La aventura venezolana. Por Mariano Picón Salas

Por redaccionnyl el 26/01/2016

Desde que Andrés Bello, al final de la Colonia, escribía un resumen de la historia del país, los venezolanos nos hemos inclinado a ver el recuento de nuestro pretérito como anuncio y vaticinio del porvenir. ¿No es una inmensa, a veces trágica profecía, toda la obra escrita de Bolívar, que es como el gran himno que acompaña su acción? Según fuera su marcha por América y los problemas que le brotaban al paso y que él trataba de someter y vencer como Hércules a sus hidras y gorgonas, el Libertador podía pasar –y esto es completamente humano– del entusiasmo al pesimismo. O ¿a dónde nos están llevando los hechos, el sino peculiar de estos pueblos?, es una pregunta ínsita en todo su pensamiento desde la Carta de Jamaica hasta la proclama con que se despide de sus conciudadanos en 1830. La Independencia comenzaba un proceso que –como todos, en el devenir histórico– para lograr sus fines debía surcar las más varias y tormentosas corrientes de adversidad. Invocando a Bolívar como el dios tutelar que se llevó temprano la muerte y vaticinando, también, todos los recursos que nuestro país puede ofrecer al mundo, viven y padecen muchas generaciones venezolanas durante el siglo XIX. ¿No era un poco de consuelo en la recatada y desposeída existencia de un Cecilio Acosta que al par que se queja en una carta de que carecía de dinero para pagar el porte del correo, se exalta en otro artículo diciendo que “aquí las bestias pisan oro y es pan cuanto se toca con las manos?” Desde la aflicción de hoy se miraba a la dorada promesa utópica de mañana. Los venezolanos del siglo XIX y de las dos primeras décadas del siglo XX –hasta que comenzó a explotarse el vellocino petrolero– vivían mediocremente, continuamente consternados por el caudillo que “se alzó”, la guerra civil que no permitía recoger bien las cosechas y la fluctuación de precios en sus escasos productos de exportación –el café, el cacao, los cueros–; la estrechez de nuestros presupuestos de entonces, que más que pagar adecuadamente los servicios públicos, parecían dádivas de hambreados, y una remota esperanza que al fin habría de llegar. Con los frutos de la tierra, con la democrática caraota, el cazabe y la arepa y el tasajo llanero y la tacita de café amoroso que despertaba la imaginación, se pasaba la vida y se conjuraba un futuro lejano y siempre inaccesible.

No hubo en nuestra historia de entonces esos fértiles Dorados que, especialmente la minería, ofreció a otros países hermanos como México, Chile y Perú, o la abierta y rápida prosperidad de Argentina. En los años de su cesarismo y cuando no tenía que vencer a ningún otro general “alzado”, Guzmán Blanco dio su revoque de yeso, plantó cariátides y metopas en algunos edificios públicos, construyó el paseo del Calvario, el teatro Municipal y el Capitolio, hizo concursos literarios y subvencionó compañías de ópera. Con humor y gracia criolla, algunos venezolanos de fines del siglo XIX podían pensar que nos estábamos civilizando y refinando en extremo. ¡Pero qué poco era ese yeso arquitectural, las estatuas y motivos decorativos importados de Francia y los gorgoritos de la ópera, ante el vasto silencio de la ignorancia, soledad y atraso que venía de la entraña de la inmensidad venezolana! Aun en Caracas misma, la vida era menos lujosa y más mediocre que en otras capitales de América. Contemplando los grabados de una revista como El Cojo Ilustrado, se puede fijar el repertorio de lo que los venezolanos eran y de lo que soñaban, en relación con otros pueblos, a fines del siglo XIX.

Casi había un contraste trágico entre la ambición y grandeza de nuestra Historia, cuando en el período de la Independencia los venezolanos ganando batallas, formando repúblicas y haciendo leyes se desparramaron por media América del Sur, y en lo que habíamos terminado siendo. Éramos un poco como don Quijote después de su última y desventurada salida, y estábamos dispuestos a contar nuestro cuento nostálgico al bachiller, al cura y la sobrina. En nuestra literatura novelesca, hasta el Modernismo, son casi personajes insistentes la espada, el kepis y el uniforme que el abuelo o el lejano tío lucieron en Ayacucho y que se descoloraban, viejos de tiempo, desengaño y cansancio, en el desván de la casa familiar hipotecada y retrovendida. La mujer –un poco muda y resignada en la literatura venezolana hasta los días actuales– apenas forma parte del coro trágico y acompaña a llorar. Hasta los cuentos de José Rafael Pocaterra y de Rómulo Gallegos, estas musas de nuestra tierra caliente guardan las flores del novio que se fue; rezan y suspiran en voz baja. Parecen los testigos y acompañantes del continuo desastre que hicieron los hombres: guerrilleros, políticos, aventureros, soñadores frustrados o simples “balas perdidas”, “pollos pelones” de una familia en trance de desintegración.

