Hermosa poesía para recitársela a papaíto en el Día del Padre

Por redaccionnyl el 18/06/2017

Hoy día de los Padres, papaíto quisiera
dedicarte un minuto de recuerdo siquiera
y al fin cantarte el himno del amor, oh papaíto
que escribirte no pude cuando estaba chiquito.

¿Y cómo no escribírtelo, papaíto querido,
si tú eres el único papá que yo he tenido
y yo debo quererte nada más que por eso,
ya que cada pulpero debe alabar su queso?

Además, hay muy pocos papás, oh papaíto,
que, como tú, merezcan un canto bien bonito,
pues siempre como padre fuiste un padre sin menguas,
pese a lo que en contrario digan las malas lenguas.

Cierto que te gustaban los palitos y a veces
cogías unas monas que te duraban meses
y que cuando llegabas a casa en ese estado
dabas unos escándalos de sacarte amarrado.

Mas yo sé, papaíto, yo lo sé aquí en lo hondo,
que, no obstante, esa maña tú eras muy bueno en el fondo;
pero aún cuando hubieras sido un monstruo maldito,
¡yo te sigo creyendo muy bueno, oh papaíto!

Porque tú me inculcaste, papaíto, el ejemplo
de que un hogar auténtico debe ser como un templo.
Cierto que tú solías beber como un verraco
convirtiendo tu hogar en un templo de Baco…

Pero tú a pesar de eso —vuelvo y te lo repito—
¡tú eras bueno en el fondo, muy bueno, papaíto!
Tú con nosotros fuiste, pese a ser tan bohemio,
como no hubiera sido quizá ningún abstemio.

¿Te acuerdas de la histórica noche en que yo nací?
Tal vez tú no te acuerdes, papá, pero yo sí:
Rascado como estabas, te me quedaste viendo
y al final exclamaste: ¡Qué bicho tan horrendo!

Y gritabas en tanto te sacaban del cuarto:
¡Devuélvanme mis reales! ¡Yo no pago ese parto!,
mientras mamá gemía que dejaras la bulla
y el médico partero llamaba a la patrulla.

Después de aquella escena que yo encontré tan tierna,
siguieron tus ejemplos de ternura paterna:
inventaste, ofendiendo gravemente a mi madre,
que yo no era hijo tuyo sino de tu compadre.

Preferías —decias— verme clavar el pico
que darle a mamá un fuerte para la leche Drico.
Y agregabas de un modo tan rudo como cruel:
¡Pídesela al compadre, que ese muchacho es de él!

Aún la veo acechándote por los alrededores
de aquella taguarita del Puente de Dolores
para que le entregaras los churupos del diario
antes que te rascaras con mi padrino Hilario.

Tú, si no la insultabas, la tomabas en chanza
y ella pacientemente seguía su acechanza…
Aun te escucho diciéndole: ¡Carrizo, no me aceche,
mientras yo reclamaba: mamaíta, mi leche!

¿Cómo olvidar tampoco la Nochebuena aquella
en que llegaste a casa metido en la botella
y agarrando una vieja pantufla de cocuiza
me diste de aguinaldo mi primera cueriza?

Fue la primera noche que me meneaste el frito…
¡Por eso no la olvido jamás, oh papaíto!
Y tú también la debes recordar muy bien
porque mamá esa noche te embromó a ti también.

¡Ah papá, cómo evoco tus sabrosas cuerizas
tus clásicos trompones, tus nalgadas castizas
y tus pelas que hacían salir a mamá
con la escoba en la mano gritándote: Yastá!

Y entonces papaíto, demudado el semblante,
la agarrabas a ella de atrás para adelante
y entraban los vecinos —unos noventa o cien—
que al llegar la patrulla los rodaba también.

Así fue, papaíto, como yo con tu ejemplo
aprendí a comprender que un hogar es un templo:
Hombre ya hecho y derecho, hoy tengo mi hogar propio
donde de aquel modelo totalmente me copio.

Y en prueba de lo dicho te va esta poesía
que te estoy escribiendo desde la policía.

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