Fui a una clase práctica sobre squirt y tuve el mayor orgasmo de mi vida

Por redaccionnyl el 12/11/2016

Mi interés por el squirt viene de lejos. Y lo cierto es que no tiene nada de romántico: me pilló con los pantalones bajados, como suelen llegarnos las cosas importantes de esta vida; con el culo al aire y la cabeza en otro lado. Y en plena adolescencia.

En la pantalla, una escena: Top 15 Best Squirts Ever. Al momento, mis ansias masturbatorias desaparecieron para ceder terreno a una curiosidad sin límites, de esa que solo puede sentir una joven inexperta. Algo se había despertado en mi interior, aunque aún era muy pronto para saber hacia dónde me llevaría.

Dudas, dudas everywhere. Así estuve hasta que un golpe de suerte me hizo todo el trabajo. Los años de indagaciones llegaron a su fin en el momento en el que una amiga me habló de ese lugar donde finalmente encontraría lo que buscaba: “Masterclass sobre Squirt y Punto G”. Oye, que esto tiene buena pinta. Redoble de tambores. Decisión tomada. ¿Todo en su sitio? Pues a por ello.

Objetivo: Encontrar el punto G

Llego a la masterclass tan nerviosa que no puedo ni hablar. Me recibe Canela Anahí, educadora sexual para adultos. No estoy sola: comparto espacio con una pareja, un hombre divorciado y una chica joven. Hablamos sobre anatomía femenina, técnicas masturbatorias y juguetes eróticos. Hasta ahí, la teoría.

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Con la práctica, damos paso a nuevas experiencias. Canela se quita los pantalones y las braguitas y nos explica cómo estimular una vagina. Es mi turno. Me pongo unos guantes de látex y procedo a penetrar a la profesora con los dedos. Los introduzco, paso el hueso pélvico y apunto hacia arriba. “Sube, sube”. Y subo todo lo que su anatomía me permite. Cuando casi llego al final de la cavidad, me para. Vale, estamos en el lugar exacto. El punto G. Pero, ¿existe realmente esta zona? Cristina Callao; sexóloga y tertuliana en varios medios, es la persona ideal para ofrecerme algún punto de luz entre tanta oscuridad.

Cristina explica que, actualmente, sigue existiendo cierta incertidumbre con respecto a su existencia, aunque hay estudios que la confirmarían. Me da algunas pistas: “El punto G colinda con las que son conocidas como glándulas de Skene de tal forma que, al ejercerse presión intensa en esa zona, tocaría las estructuras internas del clítoris”. Espera, espera, ¿glándulas-de-qué? Básicamente, las glándulas de Skene son las responsables de ese chorro tan intrigante conocido como squirt. “Cuando estamos excitadas, esas glándulas se llenan de líquido transparente, dando una sensación parecida a las ganas de orinar”.

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Ahora que lo dice, esa sensación me resulta familiar. Alguna vez, durante las penetraciones, he sentido esas ganas, incluso habiendo ido antes al baño. Nunca me había planteado qué podría ocurrir si seguía estimulando esa zona concreta. ¿Corresponde eso a la fase previa del squirt? O dicho de otra manera: ¿Es el squirt, en realidad, otra forma de llamar a la orina?

El debate del squirt y el pis

Bienvenidos a uno de las grandes debates de la sexología. Al respecto, existen varias hipótesis. La más consolidada explica que el squirt sería un desajuste de la hormona vasopresina, encargada de mantener la orina en los riñones. Vamos, que esto sería pis. Sin embargo, otros estudios recientes señalan que, pese a ser parecidos en su composición, entre estos dos fluidos hay una diferencia importante: el squirt contiene PSA. La orina, no. Y ¿qué es el PSA? Pues es líquido próstatico, propio de los hombres y que –¡sorpresa!- también existiría en las mujeres. Lo cual significaría que las mujeres tenemos algo parecido a una próstata en nuestro interior. Las glándulas de Skene son una forma de llamar a ese órgano.

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Con los dedos aún entre las piernas de Canela, recuerdo el consejo de Lara Castro, sexóloga e investigadora del Institut Gomá: “Al margen de teorías, lo importante es no obsesionarse con el tema y vivirlo, simplemente, como una opción más. Practiquemos el squirt como una nueva experiencia, no como una necesidad”. Empiezo a estar más relajada, pero sigo deseosa de poder comprobarlo en primera persona. Lo que me ha contado Soraya Wells, actriz porno especializada en squirt, aviva más el fuego: “Es un orgasmo lento y suave. Es alucinante”. Y me ofrece algunos consejos sobre cómo empezar a estimularnos. “Yo siempre empiezo acariciándome los pezones y el clítoris, y cuando estoy muy excitada estimulo el punto G hasta que consigo un squirt en cuestión de pocos minutos. La práctica me permite hacerlo en poco tiempo, pero normalmente, las primeras veces se tarda mucho más”.