Las gentes, sin embargo, que cumplieron la hazaña de llegar hasta el Alto Perú, no habían sido mediocres, sino algunas de las más decididas y despiertas de América. Eso de que los venezolanos estaban “despertando para algo” y que en las costas y valles del país se seguían con interés las noticias de Europa en un tiempo tan cargado de tensiones históricas como el que abrió el siglo XIX, se registra en los grandes viajeros que llegaron a Tierra Firme en los años que anteceden a la revolución de la Independencia, como Humboldt y Depons. Humboldt no sólo se asombra con el paisaje y se deslumbra en Venezuela con la luz equinoccial, sino simpatiza con los hombres. Son los sosegados hidalgos que asisten a las tertulias de Blandín y de la Floresta, han leído ya sus enciclopedias y discuten la suerte del mundo en un siglo nuevo y que anuncia tantos “cambiamientos”, o en el joven Andrés Bello quien le acompaña en larga caminata por el Monte Avila, o aquel extraño don Carlos del Pozo que en la soledad de un caserón llanero se ha puesto a inventar aparatos de física como un Franklin indígena. Además de ser un sabio, el Humboldt que visita Venezuela es un joven treintañero, y el regocijo de haber descubierto un edén tropical y sumamente prometedor. se advierte en las páginas que le inspira su viaje. Acaso ninguna otra promoción de hombres tan inteligentes y empeñosos pudiera encontrarse en ninguna otra parte de América como la que realizaría en las tres primeras décadas del siglo XIX la aventura y milagro histórico de Venezuela. Están –como en los cuadros históricos de Tovar y Tovar– con sus grandes corbatines flotantes, sus casacas azules, las últimas pelucas del antiguo régimen, firmando con la pluma de ganso el Acta de Independencia de 1811; pero el fondo de los retratos será el paisaje de volcanes, cordilleras, selvas y estepas del continente, y las batallas que separan a Caracas del Alto Perú.

Pero ¡qué difícil volver a ordenar la casa, después de la larga expedición de gloria y derroche vital por todos los caminos de América! A una Venezuela despoblada y hambreada por haber pagado en hombres y recursos el costo de la gran hazaña, tornan los soldados que estuvieron en Ayacucho y los políticos de la frustrada Gran Colombia. Ha muerto Sucre en la montaña de Berruecos, y la paz llena de intrigas de las facciones y conspiradores –más peligrosas que la guerra– acabó con Bolívar a los cuarenta y siete años. A la escasa oligarquía culta y a la vieja prudencia de comerciantes y hacendados, que en medio de la general estrechez representan todavía un poder económico, se confía Páez en 1830 para organizar el país. Debe apaciguar y someter a sus propios conmilitones y acostumbrarlos a un orden civil que si no es el de la democracia perfecta, parece una traducción tropical de la monarquía inglesa. Se cuenta para este orden, a pesar de varias revueltas y de algún inevitable fusilamiento, con el prestigio carismático del gran caudillo, “primer lancero del mundo”, más valiente y diestro que los otros, e intuitivo, sosegado y discreto para saber escuchar a los hombres inteligentes del país, y para tener como una especie de Vicario General, como sucesor que asegura la “continuidad de la política”, al prudente y flemático Soublette. Progresa, sin duda, Venezuela entre 1830 y 1848. Tiene fama de país sensato y ordenado, mientras la Argentina sufre la tiranía de Rosas, México el torpe caudillismo de Santa Anna, Nueva Granada se anarquiza en facciones y en casi todo el continente el caudillismo militar y la guerra civil se hacen instituciones congénitas.

Se siembra café, cacao y añil; se restauran las viejas haciendas que habían enmalezado el abandono y la guerra, y el paquebote que llega a Saint-Thomas y descarga en goletas y bergantines, nos aporta algunos bienes de la civilización europea. Don Fermín Toro recibe sus revistas inglesas y francesas; estudia los problemas que han engendrado la Revolución industrial y los abusos del liberalismo económico, y las primeras consignas del socialismo romántico agitan la alborotada cabeza de Antonio Leocadio Guzmán. Nace una literatura venezolana, ya bastante vivaz y decorosa en las primeras páginas de Toro, Baralt, Juan Vicente González y en los escritores costumbristas del Mosaico. Se empieza a creer en la inmigración europea y en la educación regeneradora, y llegan los primeros inmigrantes alemanes, que establecen la Colonia Tovar. Hombres de tanto genio como Vargas y Cagigal fundan lo que puede llamarse nuestra medicina y nuestra ingeniería modernas.

