La fuerza oculta detrás de las crónicas periodísticas de García Márquez

Por Aglaia Berlutti el 04/08/2017

En más de una ocasión se ha insistido en que toda obra latinoamericana es una referencia inmediata a una crónica desigual sobre lo cotidiano, una visión sobre lo diario y lo corriente que crea un reflejo de enorme profundidad sobre la identidad cultural. En 1991 Gabriel García Márquez declaraba en una entrevista a Radio Caracol “Soy un periodista, fundamentalmente”. Lo hacía, con una toda noción de su lugar histórico y literario en la cultura mundial, pero también para dejar bien claro, que lo suyo era contar historias.

Reales o ficticias, Gabriel García Márquez tiene la capacidad para construir mundos en perfecta sincronía con la realidad, para demostrar esa necesidad suya de componer la realidad en escenas de profundo significado. Tal vez por ese motivo, a medida que avanzaba la entrevista, García Márquez se extendió aún en esa idea de contar para crear o lo que es lo mismo, crear a través de la anécdota. Para el viejo patriarca de las letras latinoamericanas, la narración fue algo más que un género: lo transformó en un instinto intelectual que consideraba imprescindible para todo escritor: el saber mirar a través de las palabras.

“No se trata de qué cuentas, sino como lo cuentas”, dijo para concluir la entrevista, resumiendo casi cincuenta años de narrar historias en una única frase. Porque García Márquez, el escritor que creó un pueblo imaginario donde el continente entero parece habitar entre metáforas y símbolos, fue ante todo, un periodista. Uno muy bueno, además, que por décadas se obsesionó con el continente adolescente donde nació y que contó sus historias en cientos de maneras distintas y originales hasta crear un fresco realista sobre una historia muy joven. No obstante, la mayoría de los lectores e incluso el mundo literario que tanto celebra su obra suelen olvidarlo: Una salvedad que descontextualiza no sólo el valor de la capacidad de García Márquez para comprender Latinoamérica sino ese trayecto desde la realidad evidente hacia algo más sutil, que trayecto que recorrió con enorme habilidad y sensibilidad hasta crear un género único. O quizás, una mirada renovada sobre la idea de la realidad como hecho concreto y la mirada de quien la cuenta, como espejo en que puede reflejarse.

Por supuesto, se trata de algo más que comprender el poder evocador de la escritura. García Márquez demostró a través de sus relatos que la literatura tiene el poder de reconstruir la historia a través de símbolos y metáforas, tan poderosos que atraviesan la hoja para transformarse en anécdota. Tal vez por eso, Gabriel García Márquez insistió en que ser periodista le enseñó a crear mundos. Que imaginar historias desde la realidad y crearlas a partir de lo que consideraba verídico, le mostró un matiz desconocido sobre ese hábito tan latinoamericano de narrar sus propias vivencias. De convertirlas en mitología y creencias. Como la suya: solía contar a quien quisiera escucharle, que su nombre no iba a ser Gabriel, sino Olegario. Que cuando nació, acababan de sonar las campanas dominicales de la primera misa del día, cuando su tía Francisca gritó a todo pulmón: “Es un varón y viene bendecido”. Lo “bendito” era el cordón umbilical atado al cuello, como las fábulas de pesadillas que todas las madres de la serranía suelen temer y que es quizás, esa sentencia de muerte segura para los recién nacidos en todas las historias tristes de los pueblos de provincia. Pero el futuro escritor sobrevivió y fue bautizado con el nombre del Santo Patrono de Aracataca. Para la posteridad, para la leyenda, para su mito personal. Como si el Macondo de las páginas del libro que escribiría en el futuro, hubiese comenzado a concebirse en esa historia personal tan diminuta como emocionante, tan simple como conmovedora. Gabriel, que nació con las campanadas de la tarde y que sobrevivió a su propia historia.

