Historia natural del placer femenino

Por Aglaia Berlutti el 13/07/2016

El hombre nunca ha comprendido muy bien en que consiste el orgasmo de la mujer. Y siendo que la cultura occidental es evidentemente Patriarcal, esa ignorancia sobre el placer femenino se extiende a todas partes. Resulta curioso que ese desconocimiento se manifieste aún hoy en pequeños datos que dejan muy en claro, que en lo que al erotismo femenino se refiere, el hombre entiende bien poco: según El National Survey of Sexual Health and Behavior (NSSHB) solo el 64% de la mujeres afirma haber alcanzo el clímax durante su última relación sexual, al contrario de sus compañeros de cama que afirman con gran desparpajo 85% de las veces sus parejas llegaron al orgasmo. Curiosa confrontación de cifras que deja en evidencia que algo no termina de encajar en esa definición de lo que es el orgasmo femenino. No tendría porque extrañar a nadie este anonimato de la lujuria femenina: hasta hace menos de un siglo, no existía.

Tal vez por ese motivo, se le ha considerado sobrenatural, místico, peligroso, diabólico. Y es que nadie parece saber muy bien qué hacer con el orgasmo femenino, el rotundo, el que se eleva en las caderas para seguir la línea de la pelvis hasta llegar al mero centro del deseo, ese estallido de gemidos y lujuria que durante siglos, provocó pavor. ¿Cómo no provocarlo? La mujer siempre ha resultado un misterio: el enigma de su vientre capaz de concebir vida ya hizo debatirse sobre su naturaleza sagrada hasta que se descubrió que el varón también participaba en el acto creativo. Tal vez, ese descubrimiento fue la verdadera caída de Eva, la sollozante: con el vientre convertido en receptáculo del semen del varón, ya nadie hablo de su divino poder y su utilidad. Pero aún así, continuó atemorizando: Ya lo temía Aristóteles, quien estaba convencido que el placer de la mujer podría a llegar a partir en dos a un hombre con el ardor de sus caderas. O en la tribu Bantús de Africa, donde se les recomendaba a los hombres eyacular entre las rodillas de sus esposas para evitar “el abismo” de ese sexo ardiente y demandante. El orgasmo de la mujer, ese erotismo fulgurante y devorador, parece atemorizar al varón, que lo mira desde la distancia de la historia preguntándose que lo provoca, como nace esa radiante lujuria que parece devorarlo todo. Y por un buen tiempo, esa gran interrogante no tuvo respuesta, tampoco un manera de comprenderse.

Pero el sexo femenino ya conocía el poder que habitaba entre sus piernas desde que el instinto se lo mostró, en ese misterio de esa sexualidad ciega y anónima que la cultura la obligo a soportar. Trozos de historia hay por todas partes: desde la vieja costumbre Japonesa de utilizar las célebres ben-wa(alegría) que no eran otra cosa que perlas insertadas en la vagina para un placer orgásmico diario hasta la vieja creencia de África y Nueva Guinea que la vagina que es capaz de morder el pene del varón si el deseo femenino se torna extraordinario. Una imagen inquietante esa, la del placer de la mujer castrador, la masculinidad cultural amenazada por el deseo y el sexo femenino. ¿Qué argumento se esconde bajo esa imagen implacable del orgasmo femenino como destructor? Nadie lo sabe con exactitud, pero la historia es clara en el mensaje: el éxtasis de la mujer no se comprende, no se asume como natural. Es la desobediencia definitiva, el deseo terminal que empuja a la mujer fuera de lo aceptable, de esa sumisión histórica inevitable. Cabalgando a horcajadas sobre las caderas del hombre, entre gemido y sudor, la mujer encontró la desobediencia.