Claro que hay problemas no resueltos y sin posibilidad de solución en país tan vasto y tan reducido de recursos fiscales, y hay también la impaciencia de aquella clase militar y terrateniente, con vasta servidumbre, poderío provinciano, leyenda e influencia, que personifica a partir de 1846 la familia Monagas, con su gran régulo José Tadeo. Si los llamados conservadores hicieron suya y convirtieron en tótem protector la lanza de Páez, los llamados liberales se apoyan en la de Monagas. Y un año crítico como el de las elecciones del 46 presencia, como un espectáculo en plena sabana, la lucha de los dos llaneros: el de Araure y el de Aragua de Barcelona. Diríase una rivalidad de atletas que comenzó en la guerra de la Independencia, acaso en la batalla de Carabobo. No importa que a través de los años ambos se llamaran “compadres”, se hayan abrazado fuertemente, refrescando anécdotas y recuerdos, y cambiado toros y caballos pasitroteros. “Hay que ganársela al compadre”, decían en el siglo XIX los caudillos venezolanos. Y la lucha por el poder político era como un torneo en que se trata de saber quién desjarreta al novillo. Cuando el gran demagogo liberal Antonio Leocadio Guzmán sale de la cárcel y se le conmuta la pena de muerte, al ganar la presidencia Monagas, se pudo hacer la ilusión de que los liberales llegaban al Poder. Llegaba solamente, con toda su omnipotencia y su cólera, la familia Monagas. Y en nombre del liberalismo, que administran en uno que otro decreto –más verboso que real– los doctores y licenciados que sirven al caudillo, se malogran esperanzas y burlan necesidades del pueblo venezolano. Si se libertan los pocos esclavos que aún quedaban en 1854, no se les da tierra ni se les enseña oficio útil, y engrosarán como “reclutas” o “carne de cañón” las futuras revueltas.

Las dos lanzas de Páez y Monagas, que fueron al Poder detrás de las Constituciones en las tres primeras décadas de la República, se multiplicarán en muchas lanzas, en subversión total, en la larga guerra de los cinco años, o de la Federación, entre 1858 y 1863. O los últimos y elegantes discursos de la Convención de Valencia, donde el antimonaguismo quiso rehacer el Estado sin lograrlo, presencian ya la algarada de los primeros “alzados”. Se enfrentaban sin conciliación dos generaciones. La de los sosegados hidalgos y letrados que habían acompañado a Páez entre 1858 y 1860 asisten a las tertulias de don Manuel Felipe Tovar, y los que aprendieron su populista evangelio de rebeldía en los escritos de Antonio Leocadio Guzmán. Desde 1846 se está gritando insistentemente: “¡Abajo los godos!” Y encubierta bajo el mágico nombre de “Federación”, la guerra de los cinco años desea completar radicalmente lo que no realizó la Independencia. Fue un poco la guerra de los pobres contra los ricos, de los que no de los que no podían pagar sus deudas contra los ávidos acreedores, de los que no tenían linaje contra los que abusaban de él, de la multitud preterida contra las oligarquías. Naturalmente, la guerra –aunque la hayan predicado los intelectuales– la hacen los hombres de armas, y el auténtico igualitarismo social que el país logra después de la revuelta federal no se equilibra con los abusos del nuevo caudillismo militar y con esa turbulenta sociedad de compadres armados, de “jefes civiles y militares” que se rebelan en sus provincias y continuamente quieren cambiar el mapa político del país. Sobre la “catarsis” del desorden y el igualitarismo a cintarazos que se abre con la Guerra Federal y en los diez años que la siguen, se erigirá, finalmente, en 1870 la fanfarrona omnipotencia de Guzmán Blanco, una mezcla de César y Napoleón III. Habían desaparecido ya los primeros actores del drama: Zamora, Falcón, el viejo Monagas, Bruzual, el “soldado sin miedo”; comenzaba a ponerse “chocho” el viejo Guzmán, y más hábil e intrigante que todos los peludos caudillos de la Sierra de Carabobo, de Coro y del Guárico, resultará el “Ilustre Americano, Regenerador y Pacificador”.

