, el ciego.

House of Leaves, 2000. (“Casa de hojas”, de próxima traducción), de Mark Z. Danielewski. Más que un libro es una experiencia. Esta House of Leaves es uno de esos libros de culto en Estados Unidos que igual se encuentra en la sección de Cómics que en la de Terror quizás porque es un libro único -como objeto, como libro, no hay nada parecido- y una historia única de la que es mejor no dar pistas. Sólo adelantar que en realidad es eso, una historia de amor y de terror al mismo tiempo, si es que no eso es el amor: terror a dos, terror en estéreo.

Ravelstein, 2000, de Saul Bellow. Bellow, el Master and Commander de la literatura norteamericana, dibuja a su manera un retrato de Allan Bloom, el filósofo que murió de sida en 1992. Ravelstein como exceso, Ravelstein como uppercut intelectual y vital, Ravelstein moribundo, más vivo que nunca, diciéndonos desde la tumba fría: vive con pasión, vívelo todo, llega hasta el final o cierra el pico.

(*) Remington, la familia Remington, utilizó la patente de su palanca de retroceso del rifle en la palanca del rodillo de las máquinas de escribir del mismo nombre. Escribir como disparar.

(**) Por supuesto no están todos los que son; no está Poe, ni Melville, ni Faulkner, ni Hawthorne, ni A.M. Homes. Esto no pretende ser más que una de mis muchas declaraciones de amor a la literatura norteamericana, a quien tanto debo y deberé siempre, la cabrona.

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