La explicación psicológica a los ataques de ira por auténticas tonterías

Por redaccionnyl el 12/03/2017

No sé qué me pasa. No sabría explicar qué ocurre en mi interior, pero no lo puedo evitar. De repente, todo en mí se descontrola. Y por cualquier cosa, no hace falta que sea grave. Si se me escapa el autobús, si suspendo un examen, si se me acaba la leche para el desayuno. Lo único que sé es que la sangre me hierve, que las manos se me calientan y que mi cerebro estalla si no grito. La ira brota por todos los poros de mi cuerpo sin que yo pueda hacer nada. Y me da igual quién esté delante; no me importa ir contra mi hermana, contra mis padres, profesores, amigos. Tengo que descargar mi odio. Y después, claro, lo de siempre, no puedo evitar sentirme un mierda. Sí, me quedo aliviado, pero me doy asco, me siento culpable y me meto en la cama a llorar”.

Aunque esta confesión no se corresponde a una persona real —sino que se trata de una declaración ‘tipo’ utilizada para su estudio— detalla al milímetro el proceso que vive alguien que padece el Síndrome Explosivo Intermitente (SEI), una patología del comportamiento caracterizada por manifestaciones extremas de enfado e ira. Pero, ¿cuáles son sus causas?, ¿qué puede llevar a una persona a estallar frente a situaciones de lo más vulgar? Nos zambullimos en la mente de un paciente ‘tipo’ con la ayuda de los psicólogos Héctor Galván, director clínico del Instituto Madrid de Psicología, con Ignacio Calvo, especialista en terapias conductivo-conductuales, y con Mariana Galdós, especializada en neuropsicología.

En primer lugar, atendamos a la definición concreta del SEI. “Es un síndrome en el que la persona reacciona con enfado extremo hasta el punto de perderse en la ira”, afirma Calvo. Y la doctora Galdós lo completa: “Esos accesos de violencia no pueden ser explicados por el consumo de sustancias, por enfermedades mentales o médicas ni por lesiones cerebrales. Es decir, se trata de un comportamiento impulsivo, agresivo y desproporcionado a la situación”.

Lo peor es que su causa específica es desconocida. Como asegura la psicóloga Galdós, “es difícil describir un perfil, pero sí es interesante conocer los posibles factores que pueden influir en su desarrollo”. La doctora explica que la mayoría de estas personas han crecido en entornos familiares en los que los abusos verbales y físicos han sido comunes. Explica además que “aquellos que han vivido múltiples eventos traumáticos durante su infancia son más susceptibles de desarrollar la enfermedad”, y, por eso, es más habitual que este síndrome se manifieste durante la adolescencia.

El psicólogo Héctor Galván opina en la misma dirección. “Se ha demostrado que el 30% de las personas con TEI tienen un familiar con el mismo diagnóstico, lo que sugiere que la carga genética es importante”, y añade que “en general, se presenta en personas que ya muestran una tendencia a las respuestas hostiles, personas que tienen un equilibrio emocional más inestable y que suelen presentar respuestas inmaduras ante las dificultades”. Por eso, como apunta el especialista Ignacio Calvo, “ante circunstancias de conflicto, sienten una reacción desenfrenada en su cuerpo que los hace posicionarse de forma agresiva en las relaciones que interpretan como hostiles”, explica.

Y estos cuadros pueden sonarnos. A muchos se nos vienen a la cabeza casos como los que muestran en Hermano mayor y programas similares, aunque este síndrome difiere en varios aspectos. “La furia aparece sin que haya premeditación y la violencia no tiene una finalidad instrumental, es decir, no aspira a cumplir objetivos a través de las agresiones, sino que estas son fruto de su estado anímico alterado”, detalla Galdós. Tampoco está relacionado con otras patologías en las que la persona no es del todo dueña de sus actos, como la cleptomanía o la ludopatía. “En esos casos, el deseo de realizar una acción determinada como robar o jugar no aparece de forma tan súbita. En cambio, si hablamos del síndrome explosivo intermitente, esos impulsos surgen de golpe ante un mínimo estímulo”, apunta la psicóloga.

Las consecuencias parecen claras: deterioro de las relaciones interpersonales, problemas en el trabajo, en casa o en el colegio o, incluso, tendencia a la autolesión. Entonces, lo más importante: ¿cuál es su tratamiento?, ¿existe algún modo de atajar este problema y eludir sus secuelas? Afortunadamente, sí. “El tratamiento es una combinación de abordaje psicológico con terapia cognitivo-conductual y el uso de psicofármacos en aquellos casos en los que las muestras de hostilidad sean más graves”, señala Héctor Galván. Todo con el objetivo, según el psicólogo Ignacio Calvo, de “conseguir una mayor flexibilidad psicológica y mejorar la gestión de los eventos estresantes resulta fundamental, así como trabajar las habilidades sociales para conseguir respuestas más equilibradas”.

Así que tiene solución. No es conveniente mirar hacia otro lado ni tampoco escudarse en el clásico “está en la edad del pavo, ya se le pasará”, porque, tal vez, esos arranques de ira que padece tu hermano o que tú mismo sientes en alguna ocasión no sean producto de la edad, sino de algo más importante. Pero no hay por qué tirar la toalla.

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