H. P. Lovecraft, el terror hermoso o la aproximación a la locura

Por Aglaia Berlutti el 01/11/2016

Cuando leí por primera vez un cuento de Lovecraft, no sabía nada sobre sus libros ni tampoco de él, como escritor o como misterio literario. Ese primer libro llegó a mis manos por una de esas casualidades literarias que no sabes bien como explicar: Buscaba un escritor de libros de Fantasia – así, en general – y encontré fue terror. Todo gracias a la poca pericia de un librero de poca confianza de una librería de esas que parecen supermercados literarios.

– ¿Fantasía? – me preguntó. Le echó una mirada a los anaqueles repletos de libros mal ordenados.
– Como el Señor de los Anillos – todavía faltarían unos años más para que saliera la película, así que este librero descuidado, habrá entendido cualquier cosa. Lo vi rebuscar, abrir gabinetes y cuando regresó, llevaba en las manos un libro del que nunca había escuchado.

– ¿El color que cayó del cielo? – leí en voz alta. El librero se encogió de hombros.
– Es fantasía.

La portada llevaba el dibujo de un hombre de rostro largo y triste, con el cabello repeinado, que parecía mirarme fijamente desde el cartón. No supe porque, pero me gustó su expresión contenida, como de guardar un secreto que probablemente explicaría el extraño título de su novela. No me equivocaba. Lo que nunca supuse era que en los años siguientes, me haría otra de las devotas al extraño mundo creado por el escritor. Una manera totalmente nueva de concebir el miedo, y más allá, el misterio. La oscuridad dentro de la oscuridad.

Se dice que el mérito de Lovecraft como escritor es su rebeldía: esa necesidad de destruir el paradigma de una normalidad que parece subyugarlo, a través de la literatura. Y es con sus historias extravagantes, que parecen evocar sueños primitivos y poderes maléficos desconocidos, parece que intenta reconstruir el mundo a su medida, huir de la sociedad burguesa y aburrida que le tocó vivir.

Sus críticos más acérrimos insisten con frecuencia que sus monstruos son más grotescos que aterrorizantes y hay quien insiste que el escritor no es capaz de desprenderse de su herencia racionalista y materialista. Pero más allá de esa necesidad de justificación del terror en el terror, Lovecraft creó una aproximación al miedo – ese esencial, el que paraliza, el que desconcierta – que renovó el género y le brindó una nueva concepción. Y es que quizás el mayor mérito de Lovecraft sea recordarle al hombre su fragilidad, su fugaz presencia en un Universo que bulle de monstruos y de misterios no revelados. Porque para Lovecraft, el temor no es una mera emoción, es una idea externa y extraordinaria, que envuelve la existencia humana casi con violencia.

Tal vez por ese motivo, el trabajo Literario de Lovecraft provoca no solo admiración sino algo parecido a la devoción: desde sus colecciones de cuentos más tradicionales, hasta su revisión del mito de la creación de desde la óptica del terror a través del Mito de Cthulhu, el autor engloba esa visión del terror como un enigma universal, una reinterpretación del génesis religioso a través del miedo esencial.

Una vez leí, que quizás el primer sorprendido por el éxito de la obra Lovecraftiana, sería el propio escritor: fallecido a los tempranos cuarenta y siete años de edad, jamás imaginó las dimensiones que el mito sobre su creación tomaría: No solo se le considera un renovador del género – con justicia, a pesar de las críticas – sino además, un símbolo de la decadencia literaria en estado puro: sus historias rebosan de elementos biográficos, como si de un mapa de ruta de la mente del escritor se tratara. Para Lovecraft, su escritura no era otra cosa que las voces de su mente, de esa angustia existencial que parecía trascender a sí mismo y encontrar reflejo en la época que le tocó vivir y enfrentar. Casi puedo imaginar a ese Lovecraft reprimido y casi infantil, intentando enfrentarse a la rigidez burguesa de esa sociedad estadounidense de los años cincuenta a través de la palabra, desfigurandola con monstruos y con una crueldad tan exquisita como hiriente. En ocasiones, me he preguntado si Lovecraft no recreo el monstruo que habitaba detrás de los barrios tranquilos y exactamente iguales de los suburbios americanos, la hipocresía social que tanto parecía sofocarle. Una idea maravillosa e inquietante: El Lovecraft silencioso y tristón, liberando los demonios que habitaban en esa región incomprensible de su mente, tan violenta y cruel que construyó un Universo literario que aún es capaz de sorprender. Muy probablemente por ese motivo, insistió siempre que pudo en que sus obras carecían de belleza y calidad, “Solo aproximaciones a la locura”, como declaró con una sinceridad conmovedora. Y tal vez, solo decía la verdad.

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