La Guerra Federal había arruinado hasta tal punto al país, que el gobierno de Falcón, entre otros arbitrios financieros, debió negociar en Inglaterra el vergonzoso empréstito de 1863 por dos millones de libras esterlinas, uno de los más inicuos que se recuerden en nación alguna. El Gobierno se comprometía ante los prestamistas británicos a “hipotecar la parte libre de las importaciones de las aduanas de La Guaira y Puerto Cabello o la totalidad de los derechos de importación de las demás aduanas de la República, o la renta de exportación de algunas o de todas las aduanas del país, pudiendo también dar en garantía cualesquiera otros bienes o propiedades nacionales”. Y un símbolo un poco triste, acaso caricaturesco, de la miseria a que había llegado el país en esos años, es el catálogo de los artículos venezolanos exhibidos en la Exposición Internacional celebrada en Londres en 1862. Entre otras cosas modestas y miserables, muestras de mediocridad y derrota, se exponen unas “frutas en cera; tres totumas, dos sin adorno y una pintada; un pañuelo de bolsillo; una hamaca fabricada en Margarita; raíz y extracto de zarzaparrilla; unos cueros de cabra de Coro; unos botes de guayaba; naranjas y camburitos pasados, y unas muestras de caraotas, dividive, maíz y tapiramos”. Lo poco que nos había dejado la tormenta; los signos de un país que parecía retornar al estado de naturaleza.

Quizás Guzmán Blanco, que lo contrató –recibiendo, según se dice, la más deshonesta comisión del empréstito–, tenía sobre los otros generales emergidos de la guerra, si no toda la honradez, algunas cualidades que permitirían salir del desorden y enmogotada barbarie. O en él se conjugaron, extrañamente, los complementarios destinos. Hijo del gran agitador y demagogo Antonio Leocadio, era un poco el Delfín, el heredero armado del liberalismo populista de 1846. Pero su liberalismo de plazuela caraqueña y de guerrilleros de la Federación hizo un poco de aprendizaje cosmopolita en Estados Unidos y Europa; aprendió el estilo y los ademanes de la buena sociedad; aprendió, también, a tratar a los financieros de la “City” londinense, y pretende curarnos del atraso trayéndonos progreso material aunque se pague demasiado caro. Con habilidad y soberbia y mimetismo muy criollo, sabe imitar y acercarse a los arquetipos políticos del siglo XIX. Si en algunos momentos de aventura y de acción se parece a Garibaldi, en otros emula la pompa cesarista de Napoleón III. No será, precisamente, el liberalismo de los editoriales de El Venezolano que redactara su padre lo que impone su largo dominio sobre el país, sino una especie de “imperio liberal” a la manera como Émile Ollivier justificó en Francia el poderío del césar francés y con todas las modalidades de una traducción a la criolla. Jactancioso y a veces insolente, sin ninguna duda sobre su providencialismo, Guzmán Blanco moderniza y mejora la desamparada existencia venezolana después de la sangría federal. Olvida pronto la generosa y liberalísima Constitución de 1864 para ir plegando las leyes a su instinto de dominación. Pero quizás entre todos los grandes conmilitones que hubieran podido disputarle el poder, era el más culto y el que tenía más clara concepción del Estado, aunque lo personalizara el exceso. Y nos preguntamos qué hubiera sido del país en las manos de León Colina o Matías Salazar.

Bajo el cesarismo guzmancista –a pesar de la prensa oficial, de la escasa libertad política, de la vanidad del caudillo y de lo que se llamó irónicamente la “adoración perpetua” –, Venezuela se limpia las cicatrices y costurones de diez años de anarquía. Si se pagan a muy alto precio las obras de progreso material, ya los bultos y las personas no se transbordan en goletas y bergantines desde Saint-Thomas para llegar a La Guaira; se levantan muelles y líneas férreas, se comienzan a fabricar aquellas cosas elementales de que ya informan los Anuarios estadísticos a partir de 1873, e ingresan más pesos fuertes. Las oligarquías comerciales –la mayoría de nombre extranjero– establecidas en Caracas, Maracaibo, Puerto Cabello, Ciudad Bolívar, compran y distribuyen en los grandes mercados europeos y norteamericanos los productos de la tierra, desde el café, el cacao, los cueros, el dividive, la serrapia, hasta las plumas de garza, el ganado que se consume en las Antillas y a veces se exporta a Cuba, y dotan, por retrueque, a los productores agrícolas de las mercancías de una rudimentaria industria vernácula: liencillos, jabón, rones y cervezas; velas esteáricas para alumbrar la larga noche campesina, o “depurativos” para limpiar la sangre o mejorar las tercianas. En 1875, en 1884, se vivirá un poco mejor que en 1864. Y los provincianos que vienen a Caracas, asisten a las ocasionales compañías de ópera y suben a la colina del Calvario, tienen la ilusión de que la ciudad es un pequeño París. Algunas de las galas del tiempo, las cuidadas barbas de los caballeros y la ardorosa o lánguida belleza de las mujeres, entre sedas, cintas, abanicos, peinetas y mitones, se pueden ver en los retratos del viejo maestro Tovar y Tovar. Para los “centenarios” que comienzan a celebrarse –como el del Libertador en 1883–, la Venezuela oficial y vestida de etiqueta lucirá sus grandes lienzos y plafonds de batallas. El régimen guzmancista es como una enorme ópera en que el apuesto dictador, vestido con el mejor uniforme que hicieron los sastres militares de París, avanza al proscenio a cantar su solo exultante.

