La imposibilidad de la alquimia. Por Voltaire

Por redaccionnyl el 20/06/2016

Alquimista. Con este nombre se designa al hombre que antiguamente se dedicó a la ardua empresa de hacer oro, pues hubo una época en que se creyó posible. Todavía en Alemania se encuentran espíritus tenaces que pasan la vida buscando la piedra filosofal, como se buscó en China el agua de la inmortalidad, y en Europa la fuente de la juventud. En Francia hubo también algunos hombres que se arruinaron por acometer tan ilusorias empresas.

 
 

Prodigioso es el número de los que creyeron en semejantes transmutaciones; pero el de los pícaros fue proporcionado al de los crédulos. Conocido fue en París un tal Dammi, marqués de Conventiglio, que sacó a varios señorones centenares de luises, con la promesa de fabricarles dos o tres escudos de oro.

El chasco más notable por medio de la alquimia fue el siguiente, que dio un tunante en 1620 al duque de Bouillón, de la casa de Turena, príncipe soberano de Sedán: «No disponéis de una soberanía proporcionada a vuestra bravura, porque vuestra soberanía es insignificante -le dijo el alquimista-; pero yo os haré más rico que el emperador. Sólo puedo permanecer dos días en vuestros estados, porque tengo que asistir en Venecia a la gran reunión de mis hermanos, y os suplico que me guardéis el secreto. Que traigan protóxido de plomo fundido de la botica del mejor farmacéutico de la ciudad; poned en él un solo grano de este polvo rojo que os doy, colocadlo todo en un crisol, y en menos de un cuarto de hora lo veréis convertido en oro».

El príncipe hizo la operación, repitiéndola tres veces delante del alquimista. Este había hecho antes comprar todo el protóxido de plomo fundido que tenían los boticarios de Sedán, y mezclando en él algunas onzas de oro, lo volvió a vender. Al salir de allí el alquimista, regaló al duque de Bouillón toda la cantidad de polvos mágicos que poseía.

El príncipe creyó que habiendo hecho con tres granos tres onzas de oro, haría trescientas mil onzas con trescientos mil granos, y de ese modo en una semana podría fabricar treinta y siete mil quinientos marcos de oro, e igual cantidad en las semanas siguientes. El alquimista, que quería partir, necesitaba dinero para asistir en Venecia a la reunión que celebraban los filósofos discípulos de Hermes. Era hombre de pocas necesidades y de poco gasto, y sólo le pidió al duque de Bouillón veinte mil escudos para el viaje. En cuanto el duque agotó todo el protóxido de plomo que había en Sedán, ya no pudo hacer oro, ni volvió a ver al filósofo alquimista, que se escapó de sus dominios con veinte mil escudos.

Todas las supuestas transmutaciones de los alquimistas se hicieron siempre del mismo modo. Cambiar un producto de la naturaleza en otro es una operación dificilísima, como, por ejemplo, convertir el hierro en plata, porque esta operación exige dos cosas que no están en nuestro poder: reducir a la nada el hierro y crear la plata.

Hay, sin embargo, filósofos que creen en las transmutaciones por haber visto que el agua se convierte en piedra, pero es porque no han reflexionado que cuando el agua se evapora, deja el depósito de arena de que estaba cargada, y que esa arena, acercando sus partes, se convierte en pequeña piedra desmenuzable, formada precisamente por la arena que contenía el agua.

Debemos desconfiar hasta de las experiencias; debemos recordar siempre el proverbio español que dice: De las cosas más seguras, la más segura es dudar. Esto, no obstante, no debemos rechazar en absoluto a los hombres que poseen algún secreto, ni despreciar los inventos nuevos. Sucede como en las obras dramáticas: entre mil se encuentra una buena.

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