Jesús de Nazaret. Un poema de Arthur Rimbaud

Por redaccionnyl el 20/07/2016

En aquel tiempo Jesús vivía en Nazaret:
Crecía en virtud el niño y también crecía en años.
Una mañana, cuando vio que los tejados se ponían rubescentes
salió de su cama, mientras todo dormía bajo un pesado sopor,
para que José, al levantarse, encontrara la tarea ya acabada. Volcado sobre el trabajo y con el rostro sereno, tirando y empujando una enorme sierra,
cortaba muchas tablas con sus brazos de niño.
Lejos, sobre los altos montes, el claro sol subía
y sus llamas de plata entraban por las humildes ventanas…
Ya conducen los boyeros los rebaños a los pastos
y admiran, al pasar, al joven artesano y los ruidos del trabajo matutino.
«¿Quién es este niño?», preguntan.

Su cara expresa una seriedad mezclada de belleza; y la fuerza nace en sus brazos.
El joven artífice trabaja el cedro con arte, como un veterano;
ni los trabajos de Hiram fueron antaño tan grandes, cuando, en presencia de Salomón,
con vigoroso y prudente brazo, cortaba los enormes cedros y los maderos del templo.
Sin embargo, su cuerpo se arquea más flexible que una grácil caña,
alcanzando su espalda el hacha, cuando la levanta.»

Pero su madre, oyendo el rechinar de la hoja de la sierra, había abandonado el lecho,
y entrando sigilosa y en silencio,
sorprendida ve al niño que se afana y que maneja enormes tablas…
Apretando los labios mira,
y, mientras abraza a su hijo con su mirada serena, por sus trémulos labios se pierden vagos murmurios; Brilla la risa en sus lágrimas…

Mas la sierra, de pronto, se rompe, hiriendo los dedos incautos
y su cándida túnica se mancha con la sangre purpúrea…
un leve gemido se eleva de su boca.
Pero, al ver de repente a su madre, los dedos enrojecidos esconde bajo su vestido
y, fingiendo sonreír, la saluda.

La Madre, postrada a rodillas de su hijo,
acaricia, ¡que pena!, con sus dedos los dedos del niño
y besa repetidamente sus tiernas manos, con largos gemidos,
bañando su cara con enormes lágrimas.

Pero el niño impertérrito dice: «¿Por qué lloras, madre ignorante?
¿Porque el hiriente filo de la sierra rozó mis dedos?
¡Aún no ha llegado el momento en el que te sea preciso llorar!»

Y, entonces, reemprende el trabajo:
su madre, silenciosa, vuelve hacia el suelo su rostro luminoso, pensando en tantas cosas
y mirando a su hijo con tristes miradas:
«Gran Dios, hágase tu voluntad santa.»

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