Ya está un poco pasado de “moda”, no había hecho el necesario tránsito del “Segundo Imperio” a la “República”, cuando después del postrer viaje a Europa, que lo conduciría a la derrota y la ausencia definitiva, los estudiantes derriban sus estatuas en 1888 y se ensaya con Rojas Paúl y Andueza Palacio la reconstitución del orden democrático y civil. El viejo liberalismo, que había sido cautivo de los militares, quiere hacer la expiación de sus faltas, y la nueva generación positivista anhela curar, con los métodos de la ciencia y los estudios sociales, las viejas dolencias del país. Pero también un letrado y orador como Andueza sufre el complejo de nuestra viveza y jactancia vernácula. ¿Y por qué no ha de conseguir en 1892 que se le prolongue siquiera en “dos añitos” su período presidencial? “No más eso” –como se diría en un corrido mexicano– estaba aguardando el último y más simpático caudillo de la Federación, el General Joaquín Crespo, para hacer contra el “Doctor” su revolución legalista. Crespo ha de cerrar con su campechana bonhomía su conducta de gran compadre para quien la dirección de la República parece prolongar el dominio del hato llanero, y también con la bala de “mampuesto” que le segará la vida en “La Mata Carmelera”, el ciclo de los caudillos rurales del siglo XIX. Pero ya no de los Llanos, sino de las sierras andinas avanzan con Cipriano Castro los nuevos dominadores con quienes se inicia el siglo XX. En el séquito de Castro y contrastando con su temperamento impulsivo, extrovertido y nervioso, amigo de las frases y los gestos resonantes, viene un compadre taciturno; el financiero de la expedición; el que vendió sus toros y sus vacas y metió algunos de los miles de pesos que le había ganado a la casa Blohm, para costear la aventura. Se llama Juan Vicente Gómez; tiene el don de hacerse el Bertoldo, el que dice cosas obvias o sabe callarse junto a los doctores y los generales que conversan mucho; pero junto al frenesí, la estridencia y casi la histeria de los nueve años de gobierno de Castro, se edificará un sólido poder personal que a partir del 19 de diciembre de 1908 –cuando don Cipriano se está curando en Europa de sus cansados riñones– se trocará en tremendo poder político.

De un país insolvente, intimidado por las escuadras europeas en 1903, porque no podía pagar las deudas de noventa años de revoluciones, Venezuela comenzará a guardar en la alcancía fiscal bajo el despótico, largo y abrumador protectorado de Juan Vicente Gómez. (Hablamos de alcancía fiscal porque no existe durante los veintisiete años de dictadura nada que se parezca a una política económica ni nada que mejore a fondo las condiciones sociales.) Como se concede tan generosamente el petróleo a los consorcios extranjeros a partir de 1917, puede afirmarse en una Venezuela que se cansó de las revueltas y parece adormecida en el letargo de una existencia provinciana donde la mayor seguridad es no estar en la cárcel. Fue, sin duda, la época más cruel de nuestra historia republicana. Los carceleros de La Rotunda, de Puerto Cabello, de San Carlos, se encargan de los civiles que siguieron invocando la libertad y a quienes en el lenguaje de los periódicos cortesanos se les llamaba los “malos hijos de la patria”. Los “buenos” eran los que acompañaban al General en sus paseos por las haciendas aragüeñas; los que se prestaban para la continua farsa de sus congresos; los que ofrecían su nombre para onerosos contratos con las compañías extranjeras; los que se repartían, a más de sus sueldos, las secretas pensiones y dádivas del “Capítulo séptimo”. En las provincias, la paz y el orden del régimen es mantenido por pretorianos feroces con vocación de “genocidas”: por hombres que como Eustoquio Gómez merecían haber vivido mil años antes, en la más violenta hora feudal. Y aun una brillante generación de escritores venezolanos, los de la generación modernista que habían escrito algunos de los libros más significativos de nuestra Literatura, se callan, se destierran o caen en el servilismo y la monotonía de la prosa oficialista y el poema de encargo, durante el sopor espiritual de la dictadura. Casi lo mejor y más viviente de las letras nacionales de entonces se escribirá en las cárceles o en el exilio.

