Kurt Cobain, el símbolo de la adolescencia rota

Por Aglaia Berlutti el 05/04/2016

Cuando escuché la noticia de la muerte de Kurt Cobain no la creí. La muerte era algo impensable a los trece años, con toda la estridencia de la adolescencia y esa certeza de la eternidad. Miré las fotografías que de inmediato comenzaron a circular – los piernas del cadáver sobresaliendo un poco en una ventana entreabierta – y pensé que podía ser cualquiera.

 
 

Que ese hombre tendido en la semi penumbra no tenía rostro, de manera que no podía ser Kurt, quien cantaba a cara descubierta, a gritos. Que sacudía la cabeza con rebeldía. Que exigía se le escuchara. Pero ahora, solo era una imagen borrosa en el anonimato de la muerte.

Porque Kurt Cobain era algo más que el cantante de moda: era también el símbolo de una generación desengañada, cínica y desaliñada. Era la voz de toda una nueva visión de la juventud, que había perdido su frescura, su existencialismo y se había quedado con algo más simple a cambio: una desesperanza que dolía. Con su amor por Burroughs y Bukowski, su adicción a las drogas y ese aire trágico inevitable, Cobain fue otra reencarnación del ídolo joven, del héroe trágico en una reinvención de bordes deshilachados y piezas mal encajadas. Porque por sobre todas las cosas, Cobain era inocente, Cobain tenía el espíritu roto y lo expresó no solo con su música, sino con ese vivir al límite, con ese enfrentarse a diario con la levedad de la muerte, con el abismo. Siempre parecía al borde de la ruptura, de caer y destrozarse al fondo de su propio dolor, uno muy antiguo y complejo. Y es que para el cantante, la vida era una escena interrumpida de pequeñas metáforas incompletas. Fue cantante por angustia, fue ídolo por obligación y finalmente fue icono sin desearlo. Otro rostro muy joven que dejó claro que la angustia existencial – la cansina y filosófica – subsiste a pesar de nuestro desengaño.

Pero con trece años yo no entendía todas esas cosas. solo sabía que Kurt estaba muerto y eso era suficiente. Lo lloré, con ese sentimentalismo casi enfermizo de la adolescencia y lo olvidé apenas su muerte formó parte de esa pléyade de pequeñas tragedias de un mundo que avanza muy rápido. Y eso que eran tiempos más simples, tiempos donde las redes sociales aún era un tibio anuncio y la información se difundía con cierta lentitud. Me llevaría meses enterarme de todos los detalles de su muerte, saber que junto a la carta de suicidio que dirigió a su amigo imaginario, también había una fotografía del escritor William Burroughs. El profeta de los antitodo, nada menos. Un anuncio quizás de ese destino implacable que había perseguido a Cobain desde niño, esa muerte que se acercó muy rápido y tantas veces hasta que arrasó todo rostro, toda idea y dejó solo lo que recordamos. Igualmente, ya no me importaba demasiado. La imagen rota y cansada de Cobain se mezcló con otras tantas, en medio de su voz doliente y se unió al fondo de mis recuerdos de niña. Y hubo algo de perdida trágica en ese olvido, en esas manos abiertas al desastre. Existe y no existes, eres y no eres. Y así te miro, así te aceptó. Dejas de estar.

Muchos años después, recordé a Nirvana de nuevo. Ya con veinte años, Kurt reapareció como un trozo de melancolía, una ventana a una época inocente. No obstante, yo no lo era ya y miré a Kurt Cobain casi con un sobresalto helado, hiriente. Recuerdo que recuperada la música – Nevermind, una y una vez, aunque Scentless Apprentice siempre fue mi favorita – miré sobre el hombre diez años hacia atrás y me hice las preguntas que no me había hecho. ¿Qué ocurrió contigo Kurt? ¿que te hizo levantar el arma y volar a esa nada sustancial de la que huiste durante toda tu vida? Nunca creí las teorías de la conspiración, la necesidad de Justificación. Y es que tal vez, Kurt no murió el día en que tomó la escopeta con esa decisión simple de los que no tienen nada que perder. Lo estaba desde mucho antes, esa muerte lenta del dolor que no cesa, una especie de idea ondulante que pareció asediarlo de por vida. Escuché y continué escuchando su música, intentando comprender su muerte y también mi visión sobre ella. Porque con Kurt, quien fue el primer músico que amé y admiré con esa sinceridad necia de la primera adolescencia, aprendí que la vida es diminuta, termina pronto, es fugaz y no tiene otro significado que lo que creamos a través de ella. De manera que el Kurt trágico, con su suéter sucio, el cabello despeinado, cantando con la voz estrangulada, aturdido hasta la locura por la angustia y las anfetaminas, fue el rostro de esa idea de la juventud que pasa tan rápido. Todo es posible, todo es real, todo es necesario. Kurt, tan inocente, que en una entrevista que se le realizó luego de saber tendría un hijo con Curtney Love, insistió en “ya sé que es injusto traer un hijo a este mundo…y todo eso. Pero ahora estoy contento y creo que podría tener algún sentido”. Se le veía tímido en la imagen, con el cabello desgreñado, la camiseta a cuadros, los jeans rotos. El grunge, en su máxima expresión, esa guitarra distorsionada, la vida no vale la pena. Después, el balazo.

Porque Kurt se atrincheró en una adolescencia eterna y resquebrajada. Cantó, gritó y reclamó y finalmente murió como el adolescente que era. Con míticos veintisiete años, consumió 1,52 miligramos de heroína, tomó una escopeta y silencio el grito de dolor que trató de modular durante toda su vida. Niño sufriente, adolescente sin edad y finalmente icono inevitable, Kurt murió para dar paso no solo al mito sino también, a la idea más directa sobre la muerte en nuestra época. Una tragedia corta a la que le sobrevive el espectáculo.

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