Ya se hablaba sobre esa desobediencia femenina diabólica, cuando la primigenia Lilith, fue expulsada del Paraíso por gozar del placer. Porque a Lillith no la detenía nadie en su desenfreno: no solo se negó a yacer bajo el mítico Adán, hijo predilecto del Patriarcado sino que además, abrió una grieta indeleble en la figura de la mujer que disfruta. Porque el placer nunca es bueno o eso parece sugerir la historia de Lilith, rebelde y audaz. Lilith, la que sustituyó la Eva más conveniente y sumisa, cuyo gran pecado no vino entre el radiante fluir de sus piernas abiertas sino de su curiosidad. También está mal pensar, al parecer. Y es que para la concepción judaica de la mujer, lo femenino es poco menos que ese elemento que complementa al hombre con dificulta. Claro está, su placer, ese rotunda muestra de la belleza que nace y que crea, es cuando menos accesorio. O así lo concluyó Soranus durante el siglo II, que en su tratado de medicina insistió, con buen ojo, que el placer femenino no era imprescindible para la procreación y por tanto, poco necesario: “Las mujeres violadas también quedan encinta”. Gran deducción de un experto, que insistió entonces que el orgasmo no es otra cosa que una debilidad biológica, como también parecía sugerirlo Lucrecius (98–75 a. C.) al insistir: “No les son necesarios a las esposas los movimientos lascivos, pues ella se estorba e impide la concepción. Si retozona aviva con el movimiento de las nalgas el placer del marido y, removiendo su cuerpo, hace brotar su semen, desvía del blanco el chorro del semen. Las putas son las que por su propio interés realizan estos movimientos para no quedar embarazadas, y para que el placer del coito les resulte a los hombres más intenso”. No se diga más: la mujer que se esfuerce por parir pero no goce. Y la que lo haga, al martirio. No olvidemos que el sexo es cosa del Diablo, el placer su herramienta. ¿Y que decir del orgasmo? Para el varón es natural, para la mujer es un castigo. Y así insistió la historia. Una y otra, y otra vez.

Hijas del Diablo, Puta de la Carne: La mujer que goza

La sala se encuentra atestada de oyentes. La mujer de pie en el centro de la tarima de acusados, mira al frente con el rostro pálido y tenso. Va desnuda, con las manos atadas al frente y el cuerpo cubierto de latigazos. Se le acusa de “estar poseída” y quien lo hace, es su aterrorizado marido, quien observa el juicio a prudente distancia. Ya ha contado al que quiso escucharle que su mujer temblaba sobre la cama, lanzaba gemidos y ponía los ojos en blanco, mientras cumplía el santo deber del lecho conyugal. Ha explicado la piel enrojecida y cubierta de sudor, las caderas vibrantes. “Está enloquecida” gritó al juez Inquisidor que lo miro con rostro pétreo. Luego, tomó asiento, a cierta distancia de la mujer que le dedica miradas desconcertadas, la barbilla temblando de angustia. No la mira. En la sala, un silencio lleno de una excitación mal contenida agita las cabezas y los espíritus de los fieles que observan y del Juez que se esfuerza por comprender.

La escena que se describe antes probablemente ocurrió cientos de veces en la Europa azotada por la inquisición. Y es que el placer femenino directamente se convirtió en la huella del Infierno en la carne, es hechizo pesaroso que se colaba entre las sábanas de los pudendos para sacudirlas con ardor. La idea queda muy clara en los detalles del exorcismo de Inés de Moratalla, quien fue acusada de estar “poseída” en el año 1514. Según cuenta Adelina Sarrión en su libro “Beatas y endemoniadas” a la española se le consideró poseída no menos que por un grupo de demonios: “E que después destas pláticas vino un espíritu muy recio y entró en el cuerpo Della gimiendo e le disformó el cuerpo y el gesto e ojos, y empezó a hacer grandes molestias y vexaciones… E que entonces dicha moza dio voces diciendo tres veces: ‘Vení diablos… fuera de su sentido, haciendo muchos visajes”.

Conocida es también la historia que recoge Mary E. Giles en su libro “Mujeres en la inquisición” sobre la beata Marina de San Miguel (1596) también “poseída” por los demonios de la carne. Marina tomó a los 16 años votos pero eso no evitó que el “demonio” en persona la obsesionara con “llamas infernales”. Sufría “una tentación sensual de la carne desde hacía quince años la cual la obligaba a esos contactos deshonestos hechos con sus propias manos en las partes vergoncossas venia en polucion diciendo palabras deshonestas probocativas a lujuria”. Cuando se encontraba con su amiga: “de hordinario cuando se vian se besaban y abracavan y esta… le metia las manos en los pechos, y vino esta en polucion diez o doze veces las dos dellas en la Iglesia”.

¡Qué pecaminoso debió ser la lectura de los cargos de las endemoniadas en plena Inquisición Europea! ¡Y cuantos pueblo debió agolparse en las salas para escucharlo, para paladear ese deseo diabólico, esa lucha de las huestes del Demonio por contaminar a la pudibunda mujer de la época! Por supuesto, cuantas mujeres habrán recordado sus propios ardores, en la cama y en el pecho, entre los dedos y la oscuridad y haber temido lo que podría esperar por ellas, la furia de una cultura que condenaba a la mujer solo por serlo. Y el placer, ese orgasmo misterio, inexplicable, aún retozando como obra no del Divino, sino de su temible contricante.