A pesar de los automóviles, quintas y piscinas, de la plutocracia y de la magnitud que ya adquirían las explotaciones petroleras, la Venezuela en que al fin murió Gómez en 1935, parecía una de las inmóviles provincias suramericanas. El gran caimán nos contagió de su sueño. Diríase que en inteligencia, creación e inventiva poco habíamos adelantado en los largos ochenta años que ya nos separaban de la guerra federal. No era sólo la ignorancia y pobreza del pueblo, la vasta necesidad que invocando a Santa Rita o a Santa Bárbara, abogadas de lo imposible, venía de la inmensidad silenciosa, sino también la ignorancia y el abuso de quienes en tres décadas de tiranía se convirtieron en clase dirigente. Muchos de los malos sueños y la frustración del país, se fueron a enterrar también aquel día de diciembre de 1935 en que se condujo al cementerio, no lejos de sus vacas y de los árboles y la yerba de sus potreros, a Juan Vicente Gómez. Se le comparó a Harem-El Raschid porque contaba apólogos de la más oriental invención y no distinguía entre el tesoro público y el tesoro privado, y a Luis XI porque sabía anular y deshacerse con la más cautelosa malicia, de todos sus enemigos. Fue más bien el gran tronco que erigimos para detener las aguas de la Historia, o, en el símil de los llaneros, el cocodrilo apostado en la boca del caño. Algunos de los miedos, los espectros, las supersticiones de la época pasan a través de varios libros reveladores: Doña Bárbara de Rómulo Gallegos o las Memorias de un venezolano de la Decadencia de José Rafael Pocaterra. Libros que parecían enseñar el arte duro, cruel y violento, de ser venezolanos en días tan difíciles.

Podemos decir que con el final de la dictadura gomecista, comienza apenas el siglo XX en Venezuela. Comienza con treinta y cinco años de retardo. Vivimos hasta 1935 como en un Shangri-La de generales y de orondos rentistas que podían ir cada año a lavar o intoxicar sus riñones en las termas y casinos europeos; o por contraste, en una fortaleza de prisioneros y en el descampado del espacio rural –llano, montaña, selva– donde el pueblo hacía las mismas cosas que en 1860; sembraba su enjuto maíz, comía su arepa y su cazabe; perseguía alguna vez al tigre y a la serpiente, o escapaba de las vejaciones del Jefe Civil. Los desterrados, principalmente los jóvenes que regresan a la muerte del tirano, traen de su expedición por el mundo un mensaje de celeridad. Era necesario darle cuerda al reloj detenido; enseñarle a las gentes que con cierta estupefacción se aglomeraron a oírlos en las plazas públicas y en las asambleas de los nacientes partidos, la hora que marcaba la Historia. Con todos los defectos, abundancia y explicable impaciencia de los recién venidos, se escribe en los periódicos de 1936 el balance patético de nuestras angustias y necesidades. Y tanto se clama, que mucho de lo que se había dicho, pasa a los planes y programas de Gobierno de los Generales López Contreras y Medina Angarita. Porque la habíamos olvidado en largos años de silencio y cautiverio, se repite innumerables veces la palabra “problema”. Y el problema es mucho mayor que vender las reses que se engordan en los verdes pastos aragüeños y ofrecer al General las viejas onzas de oro, o exportar a Hamburgo, Amberes y Nueva York el café y el cacao que se acumulan en los depósitos portuarios de Maracaibo, La Guaira, Puerto Cabello. O que el alto jefe de la Compañía petrolera lleve al Ministerio de Hacienda los cheques con las regalías del año, y que los colaboradores del Gobierno, “los buenos hijos de la patria”, se les obsequie una casa o un Cadillac.