Eso, a pesar que Gabriel Garcia Marquez intentó siempre quedarse al margen del mito, atravesar de puntillas la ciénaga de la fama. Pero no lo logró, no al menos de la manera como lo creía: el escritor estuvo comprometido y de manera muy evidente con la política de su tiempo y con figuras poderosas que le consideraban su mentor y amigo. ¿Fue esa la manera en que el escritor comprendió los laberintos de la historia? ¿Fue así como transitó por ese delicado vinculo entre lo real y lo imaginario, la crónica y la ficción, lo que se cuenta y lo que la imaginación crea? Para Gabriel Garcia Marquez, el tiempo y sus vicisitudes parecían parte de una idea recurrente sobre la realidad, lo que buscamos, lo que construímos lo que aspiramos. Y lo dejó plasmado en sus cuentos, en esa cortísimas visiones del continente que tanto amó y sobre todo, intentó comprender a través de la escritura.

Fue en sus cuentos donde Garcia Marquez encontró la manera de elaborar una idea que pudiera conjugar tanto su visión como periodista como la del escritor de ficción. Frases como “Aprendí a escribir cuentos escribiendo crónicas y reportajes” o “El periodismo me ayudó a escribir” dejan claro que para el escritor, la literatura fantástica tenía mucho de contemplación de la realidad y la realidad, mucho del sueño fantástico que parecía brindar a lo cotidiano un nuevo lustre. Tal vez por ese motivo, Gabriel Garcia Marquez jamás renunció al periodismo, con independencia de su éxito como novelista o incluso, cuando se convirtió en un autor insigne de la Literatura americana. Y es la misma razón por la cual, no dejó de escribir cuentos, a pesar del éxito de sus novelas y su evidente pasión por escribirlas. Encontró en ambas vertientes de la realidad, una forma de comprender su trayecto literario y también, su identidad como escritor.

Porque quizás, para Garcia Marquez no había verdadera diferencia entre narrar la realidad y contar lo imaginario. Mientras escribía para el Espectador de Bogotá ( y elaboraba forma a lo que sería su crónica más reconocida: “Relato de un naufrago” ) escribía en paralelo “El Coronel no tiene quien le escriba”. Entre ambas obras, el paralelismo es inmediato y también profundamente significativo. Una y otra, parecen completarse y más allá de eso, crear un híbrido coherente donde lo cotidiano se fusiona con lo irreal para construir un nueva forma de hablar sobre la historia que se cuenta. Por ese motivo, los artículos que componen el volumen de “Textos Costeños” y que recopilan la obra periodística de Gabriel Garcia Marquez desde el año 1948 hasta 1958 no sólo es un recorrido por la evolución de un periodista con enorme talento narrativo sino la de un escritor en ciernes que aprendió desde la realidad el valor de la ficción. No se trata de una mirada a los trabajos más antiguos de quien después sería un escritor de enorme influencia en la literatura de nuestro continente, sino la comprensión de sus orígenes, de la raíz misma que le permitió elaborar toda una nueva propuesta sobre el poder de la palabra.

Nada es casual en los cuentos de Gabriel Garcia Marquez. Como si construyera una sincronía meticulosa entre lo que cuenta y lo que sugiere, hay una cierta coherencia entre ese universo de pequeñas situaciones y escenas, que parecen sostener – ser la raíz esencial – de algo mucho más profundo y consistente, esa Tierra Misteriosa y amplia poblado de seres maravillosos que le obsequiaría la gloria literaria. Pero ahora, en esta colección de cuentos, Garcia Marquez sólo cuenta las historias desde su perspectiva, las desmenuza con delicadeza, las recorre con esa mirada contemplativa que parece resumir lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo en una sola idea sobre lo que se mira, lo que resulta asombroso y profundo. Lo que asume parte de esa realidad alternativa que construye con tanto cuidado como habilidad. Contemporáneos entre sí, la sucesión de cuentos parecen convertirse en un terreno fértil donde el escritor encuentra no sólo los elementos que más adelante integrarán su obra, sino que crean un mosaico tempranero sobre su personalidad como narrador. Y es que pareciera que entre la sucesión de historia que encuentra en su recorrido por las Costas Colombianas, Gabriel Garcia Marquez se reencuentra consigo mismo, se sostiene sobre la idea esencial que después, brindaría sentido y fortaleza a su obra: El poder de crear belleza incluso desde lo aparentemente corriente. Lo inverosímil que nace de lo común.

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