La ciudad donde es más fácil conseguir cocaína que pan

Por Néstor Luis González el 22/12/2016

El autoengaño es una maravilla: sirve para que las madres omitan la maldad de sus queridos hijitos, para que los muchachos buenos decidan no creer que sus novias son putísimas y para que los ciudadanos sigan diciendo que son de clase media aunque hace rato la inflación los haya enviado por debajo de los límites de la pobreza.

A los 30 años no eres tan viejo para que los adolescentes te oculten sus cosas ni tan joven para que sus padres desconfíen de ti. Por eso ambas realidades me hablan y he aprendido que casi nadie cumple en Caracas los 20 años de edad sin probar algún tipo de droga ilícita. Por eso mismo he escuchado a tantas señoras autoengañándose con la más cómoda de las frases: “Los hijos míos no”.

De todas formas, lo que hagan los adolescentes con su marihuana en los colegios es meramente anecdótico en comparación con lo que voy a consignar a continuación: en Caracas es más fácil conseguir cocaína que pan.

El lunes fui a dos panaderías en Santa Mónica, el martes fui a la de Cumbres de Curumo, el jueves fui a dos en Prados del Este y el viernes a todas las que conozco en Chacao. En ninguna había pan. Ni pan francés, ni canillas, ni pan pita, ni pan campesino, ni pan de banquete, ni pan de hamburguesas. Nada. En todos los lugares donde pregunté me explicaron que el codiciado alimento tenía una hora específica de salida cada día, y que para comprarlo debía hacer una larga fila que me quitaría al menos la quinta parte de mi jornada.

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La impotencia por no poder acceder al alimento por excelencia de la civilización hizo que me pusiera a pensar en que un símbolo de nuestra vulnerabilidad como pueblo es que comamos algo que no producimos, pues es sabido que en países tropicales como Venezuela es improbable la producción de trigo. Sin embargo, tampoco es posible comprar la tradicional y venezolanísima harina de maíz precocida sin hacer interminables y humillantes colas. O sea, que estamos jodidos.

Llegó el sábado de esa misma semana y quiso el azar que una amiga me ofreciera llevarme a mi casa al verme en una parada esperando un taxi. Su única condición era que primero la acompañara a comprar “algo”.

La chica hizo cuatro llamadas a ver cuál de sus dealers estaba más cerca y a los cinco minutos tenía una pequeña bolsa de cocaína en sus manos.

El vendedor llevaba consigo un punto de venta y la chica pagó 15.000 bolívares con su tarjeta de débito desde la comodidad de su auto. Luego arrancó y me dijo unas palabras que jamás olvidaré: “Esta vaina es un chiste, pana. El precio de la droga en este país está subsidiado. Marico, una bolsita como esta te cuesta una bola de plata en cualquier otra parte, una bola de plata, guevón, en serio”.

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