La escalofriante historia del caníbal que aterrorizó a los venezolanos

Por redaccionnyl el 01/09/2017

La historia de Doráncel Vargas es tan tremebunda que eclipsa a los más famosos asesinos en serie de la historia de la humanidad como Jack El Destripador, el emperador Calígula o el carnicero de Milwaukee.

Doráncel nació en Caño Zancudo, estado Mérida, el 14 de mayo de 1957 en el seno de una humilde familia de agricultores. Debido a la pobreza de su núcleo familiar, solo pudo estudiar hasta el tercer grado. Fue sacado de la escuela y lo pusieron a trabajar para que se ganara la vida.

Para muchos era evidente que Doráncel no era muy normal. Estrenó su adolescencia robando gallinas. Con el paso de mozo a hombre, fue creciendo en sus delitos y empezó a robar ganado. Algunos de sus compinches cuatreros le tenían asco porque el sujeto disfrutaba comiendo carne cruda y sintiendo y viendo los chorros de sangre bovina saliendo por las comisuras de sus labios. Entre las leyendas que se tejen sobre él, se dice que una vez que robaron algunas vacas, mató una, le sacó el corazón aún caliente y se lo comió entero.

La primera víctima del caníbal

En el año 1995, los titulares de los periódicos anunciaban la captura de Doráncel, a quien señalaban de haber asesinado y comido el cadáver del ciudadano Cruz Baltazar Moreno. Este escalofriante hecho causó conmoción en el estado Táchira, donde desde hacía mucho que Doráncel se había ido a vagar como un indigente.

Otro hombre en situación de calle que respondía al nombre de Antonio López Guerrero fue quien denunció el atroz suceso ante la antigua Policía Técnica Judicial (PTJ). Al principio, los petejotas pensaron que López Guerrero les estaba jugando una broma o que sencillamente estaba loco. Aun así, debieron ir al sitio que éste les señalaba para corroborar o desestimar la aterradora historia, y lo que consiguieron les heló la sangre. En tobos y ollas llenas de agua mezclada con sangre humana, encontraron pies y manos amputados, aparte del hígado y tripas de la víctima.

Doráncel fue detenido y recluido en una celda de la PTJ. Al determinarse que los miembros cercenados eran efectivamente de Cruz Baltazar Moreno, se le realizaron los exámenes psiquiátricos a Doráncel y se determinó que padecía de esquizofrenia paranoide. Fue internado en el Instituto de Rehabilitación Psiquiátrica del bucólico pueblito de Peribeca, a 45 minutos de San Cristóbal, estado Táchira.

La venganza del antropófago

Dos años estaría Doráncel en ese manicomio y cada día con sus noches no dejaba de pensar en vengarse de Antonio López Guerrero, por haberlo denunciado. En 1997, Dorángel había respondido bien al tratamiento y fue dado de alta. Lo dejaron libre luego de una somera evaluación psiquiátrica que determinó que estaba fino y que podía irse a la calle.

Doráncel, con su psicópata capacidad para la venganza, fue derechito hasta donde pernoctaba el indigente Antonio López Guerrero y lo asesinó a sangre fría, para luego almorzárselo como lo había hecho con su amigo Cruz Baltazar Moreno.

Tras consumar o consumir su venganza, Doráncel decidió irse del pueblo para buscar fortuna en San Cristóbal. Invitó a un hombre llamado Manuel, a quien había conocido en las celdas de la PTJ. Manuel, sin saber las intenciones de Doráncel, se fue con él.

Ambos indigentes se instalaron a orillas del río Torbes donde conocieron a otros en esa condición. Para ese entonces, ya Doráncel tenía las facciones abominables, la barba y la maleza de cabello con la cual se le conocería para siempre. De día se metía en un pestilente rancho de zinc, madera y cartón, y de noche se iba a dormir en un oscuro túnel bajo el puente Libertador. Este sitio, semejante a una boca de lobo, se convertiría en su grotesca guarida, la cual usaría para descuartizar y comerse los cadáveres de sus víctimas.

Empanadas y parrillada de carne humana

Una mañana, Doráncel llegó con una grasienta bolsa de papel y les ofreció a los demás vagabundos las empanadas que había hecho. Ellos degustaron el manjar con voracidad y hasta le dijeron que tenía muy buena mano para la cocina. Ninguno sabía que aquella carne era carne humana, carne sacada del cadáver de Manuel, a quien Doráncel había asesinado.

Desde entonces, tomó la maña de deambular por el mercado municipal (cerca del río en las inmediaciones del parque 12 de Febrero) con un tubo de metal con una punta afilada. Los vendedores se habían acostumbrado a verle recoger frutas y verduras del suelo, que decía eran para hacer sus guisos.

