Julio Cortázar, ese ser entrañable. Por Mario Benedetti

Por redaccionnyl el 12/02/2016

Ignoro si Julio Cortázar, en sus últimos días, habrá tenido conciencia de que se acercaba inexorablemente a su privado final de juego; pero si fue así y pudo hacer un balance de ciertas reacciones que en los últimos años provocó su figura, tal vez haya sentido una cierta amargura en el fondo de su ser, tierno, generoso, siempre más preocupado por los demás que de sí mismo. Es obvio que, a partir de su decidido apoyo a los movimientos revolucionarios de Latinoamérica y de su tajante denuncia de las dictaduras del Cono Sur, hubo una injusticia esencial en el tratamiento dispensado a Cortázar por algunos medios de comunicación, por ciertos sectores de la crítica y hasta por varios de sus colegas.

Si hubiera cedido a las presiones y se hubiera sumado al coro de detractores de Cuba y Nicaragua, dos revoluciones que conocía de cerca y que siempre defendió, las fichas biográficas pergeñadas con motivo de su muerte habrían incluido seguramente toda una nómina de premios internacionales de primer rango. Pero Cortázar se va sin premios, al menos en el área hispánica (los franceses galardonaron El libro de Manuel). Es cierto que otros autores latinoamericanos, políticamente afines a Cortázar, han sido favorecidos con importantes recompensas, pero a él no se le perdonaban varias cosas: por lo pronto, que, habiéndose iniciado como escritor en un marco literario (concretamente, el de la revista Sur, de Buenos Aires), francamente conservador y hasta reaccionario, asumiera luego tan definidas posiciones de izquierda, y también que, siendo un escritor de temas fantásticos (la magia, la fantasía, los sueños sirven hoy frecuentemente para escabullirse de la comprometedora realidad), se vinculara tan estrechamente a muy concretas reivindicaciones del mundo real, a tantas angustias de la América pobre.

No obstante, Cortázar nunca fue un incondicional de las causas políticas que defendía. Aquí y allá dejó expresa constancia de sus objeciones, de sus críticas, de sus diferencias, tanto con respecto a Cuba como a Nicaragua, pero también rescató fervorosamente en ambas revoluciones un promedio de realizaciones que él consideraba altamente positivo para los hombres y mujeres de esas tierras. Nunca aisló de su contexto las críticas ni los elogios, ya que era consciente de que ese aislamiento puede ser una forma sutil de mentira o de calumnia. Se le criticaba su acento y su ciudadanía francesa. Por su parte el Departamento de Estado le incluyó entre sus indeseables, y en varias ocasiones le negó el visado.

También se ha dicho y escrito que, si bien en los primeros volúmenes de cuentos y en Rayuela, Cortázar demostró ser un escritor de primer rango, todo cuanto publicó a partir de la asunción de su compromiso político carecía virtualmente de valor artístico. Lo cierto es que, como cualquier escritor de producción constante, Cortázar tuvo altibajos de calidad, pero siempre a partir de un nivel dignísimo. En cierta ocasión un periodista le recordó que sus últimos relatos se había dicho que eran “los de un Cortázar personal, que sobrevive a sus propios temas”, y Julio respondió, sin alterarse: “Es posible. Ésa es mi libertad de escritor”. La verdad es que el peor de los cuentos de Cortázar significaría, sin duda, un extraordinario progreso en la trayectoria de algunos de sus implacables desacreditarores. Por otra parte, en cualquiera de sus últimos libros hay relatos memorables, y nadie puede negar que Deshoras, publicado hace algunos meses en España y México, está como conjunto narrativo, a la altura de libros tan notables como Las armas secretas o Todos los fuegos el fuego.

Mi inicial vinculación con Cortázar fue con su obra. El primero de sus libros que cayó en mis manos fue Bestiario, allá por los años cincuenta, e inmediatamente leí Final de juego, Las armas secretas y Los premios. Recuerdo que el cuento “El perseguidor” me pareció particularmente brillante, pero, sin duda, el gran deslumbramiento vino con Rayuela, y creo que ese asombro se notaba cuando publiqué, en 1965, “Julio Cortázar, un narrador para lectores cómplices”, en una época en que aún no conocía personalmente a Julio. Desde el comienzo me conquistó en sus cuentos la difícil relación fantasía-realismo, decisivo ingrediente de su tensión interior y también de su indeclinable ejercicio del suspenso. No bien el lector se daba cuenta de que este narrador no usaba exclusivamente lo real, ni exclusivamente lo fantástico, quedaba para siempre a la angustiosa espera de los dos rumbos.

Si se tiene la paciencia de efectuar una suerte de lectura colacionada de todos sus cuentos, se verá que muchos de los elementos o recursos fantásticos usados en los mismos son meras prolongaciones de lo real, o sea, que lo increíble no parte de una raíz inverosímil, sino que proviene de un dato absolutamente creíble y verificable en la realidad. Por ese entonces me pareció descubrir una de las claves del quehacer narrativo de Julio, y la detecté en uno de sus textos no narrativos. (“El cuento de la revolución”, 1963). Allí menciona que, para su admirado Alfred Jarry, “el verdadero estudio de la realidad no residía en las leyes, sino en las excepciones de esas leyes”. La afinidad esencial que une y orienta los cuentos de Cortázar pone el acento precisamente en esa característica (la excepción), para la cual lo fantástico es sólo un medio, un recurso subordinado.