Claro está que, para las vulgares mujeres del pueblo, el placer era una posesión. Pero ¿qué ocurría cuando el placer fulminaba a una Santa o una Dama? Ejemplos sobran, de beatas y damiselas de intachable conducta sacudiéndose sobre las sábanas húmedas. Pero para ellas, el placer no era pecaminoso, sino divino. Que paradoja la de la mujer aplastada no solo bajo la cultura, sino el clasismo. Porque no cabe duda, que el placer es democrático y universal, pero la forma de interpretarlo no lo es. Allí tenemos a la Doctora de la Iglesia, Santa Teresa de Ávila, que se entregaba sin pudor a La “morada equivalente al cielo”, con la experiencia de “la pérdida de sí y de la unión”. “El alma… no puede ni avanzar ni recular. Diríamos una persona, que sosteniendo en las manos el cirio bendito, está cercana a morir de su muerte deseada”. Ah, que parecido inquietante con la “Pequeña muerte isabelina” esta Santa Teresa tendida sobre el camastro, temblando de placer, ojos vueltos al cielo. Placer radiante, que la transportaba a esferas celestes más allá de toda concepción humana…o así lo dejó la Santa por escrito. Pero claro está, a la extraordinaria Santa Teresa, exquisita pensadora y piadosa, el placer la transportaba a Dios como a las brujas al diablo. No olvidemos que el temible La Malleus Maleficarum definía a las brujas como la “secta de mujeres que tienen como objetivo dañar a los hombres”. Oh sí, porque mientras la Santa concebía la grandeza de Dios con el cuerpo temblando de zafirino placer, Las brujas medraban en las partes pudentas, se regocijaban con el placer diábólico. Una y otra sin embargo, seguían sin comprender el estallido de piel y sudor, que las liberaba de toda idea y distinción, y la convertían en recién nacidas del gozo simplemente carnal.

Pero viniera de Dios o del diablo, el orgasmo continuó gritándose puertas adentro de la vida de la mujer. Lo hizo, cuando fue considerado un síntoma de histeria durante los tiempos donde el vibrador terapéutico y los masajes manuales clitoridianos eran la única manera en la que una mujer respetable podía gozar. Porque el placer de la mujer no existía y de hacerlo, debía tener una justificación. Y en los tiempos del positivismo, con Dios y el diablo convertidos en mitos, nadie se responsabilizaba por el grito, por esa muerte de segundos que sacudía el lecho conyugal y el que no lo era. Se opino al respecto, se analizó la idea en todas variantes y es que nadie parecía entender muy bien porque la mujer Gozaba, porque disfrutaba y porque era capaz de disfrutar de un orgasmo que para la sociedad fálica era imposible de concebir. Porque descubrir que el erotismo de la mujer era tan poderoso como el de hombre, que el orgasmo aparentemente inútil de la mujer era todo un misterio en sí mismo, desconcertó a la cultura. Tal vez por ese motivo Freud necesito nada menos que tres ensayos sobre la teoría sexual, para hablar de la sexualidad de la mujer, intentando encontrarle lugar en el mundo. Se preocupó sobre la oposición entre la sexualidad clitoridiana o inmadura y la sexualidad vaginal, que consideró en contraposición madura. Como si el placer en lugar de ser un derecho adquirido fuera una recombinación de fórmulas psiquiátricas. Freud teorizó sobre el placer clitoridiano como infantil, como si ese órgano minúsculo y misterioso del que nada se sabía fuera una pequeña brecha entre el pene mítico envidiado y la sexualidad de la mujer reprimida. Todo un drama en escenas, que como diría la gran Jane Gerhard, que convirtió al clítoris en el Villano de turno: “la patologización del clítoris. El clítoris se convirtió en el amante descartado en este drama sexual de la adultez femenina sana”. ¿Por qué tanta locura y desconcierto con el orgasmo femenino? Quizás por el enigma del placer que invade, se eleva, se enrosca vientre adentro. Nada de ese placer natural y evidente del hombre, con el falo simbólico bien a la vista. Porque la lucha por el placer es histórica, como un gran voto de conciencia que brindó a la mujer libertad. Esa locura espléndida, ese Divino secreto entre las piernas, que invade la locura?—?maldita o bendita?—?y cuyos últimas luchas incluso subsisten hoy. No en vano el Punto Grafenber ( el punto G ) ha sido llamado también, “la Bella loca”.

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