Fútbol y literatura: cuando las letras patean la pelota

Por Luis Figuera el 09/03/2016

Pier Paolo Pasolini afirmaba: “El fútbol es un sistema de signos, por lo tanto es un lenguaje”. Huizinga descubrió que el hombre es Humus Ludens que crea emociones y sensaciones a través del espíritu festivo del juego. El lenguaje recrea infiernos y pasiones, ascendiendo y descendiendo como un dragón alado, iniciando la búsqueda infinita de otros mundos que como un delta pueblan la vida de un ser humano.

 
 

La narrativa es tal vez el lugar más común para el fútbol y la literatura, porque iguala los límites de las comarcas en el imaginario colectivo, la idea visual de los pies rompiendo barreras, yéndose instintivamente en lo profundo de la vastedad de un territorio sagrado que protege el guardián del templo.
Los comentaristas deportivos describen en una especie de rito oral heredado de las lejanas tradiciones de las mil y una noches, las incidencias de un partido con metáforas y símiles dignas de una antología del surrealismo, como las de Andrés Salcedo “…el balón pasó peinando la grama para perderse en un entrevero de piernas”, o la de Víctor Hugo Morales: “… Barrilete cósmico…”.

No existe mejor lugar para comprender la expresión lúdica del balompié que las inmensas extensiones de terrenos baldíos, donde se práctica con reglas propias la poética del fútbol, término que causa escozor entre intelectuales de oficio, pero que es una interpretación fiel de la simbología visual de uno de los juegos más antiguos y populares de la humanidad.

El fútbol es un sistema por sí mismo y como la magia está lleno de cábalas, ceremonias, normas sociales reglamentadas, cuyo incumplimiento es penalizado por el destino y los dioses, como le sucedió a Mané Garrincha, en el campeonato de 1962, o la prohibición explícita de no tocar el balón con las manos, atacar por la espalda a un contrario, y la regla más expedita a la que están sometidos todos los presentes, como si se tratara de La guerra Florida, que describe Julio Cortázar en La Noche Boca Arriba, es a la imposibilidad de infringir el tiempo establecido.

Desde los estrellados días de la Sherezade, hasta Marcel Proust, el hombre ha intentado hallar en la literatura una explicación del tiempo que dibuja su memoria. Borges afirmaba que el fútbol era una forma de tedio. Juan Nuño, en el ensayo sobre teoría de los juegos, afirmaba que el tiempo real en un partido, es tal vez la característica que hace del fútbol el deporte más seguido por las multitudes.

 
 

La espectacularidad del balompié estriba más que en la irrupción violenta de la realidad a través del tiempo, en la semejanza dimensional y psicológica que esa irrupción propicia en la vida del espectador. Un hombre que vive ochenta años puede resolver un montón casi infinito de detalles, siempre con la angustia de un tiempo finito, en un partido pueden resolverse infinidad de jugadas, pero esclavizadas a la ansiedad de noventas minutos.

¿Cómo se puede explicar el drama de un hombre en hora y media de existencia?, pudo preguntarse Horacio Quiroga en 1918, cuando escribió el texto que inauguro la comunión entre el fútbol y la literatura en Hispanoamérica: Juan Pólti Half-Back, basado en el suicidio de un jugador. En ese cuento se pone al servicio de la ficción el tema transversal de la muerte.

Mario Benedetti, fue sin duda el creador de la llamada literatura futbolera, con su relato Puntero Izquierdo, al cual siguieron aportes, como el de Fernando Alegría, A veces Peleaba con su Sombra 1956, la recopilación de cuentos de Camilo José Cela: Once Cuentos de Fútbol, primer libro dedicado íntegramente a contar historias del Balompié de 1963, Mario Vargas Llosa, con Los Cachorros que vio luz en 1966, los interesantes ejercicios de Néstor Sánchez, en Siberia Blues en 1967, Umberto Valverde con un Faúl Para el Pibe, 1969, Francisco Messiani con El Llanaro Solitario Tiene la Cabeza Pelada como un cepillo de Dientes 1975. Todos relatos que expresan los más elevados y también bajos sentimientos de la raza humana, recomponiéndolos en un rectángulo de tierra, esquema simétrico donde transcurren en el mismo instante múltiples dramas.

Es en el campo de juego donde el hombre sustituye el drama individual e impone la tragedia colectiva por la que se transforma, se eleva como un Ibis por encima de las miserias cotidianas de sus semejantes, imaginando un espacio personal y único, más allá de la idea geométrica de la ciudad como fue concebida por Hipódamos de Mileto, enterrando la lógica, la simplicidad y la funcionalidad de sus líneas, para internarse en un rectángulo especie de trazado mágico que anula las diferencias sociales, la estupidez de sus infames días de guerra, sus ansias desmedidas de consumo, la hipocresía de sus relaciones personales, y las preocupaciones de un mundo que revienta de hastío y soledad en una diáspora salvaje, como bien lo describe Edilberto Courtinho, en Maracaná Adios, editado en 1980 y con el cual obtiene el premio Casa de las Américas.

Es en la década de los ochenta cuando se inicia en Argentina el auge de lo que se conoce en la actualidad como la literatura Fulbera, apoyada por el impacto del fenómeno Maradona. Roberto Fontanarrosa escribe la novela “Área 18”, Osvaldo Soriano, recrea historias maravillosas como “El Penal más largo del Mundo” en el libro: rebeldes, soñadores y fugitivos, editado en 1988.

Los noventa es sin duda la época de lanzamiento oficial del matrimonio entre el fútbol y la literatura, y tal vez haya comenzado el enamoramiento en el programa de Alejandro Apo, Todo con efecto, que se emitía por radio Continental de Argentina, y donde se leían cuentos de Fútbol, allí debuto Eduardo Sacheri, uno de los primeros iniciadores de este movimiento, y quien en el año dos mil publicó un clásico de la literatura futbolera: “Esperándolo a Tito”. A principio de esa década el Inglés Nick Hornby, escribe el relato Fiebre en las gradas, en 1998 Jorge Valdano recoge en una Antología un conjunto de relatos sobre el Fútbol, tres años antes Eduardo Galeano había escrito “El Fútbol a Sol y Sombra”. Entrando al Dos mil dos, y ayudado por un arduo trabajo de marketing, Diego Maradona lanza su autobiografía, “Yo Soy el Diego de la Gente”. En el año dos mil siete se publica en Venezuela, una de las mejores antologías sobre el cuento Fulbero: “De cómo se Juega el Cuento del Futgoool”, del margariteño Chevige Wuayke.

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