Justicia social e intelectuales mediocres. Por Ludwig von Mises

Por redaccionnyl el 28/07/2017

Al tratar la preponderancia de la filosofía social liberal hay una disposición a olvidar el poder de un factor importante que actuó a favor de la idea de libertad, que era el papel eminente asignado a la literatura en la Grecia antigua en la educación de las élites.

También había entre los autores griegos defensores de la omnipotencia del gobierno, como Platón. Pero el tenor esencial de la ideología griega era la búsqueda de la libertad. Juzgadas por los patrones de las instituciones liberales y democráticas modernas, las ciudades-estado griegas deben calificarse como oligarquías. La libertad que los estadistas, filósofos e historiadores griegos glorificaban como el bien más precioso del hombre era un privilegio reservado a una minoría. Al negar esta a metecos y esclavos en la práctica defendían el gobierno despótico de una casta hereditaria de oligarcas. Pero aún así sería un grave error rechazar sus himnos a la libertad como mendaces. No eran menos sinceros en su alabanza y búsqueda de la libertad que, dos mil años después, los dueños de esclavos George Washington y Thomas Jefferson. Fue la literatura política de los antiguos griegos la que engendró las ideas de los monarcómacos, la filosofía de los whigs, las doctrinas de Althusius, Grocio y John Locke y la ideología de los padres de las modernas constituciones y declaraciones de derechos. Fueron los estudios clásicos, la característica esencial de una edificación liberal, los que mantuvieron despierto el espíritu de libertad en la Inglaterra de los Estuardo y Jorge III, en la Francia de los Borbón y en Italia, sometido al despotismo de una constelación de príncipes.

Nada menos que un hombre como Bismarck, entre los estadistas del siglo XIX el principal enemigo de la libertad, fue testigo del hecho de que incluso en la Prusia de Federico Guillermo III, el Gymnasium era un bastión del republicanismo. Los apasionados intentos de eliminar los estudios clásicos del plan de estudios de la educación liberal y destruir así en la práctica su propio carácter fueron unas de las principales manifestaciones de la reaparición de la ideología servil.

Es un hecho que hace cien años solo algunas pocas personas previeron el poderoso impulso que estaban destinadas a adquirir en muy poco tiempo las ideas antiliberales. El ideal de libertad parecía estar tan firmemente arraigado que todos pensaban que ningún movimiento reaccionario podría tener nunca éxito a la hora de erradicarlo. Es verdad, habría sido una aventura desesperada atacar la libertad abiertamente y defender sin fingimientos un retorno al sometimiento y la servidumbre. Pero el antiliberalismo arraigo en la mente del pueblo camuflado como superliberalismo, como el cumplimiento y consumación de la misma idea de libertad. Llegó disfrazado como socialismo, comunismo y planificación.

Ningún hombre inteligente podría dejar de reconocer que socialistas, comunistas y planificadores pretendían la abolición más radical de la libertad individual y el establecimiento de la omnipotencia del gobierno. Aun así, la inmensa mayoría de los intelectuales socialistas estaban convencidos de que al luchar por el socialismo estaban luchando por la libertad. Se llamaban a sí mismos izquierdistas y demócratas y hoy en día incluso reclaman para sí mismos el calificativo de liberales.

Estos intelectuales y las masas que les siguieron eran en su subconsciente completamente conscientes del hecho de que su fracaso en alcanzar los objetivos a largo plazo para los que les impelía su ambición se debían a las deficiencias propias. O no eran suficientemente brillantes o no eran suficientemente industriosos. Pero ansiaban no manifestar su inferioridad tanto a sí mismos como a sus compañeros y buscaban un chivo expiatorio. Se consolaban entre sí y trataban de convencer a los demás de que la causa de su fracaso no era su propia inferioridad, sino la injusticia de la organización económica de la sociedad. Bajo el capitalismo, declaraban, la autorrealización solo es posible para unos pocos. “La libertad en una sociedad de laissez faire es alcanzable solo por aquellos que tengan riqueza u oportunidad de adquirirla”. Por tanto, concluían, el estado debía interferir para conseguir “justicia social”.

En realidad quieren decir dar a la frustrada mediocridad “de acuerdo con sus necesidades”.

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