La fascinante historia científica de la masturbación

Por redaccionnyl el 09/01/2017

La masturbación es el vivo ejemplo de cómo la moralidad ha convertido en un aberración algo que es natural, sano y positivo. En el último siglo, la masturbación ha pasado a ser desde algo vergonzoso a una pieza clave para la salud sexual.

Lo que dice la ciencia de la masturbación

Durante siglos, la masturbación ha sido un fenómeno escondido y poco estudiado. Fue a principios del siglo XX cuando médicos como Havelock Ellis iniciaron el estudio científico de la sexualidad humana y, poco a poco, la verdad de estas prácticas salió a la luz. Y esa verdad es, sencillamente, que la masturbación tiene numerosos beneficios.

Haciendo un repaso breve podemos ver que gracias a la liberación de dopamina que produce puede actuar como analgésico y paliar dolores de cabeza o, como explica el doctor Mariano Rosselló, dolores premenstruales. Además previene el cáncer de próstata o la dismenorrea (dolor menstrual) y contribuye a la producción de Inmunoglobulina A, un anticuerpo que actúa como defensa inicial frente a virus y bacterias.

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El orgasmo y la excitación liberan serotonina y (en el caso de los hombres) prolactina. Eso hace que un buen uso de la masturbación nos ayude a dormir. También, gracias a la liberación de oxitocina, nos hace más sociables, más sexies, más pasionales y más enérgicos.

Algunos sexólogos la relacionan con el aumento de la autoestima y la disminución de los síntomas de la depresión, pero lo datos no son concluyentes. Y en muchos casos, los datos muestran que el orgasmo tiene un papel clave en la prevención de enfermedades cardiovasculares. Claro, que por esta regla de tres, hacerse el láser también. Además, y esto no os lo vais a creer, puede ayudar con hasta con el hipo.

El gran secreto de la masturbación

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Una vez aquí, y sin quererlo, nos damos de bruces con el gran secreto de la masturbación: que tiene exactamente los mismos beneficios y perjuicios que el sexo. Calcados. Dos gotas de agua.

Efectivamente puede causar problemas, sobre todo durante el desarrollo. Pero como en la alimentación, la educación es la clave. Los niños deben desarrollar una sexualidad sana, de la misma forma que deben desarrollar unos hábitos alimenticios sanos. Por lo demás, fuera de esos problemas (que en algunos casos pueden generar trastornos serios) no hay nada en la amplia literatura científica de la que disponemos que nos haga pensar que la masturbación es algo distinto a la alimentación, la higiene o el sexo.

Ante esto, la pregunta más evidente es: ¿Por qué la masturbación está, aún hoy, tan mal vista? Es más, ¿Por qué hacemos es separación tan estricta de dos fenómenos que están más relacionados de lo que pensamos? Y la explicación, por sorprendente que parezca, está íntimamente ligada a la monogamia.

La privatización del placer sexual

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En algún momento de la historia, coincidiendo con la invención de la agricultura y la ganadería, los seres humanos inventamos la monogamia. No, la monogamia no es el estado “natural” de la humanidad (signifique lo que signifique eso de “natural”), los estudios de sociedades primitivas muestran que lo habitual era que una camarilla relativamente pequeña de hombres “monopolizaran” a todas las mujeres de la tribu.

De repente, no obstante, pasó algo. La monogamia impuesta (es decir, el vínculo sexual exclusivo con una sola pareja) vino, vio y venció. Tal fue su éxito que en los documentos antiguos aparece como algo esencial. En la mayor parte de cuerpos legales tradicionales el adulterio está severamente penado (solo hay que mirar la Torá o la Sharia para ver ejemplos de esto).

En el año 18 antes de Cristo, el emperador Augusto promulgó la Lex Iulia de adulteriis que no sólo tipificó el adulterio cometido por una mujer casada como una ofensa criminal muy grave, sino que obligaba al marido a denunciarlo públicamente una vez que sabía de la infidelidad.

