El muerto de El Milagro. Oswaldo Cortez.

Mínima alma mía, tierna y flotante, huésped y compañera de mi cuerpo,
descenderás a esos parajes pálidos, rígidos y desnudos, donde habrás de renunciar a los juegos de antaño. Todavía un instante miremos juntos las riberas familiares, los objetos que sin duda no volveremos a ver… Tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos…
I
Un mito, algún cuento de camino, una historia mal contada, una vieja superstición, entre choferes y pasajeros de la línea de carritos por puestos de El Milagro: que si pasadas las 12 de la noche, por el pie del Cerro Mara, algún pasajero por esas soledades había, déjalo quieto, esperando, que esa es alma en pena, más burlona que espantosa. Pobre aquel que, contando con la pingüita de pasaje para medio acomodar el diario, necesite subir no importa a quién o qué, que la necesidad no come de mitos, de cuentos, de historias, y mucho menos, de supersticiones. Que allá viene un carrito, y que acá está un pasajero, el último de la noche, y, qué más da que esté al pie del Cerro Mara.
Parece hombre y no sombra, ríe y habla, es extraño, no quiso sentarse delante.
Y ya llega el carrito. Me deja por donde pueda. Cuánto le debo, señor, dice el pasajero con una voz lejana, no de este mundo. No hay pasajero, el chofer estrella la máquina contra el bloque -es aquel mural que dividía el malecón, por la parte del viejo muelle, el desembarque de los turcos.
II
Un pasajero.
III
Un chofer.