La fotografía de Nobuyoshi Araki

Por Aglaia Berlutti el 04/05/2017

La visión artística de Nobuyoshi Araki es incómoda. Tal vez se trate de su mirada inquietante sobre la imagen o algo mucho más profundo – indefinible- que hace su visión fotográfica polémica, provocadora.

Cualquiera sea el caso, Araki ha construido una interpretación estética que expresa una visión de la mujer, el sexo y el erotismo que parece rozar el sutil límite de lo crudo, lo pornográfico y lo simplemente reaccionario. Nacido en Tokio en 1940, Araki concibe el arte como algo más que una experiencia sensorial. Hay un elemento anómalo en su propuesta, en ese desafío esa visión del arte como esencialmente creador: sus fotografías intentan de hecho destruir esa normalidad borrosa que rechaza a partir de la metáfora. Y esa búsqueda de re dimensionar el símbolo en una idea cruda e intima es lo que hace el trabajo de Araki esencialmente poderoso.

Porque para Araki la fotografía es un vehículo de transgresión, una visión muy directa sobre el temor, el deseo y la lujuria que no siempre tiene una formula única de manifestarse. Desde la pintura al porno más crudo, Araki quiere provocar – indudablemente – pero más allá, quiere reconstruir esa linea de lo que consideramos sagrado, inaudito, en perenne discusión y comprensión. Su lenguaje visual intenta subvertir la moral a través de la estética: y lo hace de la manera más dura que puede concebir. ¿se trata tal vez de una rebelión sustancial contra la conservadora cultura japonesa donde creció? Con toda probabilidad es uno de los motivos de esa visión cruda de Araki sobre el sexo y la mujer, la intimidad y la expresión de yo. Todas sus obras parecen hablar sobre lo mismo, una obsesión de infinitas implicaciones sobre el poder, la insatisfacción, la sexualidad y la represión moral.

Y es que la obra de Araki es un sacrificio ritual. No hay una sola de sus fotografías que no inspire un sentimiento elemental y primitivo. No hay una sola de sus propuestas que no parezca insultante, una linea obvia entre lo repugnante y un tipo de belleza casi tétrica. Araki expresa la culpa cultural, la interpretación de su visión de su herencia estética a través de una mitología personal inexplicable: mujeres, reptiles y flores. La vida y la muerte mezclada con una ideario erótico surreal que parece trascender la mera retórica. Para Araki, el sexo y la muerte es la misma cosa: una expiación directa de esa visión de lo que asumimos es la consciencia individual. El acto fundamental del erotismo es una distorsión y perdida de la identidad, una caída tumultuosa en el dolor. Tal vez por ese motivo, las mujeres de Araki siempre miran a la cámara con una fragilidad atormentada. Atadas, golpeadas, marcadas, parecen padecer n dolor infinito y misterioso que no nos atrevemos a definir pero que es perfectamente comprensible. Y en ese sufrimiento exquisito, hay tanto de belleza como de lujuria mal contenida. Una obsesión lúdica por la fina linea que separa el dolor y el tormento como expresión de sexualidad.

Araki suele insistir en que “No me gusta que la gente borre sus imágenes tan fácilmente. Buenas o malas, ya se han tomado y deben significar algo para nosotros” y hay algo de esa permanencia de la memoria en sus imágenes. De joven, recorría las calles de su Tokio natal cámara en mano, fotografiando todo lo que podía, o mejor dicho, todo lo que lograba capturar su imaginación. Encontró en esa Tokio de la postguerra sucia y empobrecida, una metáfora del renacimiento de Japón y lo plasmó en una serie de fotografías que luego le permitirían obtener su primer reconocimiento importante: el premio Taiyo. Y es que sin duda, para Araki, esa ciudad herida, destruida por las bombas incendiarias, convertida en una pesadilla diminuta, era lo más cercano a su concepto de belleza que pudo encontrar. Una rara mezcla de alegría – las fotografías muestran niños jugando entre los escombros – y más allá, la Tokio real, retorcida y sobreviviente, alzándose a su alrededor. Una nostálgica poesía urbana pero siempre con el dolor moviéndose al fondo.

La muerte y la vida rozándose, confundiéndose entre sí

Muy probablemente, la Obra de Araki sea también una reflexión nada disimulada sobre la trascendencia. Tal vez de allí proviene su recurrente necesidad de mostrar los órganos femeninos como flores, ese erotismo nada sutil que se confunde entre la decadencia y lo grotesco. Como si en el mundo de las imágenes de Araki, ambas cosas estuvieran íntimamente relacionadas. Tal vez lo están: El Araki niño tenía por patio de juego los jardines del Templo Jokanji, donde por décadas enteras se enterraron de manera anónima casi 25.000 cortesanas y prostitutas del distrito japonés de Yoshiwara. De adulto, y aún obsesionado por el recuerdo de la muerte y la lujuria que parecía evocarle el recuerdo, regresó cámara en mano y fotografió las flores marchitas que coronaban las tumbas sin nombre. Sin saberlo, Araki había encontrado otra manera de manifestar la belleza de una manera que resulta cuando menos destructora. Lo erótico como un misterio casi peligroso. Más tarde escribiría: ”Las flores huelen a muerte. Me siento atraído por ellas porque se marchitan, y me invade una sensación erótica al verlas decaer”. Toda una declaración de intenciones sobre su visión del mundo y más allá, de su obra.

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