Con esto quiero decir que la aplicación de métodos coercitivos, ya sean morales o legales, al adulterio es una constante a lo largo de la historia. No sabemos muy bien porqué, la verdad. Hace unos meses, un grupo de investigación germano-canadiense publicaron un artículo en Nature en el que explicaban que las enfermedades de transmisión sexual tuvieron un papel fundamental en el surgimiento de la monogamia.

Según su teoría, la agricultura primitiva permitió que por primera vez existieran comunidades de más de 300 personas y además creó el caldo de cultivo perfecto para que enfermedades como la gonorrea o la sífilis se hicieran endémicas. Ante estas circunstancias, las prácticas tradicionales (no monogámicas) perjudicaban a los que tenían muchas relaciones. Es una teoría. Sea como sea, la monogamia triunfó y configuró buena parte del mundo social que hoy conocemos.

La masturbación como hecho revolucionario

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Lo que se ha estudiado menos es la fina relación entre la monogamia y la mala imagen de la masturbación. Lo que sabemos sobre la masturbación en el mundo antiguo es escaso y contradictorio. Marcial la consideraba una forma inferior de placer sexual reservada a los esclavos. Los griegos, pese a la creencia común, tampoco debían de verlo demasiado bien si tenemos en cuenta que Diógenes, el Perro, el gran enfant terrible de la antigüedad, se masturbaba en público (y adjudicaba la invención de esta a Hermes). Por otro lado, en Egipto encontramos un dios, Atum, que creó el mundo masturbándose y de cuya eyaculación surgió el Nilo.

Donde podemos ver esta relación más clara es el siglo 18. En 1716, Baltasar Bekker, un teólogo holandés, utilizó por primera vez “onanismo” para referirse a la masturbación. El término (de inspiración bíblica) no es nada preciso porque lo que hacía Onán, en el génesis, no era masturbación sino coitus interruptus. No obstante, no es una casualidad, en la teología cristiana empezaba a aparecer la idea clave de que tan malo era el adulterio como la masturbación porque ambas surgían de una interpretación egoísta de la sexualidad.

Aunque no era solo una cuestión religiosa. Los registros sugieren que el rechazo a la masturbación adquiere su forma actual en el contexto de los cambios sociales que produjeron la Ilustración. Holbach, uno de los pensadores de la ilustración más radical, decía que “las naciones decadentes se llenan de soleros”.

Luego llegó la medicina. A veces olvidamos que la medicina es una disciplina normativa. No estudia la vida en sí misma, sino que resuelve problemas. Atendiendo a una determinada concepción de la vida vida buena cada vez más naturalizada, eso sí. Esto explica tanto la inclusión como la exclusión de la homosexualidad en el catálogo de enfermedades psiquiátricas. La relación entre medicina y moral nunca son del todo explícitos. Pero veinte o treinta años después del libro del panfleto de Bekker, Robert James escribió una monografía médica en la que explicaba que la masturbación “producía los más deplorables e incurables trastornos”. Ya teníamos todas las mimbres. En años sucesivos Tissot, Rush, White o Kellogg reforzaron a lo largo de las siguientes décadas la idea de que la masturbación era la causa de grandes trastornos.

En cierta forma, como en una reedición de la tragedia de los comunes, la monogamia impuesta privatiza las claves y mecanismos del placer sexual y se lo da a una sola persona: el objetivo era confinar las experiencias sexuales en el ámbito de la pareja penando el adulterio y rechazando la masturbación.

Todo aquello que va contra de esa privatización era corrosivo para la estructura social de los últimos tres siglos. Masturbarse se convertía así en un acto revolucionario. Y, aunque los primeros estudios serios sobre la sexualidad son de la primera mitad de siglo XX, hizo falta una revolución sexual y una reivindicación nítida de que lo personal es político para que el estigma masturbatorio desapareciera. O empezara a desaparecer.

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