Rehacerlo todo, reedificarlo todo, ha sido el programa venezolano en los últimos veinticinco años. Contra las tensiones y conflictos que experimentó el mundo en este período –que ha sido uno de los más turbulentos de la Historia Universal– mucho hemos ganado. Si la segunda gran guerra detuvo un poco el proceso de crecimiento y tecnificación que había comenzado en 1936, oleadas de inmigrantes emprendedores y enérgicos llegan al país a partir de 1945. Si no están resueltos los vastos problemas educativos, económicos y humanos acumulados en larga herencia de empirismo, sin duda que un nuevo método y una nueva actitud para abordarlos se desenvuelve en el último cuarto de siglo. Y ni una dictadura ya anacrónica, montada en unos años de boom económico, bien abastecida de policía política y de tanques de guerra como la de Pérez Jiménez, logró cambiar la voluntad democrática y reformadora que ya había arraigado en las gentes. En diciembre de 1952, por ejemplo, cuando Pérez Jiménez quiere que el pueblo le elija y ha repartido grandes sumas para el fraude y el cohecho, de toda la nación le llegan como bofetadas, las papeletas de repudio. Mal aprendiz de superhombre se monta sobre sus máquinas de guerra, expulsa y encarcela opositores o quiere adormecer toda protesta en la marejada de negocios y millones que el resurgimiento económico de todo Occidente y la demanda universal de petróleo, vuelcan precipitadamente sobre el país. Pero a diferencia de Gómez ya ni siquiera se le puede llamar un hombre fuerte, y sólo le rodean en su aventura regresiva, gentes de segunda categoría. Varias venezuelas están coexistiendo, mientras las caterpillars y bull-dozers operan en el valle de Caracas un verdadero sismo geológico para que surjan avenidas y edificios altos y se aplanen y deforesten colinas. La tierra erosionada con esa falsa ingeniería del desorden, castiga a las gentes con un ciclo de sequedad y de sed, o de quebradas y aludes que revientan en los aguaceros. Usufructuaria del régimen es una clase publicana que descubrió el arte de los más veloces negocios, de las compañías fantasmas, de vender al Gobierno a mil lo que les costó veinte, y con el dinero demasiado fácil imponer a todos su derroche y atapuzado mal gusto. Era un grupo destinado a reventar –como los que tragaron en exceso– con su pequeño cesarcillo. Naturalmente tenían los párpados hinchados y aun perdieron en la molicie toda voluntad de poder, cuando el pueblo, los intelectuales, los técnicos y los oficiales de una nueva promoción, se decidieron a derrumbar al sub-superhombre en 1958.

Quizás quienes contribuyen más a la lucha contra la dictadura son los que en un ensayo de esos días me atreví a llamar las “gentes del autobús”; las que no salían a las cuatro de la mañana de los clubes elegantes y carecían de “yate” para pasear “sirenas” en la isla de la Orchila. Se empezó a formar en los últimos veinticinco años una clase media; la que con su trabajo y estudio, concurriendo a veces, en las horas libres, a los liceos nocturnos, aprendiendo idiomas extranjeros y las técnicas que exigían otras actividades y oficios, ganó su sitio en el mundo. El desarrollo económico y social, el crecimiento de las ciudades, el requerimiento de una producción más calificada estaban fijando para el hombre venezolano nuevas metas y horizontes que los que podían preverse en el tiempo de Juan Vicente Gómez. En ese último cuarto de siglo también la mujer –que antes fue sólo testigo silencioso del drama– se incorporó activamente al magisterio, la administración, las profesiones liberales, los partidos políticos y el parlamento; a la vida de la nación. Al lado de los hombres, hubo mujeres prisioneras, desterradas y torturadas por combatir al dictador. Nuevas y aun bruscas estructuras sociales han emergido en el gran cambio de estos años, y una modernidad violenta transformó el rostro de las ciudades y el ritmo de las gentes. La tiranía de Gómez apenas nos dejó en la civilización del automóvil y de unos aviones e hidroplanos todavía lentos, que cubrían una que otra ruta nacional o se aventuraban hasta Miami, Florida. Ahora entramos en la era de los “jets”, y se perfila ya la aventura de la comunicación y la civilización cósmicas.