A veces se perdía por días enteros y luego volvía con sus amigos indigentes, a quienes les ofrecía banquetes de guisos de carne o empanadas. Un día, desapareció un obrero de la construcción de nombre Francisco López. También lo había cazado Doráncel con su arma puntiaguda y se preparó una monumental parrillada a orillas del río Torbes, la cual fue degustada por todos los indigentes de la zona.

Los días siguientes, estos vagabundos comían arepas, empanadas, hígados encebollados, sobrebarriga, sopas y otras comidas. Jamás habían comido tan bien aquellos pobres miserables y por eso nunca le preguntaban a Doráncel de dónde sacaba la carne, pues que supieran, por ahí no había vacas y él no tenía dinero para comprar en una carnicería.

Ni niños ni mujeres en el menú

Entre 1998 y 1999, habían desaparecido como por arte de magia no menos de 40 personas en la zona. La PTJ conjeturaba que podría tratarse de un asesino en serie, pero hasta ahora nunca había habido uno de esos seres malignos en Venezuela.

La lista incluía solo hombres sanos, nada de gordos, ningún viejito, ni mujeres ni niños. Este antropófago tenía sus macabras exigencias culinarias y se daba grandes banquetes con las presas que cazaba en la urbe de cemento y asfalto.

La captura

Esto siguió sucediendo hasta que finalmente, por casualidades del destino, el 12 de febrero de 1999, jóvenes que andaban de excursión por el parque 12 de Febrero se toparon con algo realmente espeluznante: entre la maleza, sobresalían varios pies y manos humanos ensangrentados que parecían estar clamando por justicia.

Aterrorizados por aquel espantoso hallazgo, los muchachos informaron a la PTJ, a la Policía Montada y a Protección Civil Táchira. Comisiones de estos organismos llegaron al sitio y cerca de ahí encontraron el destartalado rancho de Doráncel y el túnel del puente Libertador. En ambos sitios había vísceras humanas guardadas en frascos de mayonesa, en ollas y en otros sucios recipientes. El antropófago también tenía en su despensa tres cabezas humanas, así como pies y manos.

En esos instantes, el caníbal volvía a su guarida y fue detenido de inmediato. En la comisaría, relató ante los atónitos funcionarios cómo se dedicaba a cazar humanos en las inmediaciones del río para comérselos y darles de comer a los demás indigentes de la zona.

De sus víctimas, dijo a los investigadores, prefería “la carne de los hombres (porque) sabe mejor que la de las mujeres”, La carne de mujer, aseguró Dorángel “es como comer flores y te dejan el estómago flojo”.

‘Comegente’ aseguró que era un cazador de incautos que pasaban cerca de su territorio. Los golpeaba con “una punta de eje, que es una pieza de metálica de camión”,

Los mataba, contó Dorángel , “para comérselos y darles de comer a los demás indigentes de la zona”.

Desequilibrado

No me arrepiento de lo que he hecho, porque me gusta la carne. Hice lo que dice la Iglesia, compartir mi pan. A mi amigo Manuel me lo comí porque pensé que si era tan buen amigo, debía de estar muy sabroso; así que lo maté e hice unas empanadas y les di a los demás compañeros . Sin inmutarse, el antropófago seguía en su declaración diciendo: & lo único que no me daba apetito eran las cabezas; por eso las desechaba.

Los hombres saben mejor que las mujeres, saben recio como cochino salado, como jamón, da gusto comer un buen macho, las mujeres saben dulce como quien come flores y te dejan el estómago flojo como si no hubieses comido. Nunca maté a hombres gordos, tienen mucha grasa y eso tiene mucho colesterol (& ) con la lengua se puede hacer un guisado muy bueno y los ojos son buenos para hacer sopa .

Doráncel fue juzgado y se ordenó su reclusión, pero ni los presos de la cárcel de Táchira ni en el Instituto de Rehabilitación Psiquiátrica de Peribeca lo querían; tenían terror de que si alguien se quedaba dormido, se lo comiera. Al final lo dejaron detenido en la cárcel de Politáchira, donde aún permanece, sufriendo su infierno por no comer carne humana.

Le adjudicaron más de 10 asesinatos, aunque pudieran haber sido más.

En posteriores entrevistas de periodistas nacionales y extranjeros, ha dicho con frialdad que le gusta comer gente porque son sabrosos y además es de muy buen apetito. Recuerda que casi todas las noches, demonios enviados por el diablo lo visitan para hacerlo sufrir, así como las almas de sus víctimas , pero que a él no le interesan las almas, solo la carne humana fresca y crujiente. Doráncel Vargas Gómez, alias El Comegente , pasó a los anales de la historia criminal venezolana como el primer asesino serial del país y el más temido por todos; y aún sigue ahí, latente su apetito por la carne humana.

Nalgas y Libros | contacto@nalgasylibros.com