Una vez que todos hemos encontrado el punto G en la profesora, empieza nuestro turno. Primero, Canela me pide que intente buscarlo yo sola y me invita a explorar mi vagina. Me bajo los pantalones y doy rienda suelta a mis cortos dedos. Encuentro una zona lisa, pasando el hueso pélvico y subiendo mis dedos como si quisiera llegar al ombligo. Me estimulo. Siento placer, pero no sé si lo estoy haciendo bien. Candela se acerca a ayudarme. Según ella, podemos estimular la zona de diferentes formas, “pero siempre con masajes discontinuos y con movimientos ondulares”. Dice que una de sus técnicas preferidas es hacer “como si rebañara un bote de Nutella” y que se muere de placer con ello. Anotado.

Pero, por lo visto, aquí no va solo de cuestiones físicas o anatómicas, sino que también podría haber algo espiritual. Ignasi Tebé, experto en sexualidad tántrica, me explica que el squirt sería la manifestación masculina de los genitales femeninos. Algo así como una relación entre el Yin y el Yang, las dos grandes energías universales. Y lanza una advertencia: “A través del punto G, zona sagrada de los genitales femeninos, se traspasa la frontera genital y se llega a orgasmos profundos, absolutos y casi infinitos. Pero también se pueden manifestar miedos ancestrales, sentimientos de culpa o experiencias desagradables”.

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Saluda al orgasmo más increíble de tu vida

Canela se pone unos guantes de látex, me introduce dos dedos. En menos de medio segundo, el éxtasis. Siento que el mundo ya no es lo que era: noto un intenso, tremendo e increíble placer, una sensación muy localizada, como si una aguja atravesara mi sexo y lo inundara de gozo. Definitivamente, esto no es lo mismo sentía al estimular la zona G. Era un puto punto que casi me lleva al orgasmo en ese instante. Empieza a hacer movimientos, siento que me voy a mear. Le pido que pare. Creo que prefiero probarlo sola, con cierta intimidad.

Mientras corro hacia casa como si hubiese venido Santa Claus el día de Navidad, pienso en el squirt y en lo poco que la ciencia ha investigado sobre el tema. Los estudios con mayor rigor científico son muy recientes, pero, aún así, la sexualidad masculina sigue estando por encima del placer femenino, también en lo relativo a las prioridades de investigación. ¿Cómo es posible que, en pleno siglo XXI, aún no se sepa lo que es? Me vienen a la mente las palabras de la sexóloga Cristina Callao, quien afirma que “el placer femenino se ha relegado siempre a la última instancia”.
Al llegar lo dejo todo, me desnudo y procedo a seguir estimulándome. Todavía siento excitación. Encuentro el punto G y exploro los movimientos que más me satisfacen. Siento ganas de orinar; sigo con una presión discontinua. Tardo unos minutos, pero ahí está otra vez: un orgasmo que recorre toda mi espina dorsal. Suave y lento, tal y como me dijo Soraya, la actriz porno, pero liberador, como me explicó Ignasi.

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El espacio desaparece, el tiempo se bloquea y lo único que puedo sentir es un placer indescriptible que me hace gritar. Suelto todo lo que tenía en mi interior: una gran cantidad de líquido transparente que moja la cama y el suelo. Mierda, tendría que haberlo previsto. Tras recuperarme, cojo el secador y la fregona, no sin antes oler y catar ese líquido tan novedoso. No sabe ni huele a orina, más bien es insípido. O algo salado.

Pero, ¿por qué tantas incógnitas?

Mientras limpio la prueba fehaciente de mi orgasmo, pienso en todas aquellas mujeres que han sentido un placer extremo y la sensación de orinar mientras tenían sexo. Pero, por falta de educación, por vergüenza o, incluso, por miedo; se contienen y frenan la madre de todos los orgasmos.

Lo peor de todo es el desconocimiento pero si, una vez leído este artículo, decides seguir dejando cerrada esa puerta que esconde tu cuerpo, yo ya no puedo decir nada, tu placer está en tus manos.

Noemí Casquet / Código Nuevo

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