Si nuestros problemas son un poco distintos a los de 1936, asumen también diversa prioridad y jerarquía. En las estadísticas de las Naciones Unidas somos, con toda la América Latina, países “insuficientemente desarrollados”, ya que, en Venezuela, hay que redistribuir en trabajo y producción la renta nacional que bajo la dictadura de Pérez Jiménez era acaparada por no más del 14 por ciento de los venezolanos. El desorden de los gastos y el derroche en obras de ornato bajo aquel régimen, que careció de planteamiento económico y social, acumuló en las ciudades, succionándolo de los campos, un proletariado paria, sin oficio, preparación y destino, que no sirve para la industria y vive un poco de la “emergencia” y la aventura. Desde el momento de la recuperación democrática del país en 1958 se habló de reforma agraria, y la Ley aprobada por el gobierno del Presidente Betancourt ha permitido ya la dotación de tierras a millares de familias. Pero la reforma agraria –como lo entiende también el Gobierno– comporta una política paralela de tecnificación e industrialización agrícola a que habrán de dedicarse inmensos recursos. Será. por fin, el cumplimiento de la repetida consigna de “sembrar el petróleo”. El problema educativo también presenta una perspectiva diversa a la de hace veinticinco años. Ya se ha alfabetizado, bajo la gestión del actual gobierno, una gran masa de población, y nuestra estadística de analfabetismo ha descendido de 43 por ciento en 1957 a 18 por ciento en el instante de escribir estas páginas. La matrícula escolar se ha multiplicado y más de un millón y medio de alumnos concurren a los establecimientos de enseñanza. Pero el problema educativo en un país como Venezuela con sus recursos naturales, riqueza minera y la población todavía escasa, nos plantea un complejo desafío. Porque así como tenemos que concluir de alfabetizar y ofrecer los primeros de la cultura a quienes la ignoran, hay que preparar, para todas las invenciones y manipulaciones científicas y técnicas de la época, a los sabios, expertos y especialistas que se exigen con casi desesperada urgencia. Muchos inquieren si en nuestras Universidades, con excesivo bullicio político, algaradas, mítines y discursos de demagogos, habrá riguroso sosiego y disciplina de trabajo que exigen la ciencia y la tecnología actuales. Y su por preferir el alboroto, las Universidades no forman estos calificados especialistas, las empresas, industrias o el Gobierno que los necesiten, tendrán –con mengua de nuestro patriotismo– que buscarlos en el extranjero.
Quizás los estallidos de desorden que frente a la voluntad de orden democrático siempre se produjeron en el país, sean también un sutil y complicado problema de cultura colectiva. En 150 años de vida independiente no hemos podido aprender todavía el buen juego de la política como se puede practicar en Inglaterra o en los países escandinavos. Hay que continuar civilizando la política como todas las actividades humanas, como el deporte, el amor o la cortesía. Hay que enfriar a los fanáticos que aprendieron una sola consigna, se cristalizaron en un solo “slogan” y no se afanarán en comprender y discutir lo distinto para que no se les quebrante su único y desesperado esquema. Hay que sacar a muchas gentes de las pobres fórmulas abstractas que mascullan con odio y sin análisis, para que por un proceso fenomenológico (tan característico del pensamiento contemporáneo) definan el hecho y la circunstancia concreta. Hay que acercar nuestra Cultura no sólo al siglo XX –que ya está bastante canoso– sino al siglo próximo que emerge en la inmediata lejanía, con sus promontorios y cordilleras de problemas. Contra la idea de una catástrofe y retaliación universal donde la sangre del hombre sería el combustible revolucionario, brota también de nuestra época una más humana esperanza. La Ciencia, la Técnica y sobre todo el fortalecimiento de la conciencia moral, pueden ayudarnos a ganar las nuevas batallas y aventuras del hombre sin necesidad de “paredones” y guillotinas. En un país como el nuestro, ya no sólo los 8 millones de venezolanos que debemos ser en el momento, sino los muchos más que seremos en el año 2000, podrían vivir en concordia, seguridad y justicia si nos dedicamos a la seria tarea de valorizar nuestro territorio; si trabajamos y estudiamos de veras, si aquel igualitarismo social que proclamó hace ya cien años la guerra federal se realiza en la educación para todos, en la equilibrada distribución de la renta pública; en salvar por medio del impuesto y la seguridad social los tremendos desniveles de fortuna. Y sentir lo venezolano no sólo en la Historia remota y el justo respeto a los próceres que duermen en el panteón, sino como vivo sentimiento de comunidad, como la empresa que nos hermana a todos. El venezolanismo de nuestros hombres ejemplares –de Bolívar, de Miranda, de Bello, de Simón Rodríguez, de Fermín Toro– tampoco se quedó enclavado a la sombra del campanario, sino salió a buscar en los libros, las instituciones y los caminos del mundo, cómo enriquecerse y aprender de la humanidad entera.

El país es hermoso y promisorio, y vale la pena que los venezolanos lo atendamos más, que asociemos a su nombre y a su esperanza nuestra inmediata utopía de concordia y felicidad.

(Transcrito del libro “Suma de Venezuela”, editado por la Editorial Doña Bárbara en 1966.)

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