Rayuela es, como hoy todos los críticos lo admiten, una obra clave, no sólo de la narrataiva cortazariana, sino de la novela latinoamericana del siglo XX. Creo que este libro, además de la doble lectura que el autor, sagazmente, propone, tuvo también un doble disfrute para todos nosotros. Por un lado, el rigor artístico. Creo que es la lección más contundente y transmisible acerca de cuáles deben ser las prioridades para alguien que pretende hacer literatura. En ese sentido, Rayuela puede ser disfrutada en varias zonas, a saber: la conformación técnica, el retrato de personajes, el estilo provocativo, la alerta sensibilidad para las peculiaridades del lenguaje rioplatense, la comicidad de palabras e imágenes, la sutil estrategia de las citas ajenas. Ese contenido se brinda al lector en un impecable envase. Más de una vez le he oído decir a Julio que la distinción entre forma y contenido era una falsa dicotomía, y él se encargó de demostrar esa unidad esencial en una obra como Rayuela.

Creo que he leído todos los libros publicados por Julio, y me atrevo a afirmar que no hay ninguno que carezca de ese toque esencial que compensa con creces la lectura. Como pocos escritores de Latinoamérica, tiene el don de narrar, de inventar historias, de sorprendernos, de dejarnos en vilo.

Lo conocí personalmente en París, creo que allá por 1968, en casa de amigos comunes, y ya entonces me pareció un tipo cálido, sin falsas modestias ni caricaturas de vanidad. El posterior conocimiento, el frecuente trabajo conjunto (por ejemplo, en el Comité Permanente de Intelectuales por la Soberanía de los Pueblos de Nuestra América, que ambos integramos) y las muchas horas de conversación mantenidas en diversos puntos del conturbado planeta me confirmaron la actitud generosa, la sincera preocupación por su país y por toda Latinoamérica, en una entrega de tiempo, de talento y de energías que en largos lapsos le impidió seguir escribiendo. Alguna vez me dijo, entre preocupado y enternecido: “¿Viste? Nos llaman porque somos escritores, y luego nos dan tanto trabajo que no nos dejan seguir escribiendo”.

Nadie más empecinado que Cortázar en la crítica a los contenidos del lenguaje. Él mismo ha aseverado que en Rayuela
“se cuestionan todos los parámetros de la civilización occidental dentro de la órbita capitalista. Rayuela ataca el orden social y mental de ese mundo, ataca el lenguaje de sus valores y busca una aproximación por un lenguaje diferente. Es necesaria la crítica a los contenidos del lenguaje, de las viejas maneras de decir, del idioma del enemigo. Cuando traducía para la UNESCO me veía obligado a trabajar en los discursos de los oradores que usaban su tribuna, y en ellos había gente que cuando se referían a la India decían invariablemente la India milenaria, y llamaban a la capital italiana la Roma eterna. Era como una broma”.

Y muchos años antes, en una carta que publicara la revista Señales, de Buenos Aires, había expresado:
“Hace años que estoy convencido de que una de las razones que más se oponen a una gran literatura argentina de ficción es el falso lenguaje literario (sea relista y aun neorrealista, sea alambicadamente estetizante). Quiero decir que si bien no se trata de escribir como se habla en Argentina, es necesario encontrar un lenguaje literario que llegue, por fin, a tener la misma espontaneidad, el mismo derecho que nuestro hermoso, inteligente, rico y hasta deslumbrante estilo oral. Pocos, creo, se van acercando a ese lenguaje paralelo, pero ya son bastantes como para creer que, fatalmente, desembocaremos un día en esa admirable libertad que tienen los escritores franceses o ingleses de escribir como quien respira y sin caer por eso en una parodia del lenguaje de la calle o de la casa”.

Cortázar siempre intentó deslizarle casi secretamente al lector la semiconvicción de que su oído era argentino (hasta sus personajes franceses hablaban como porteños), por tanto, que el lenguaje del mundo se incorporaba a su ser a través de ese oído. “En París todo le era Buenos Aires, y viceversa”, escribió Cortázar acerca de Oliveira, su personaje de Rayuela, pero la viceversa apenas si se notaba.

Con su muerte, probablemente se calmarán los desaforados enconos y surgirán las tardías reivindicaciones. Curiosamente, Julio era un ser desprovisto de odios; jamás respondía a los virulentos ataques, que pretendían ser literarios, pero en el fondo eran políticos. Algunos pensarán que Cortázar muerto molesta menos que Cortázar vivo. Se equivocan, claro. Cortázar les molestará siempre, ya que su obra y su actitud seguirán marcando rumbos, abriendo caminos, y los lectores, que siempre le fueron fieles, y particularmente los jóvenes de Latinoamérica, los de hoy y los de mañana, seguirán acudiendo a sus páginas como quien penetra en un mundo en que la realidad es un descubrimiento, y la fantasía, un hecho cotidiano. La verdad escueta, irreversible, es que hemos perdido a un ser entrañable que nos contaba historias inesperadas y asombrosas.

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