Julio Cortázar, el escritor que aguardó y siguió leyendo

Por Néstor Luis González el 11/02/2016

El 30 de agosto de 1948 apareció en Argentina una novela titulada “Adán Buenosayres”, de Leopoldo Marechal. Como el autor era peronista, y la inteligencia de la época se oponía al régimen, aquel libro solo recibió burlas y afrentas. Todos lo leyeron en términos políticos.

Todos menos un tal Julio Cortázar, que escribía reseñas para la revista Realidad y se atrevió a opinar que la aparición de esa novela suponía “un acontecimiento extraordinario en las letras argentinas”.

De pronto aquel articulista casi desconocido se hallaba en medio de un pequeño escándalo intelectual. Durante las siguientes dos semanas recibió llamadas telefónicas anónimas con insultos y amenazas. Le acusaban hasta de apoyar a Perón, pero ni de cerca: él solo había leído el libro sin considerar las “concomitancias históricas” y limitándose a la novela como tal.

De todas formas, el tiempo le dio la razón al valiente que enfrentó a la mayoría. “Adán Buenosayres” terminó siendo considerada una de las máximas novelas de la historia de la literatura argentina, y Leopoldo Marechal logró el reconocimiento que le correspondía.

Es que, antes que cualquier otra cosa, Julio Cortázar era un gran lector.

Los primeros libros se los regaló su madre, quien terminó medio arrepentida y asustada porque el muchachito aprendió a leerlos solo. Incluso lo llevó al médico: aquella precocidad tenía que ser peligrosa.

El pequeño Julio Cortázar se dedicó pronto a leer todo lo que había en la biblioteca de su casa. Eso incluía libros que estaban por encima de su entendimiento, claro, pero a él le servían para llevar su imaginación donde nunca había sospechado.

Pasó por muchas etapas, pero siempre dijo haber leído durante su niñez historias de caballería, los ensayos de Montaigne, novelas policiales, las aventuras de Tarzán, Maurice Leblanc y Edgar Allan Poe –este último, el más importante de todos.

Al enterarse de la existencia de la literatura fantástica y descubrirse a sí mismo ejerciéndola, Cortázar comenzó a preguntarse por qué esta se multiplicaba en Uruguay y Argentina mientras que en el resto del continente proliferaba lo real maravilloso, el realismo mágico o como se quisiera llamar a eso que era lo otro. La respuesta era Poe. A los rioplatenses les encantaba leer a Edgar Allan Poe.

También estaba lo geográfico, pensaba Cortázar. Uruguay y Argentina carecían de realidades naturales tan asombrosas como las de Brasil, Colombia o Venezuela, por cuanto sus escritores no tenían otro remedio que hacer mayores esfuerzos de imaginación.

Esas eran cosas que se le ocurrían pensando en sus lecturas.

Cuando iba a una librería y le gustaba un libro sin haberlo hojeado demasiado, algo le decía: tienes-que-comprarlo. No siempre acertaba. A veces adquiría malas lecturas, pero a veces no.

Luego se hizo famoso y la gente comenzó a enviarle libros de todas partes del mundo.

“Soy el hombre más odiado por el correo francés y por sus pobres carteros: llegan todos los días a mi casa con cantidades enormes de paquetes de libros y revistas que vienen de toda América Latina, de Estados Unidos, de Francia, de Bélgica e incluso de países cuyos idiomas no puedo leer, pero cuyos autores, que me han leído en traducción, consideran necesario mandarme sus publicaciones, que yo pongo en la biblioteca sin poder enterarme de una sola palabra de lo que dice ese lejano amigo búlgaro, checo o polaco”, le dijo Cortázar en 1976 a Sara Castro-Klaren en Francia, durante una entrevista publicada en Cuadernos Hispanoamericanos.

Esa entrevista es una joya para entender a Cortázar como lector, pues ofrece incluso detalles de manías nunca antes reveladas por el escritor: “Jamás he podido leer escuchando música, (…) yo creo que no se puede leer escuchando música, porque eso supone un doble desprecio o un desprecio unilateral: o se desprecia la música o se desprecia lo que se está leyendo”.

Hubo una época en la que Cortázar podía leer en el metro y en los cafés, pero con el tiempo la capacidad de concentración fue cediendo a las ocupaciones y a las condiciones del cuerpo. A finales de los 70 ya no le resultaba tan fácil concentrarse en la lectura.

Menos mal que subrayaba los libros cuando alguna frase lo tocaba en lo personal o cuando otra representaba algún tipo de descubrimiento. Además –anote el dato– Cortázar escribía al final de cada libro los números de las páginas que valía la pena releer en el futuro.

Hubo otra época en la que leyó tantas novelas policiales que se llegó a considerar a sí mismo un auténtico erudito en la materia. Hubo otra en la que se obligaba a terminar todo lo empezado a veces con la esperanza de que las últimas 10 páginas justificaran las 400 primeras de mala literatura.

Normalmente leía un solo libro a la vez. “Más poesía que prosa, más ensayos que ficción, más antropología que literatura”.

El lector solitario

Los siglos han demostrado que los escritores tienen la extraña manía de reunirse con otros escritores y formar grupos de gente inteligentísima en los que se ironiza sobre política y cultura. Aunque terminaría sucumbiendo a esa necesidad casi fatal de amistad con rivales, a Cortázar no le gustaba mucho la idea al principio.

Cuando le tocó ser profesor de secundaria en las pequeñas ciudades de Bolívar y Chivilcoy, aprovechó la inexistente vida intelectual de aquellos lugares para leer más que nunca. “Me dediqué incluso a leer cosas absurdas como las obras completas de Freud y creo que las obras completas de Menéndez Pelayo, es decir cosas que uno hace cuando tiene el día libre y absolutamente nada que hacer”, dijo en una entrevista para El Juglar.

Sabía que la soledad era lo único que le permitiría dedicarse a leer y escribir. Por eso cuando volvió a Buenos Aires –y colaboraba con la revista Sur– llevaba “una vida muy solitaria” pese a tener algún contacto con personas como Silvina Ocampo, José Bianco o Ernesto Sabato.

“La soledad se me había contagiado y me sentía mejor así”.

Aquella época de soledades también lo fue de rigor y autoexigencia. Cortázar había visto a conocidos suyos arrepentirse de libros publicados antes de tiempo y no estaba interesado en apuros. En lugar de ir corriendo detrás de las editoriales, se dedicaba a seguir leyendo y a tratar de escribir cada vez mejor.

Solo cuando tenía como 32 años supo que había escrito un cuento muy bueno –Casa tomada– y se atrevió a mostrárselo a un escritor famoso, a Borges, que le dijo que el relato era “admirable” y se lo publicó en una revista con una ilustración de su hermana Norah.

Años después explicó que la misma “Rayuela” correspondía, entre muchas otras cosas, a la necesidad de involucrar más al lector con la narración de la historia. Dijo que su novela necesitaba de un “lector cómplice” y no de lo que él denominó el “lector hembra”, que era aquel acostumbrado a seguir las arbitrarias directrices del autor.

Cortázar predicó la lectura como un acto inocente. “Cuando abro un libro lo abro como puedo abrir un paquete de chocolate, o entrar en el cine, o llegar por primera vez a la cama de una mujer que deseo, es una sensación de esperanza, de felicidad anticipada, de que todo va a ser bello, de que todo va a ser hermoso”.

Un año antes de morir tuvo la oportunidad de referirse al artículo sobre “Adán Buenosayres” que lo consagró como lector mucho antes de que sus textos lo consagraran como escritor: “Yo sigo muy contento de haberlo escrito porque me pareció que era la conducta que podía mostrar, la única actitud posible frente a una situación tan confusa y tan turbia. Si todo lo reducíamos a factores políticos, e ignorábamos las calidades literarias por una cuestión de fanatismo, pues creo que estábamos todos perdidos”.

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