Fui a un campeonato de cubo de Rubik y fue una visita al mundo de los más nerds

Por redaccionnyl el 15/02/2017

El tren bordeaba la costa del Maresme y mi cabeza empañaba la ventanilla. Al otro lado del cristal, la línea del horizonte se había desvanecido y el cielo y el mar parecían una tela arrugada gris que se desplegaba desde la arena. Eran las siete de la mañana de un domingo y me dirijía a Arenys de Mar para asistir a la final de un campeonato de cubo de Rubik, el torneo Calisay Open 2017. Sí, puede sonar raro pero aquella mañana había elegido estar ahí y narrarlo. Yo, que no sabía ni sacarle ni una cara monocroma al maldito hexaedro.

 
 

De camino, leí que el cubo de Rubik era el juguete más vendido de la historia: 400 millones de unidades. Sentada en aquel vagón no podía dejar de imaginar vuestra cara al leer esta historia y pensaba que no sería ni la mitad de poética que la que debió poner Ern? Rubik cuando, en plena Hungría comunista, se enteró de que el rompecabezas de seis colores que había inventado le estaba haciendo millonario. Aquella cara que solo había podido ser superada por la de los expertos en marketing que en su momento le aconsejaron no comercializarlo aduciendo, que era demasiado difícil de resolver, que no le iba a gustar a nadie, que sería un fracaso.

En 1974 el tipo, un arquitecto, escultor y diseñador de la Escuela de Artes de Budapest, creó el cubo como un mecanismo que permitía mover las partes componentes sin alterar la estructura básica. Solamente supo que tenía entre sus manos el rompecabezas definitivo cuando, después de mezclarlo, quiso devolverlo a su posición original. Sudó lo suyo hasta conseguirlo. Y a este sudor, como al cubo, o lo amas o lo odias. Así de simple. El mundo se divide entre aquellos a quienes nos desquicia desgastarnos las yemas de los dedos probando combinaciones — y que nunca llegarán a los 43 trillones de permutaciones que existen— y aquellos que aceptan gustosamente el reto y se enzarzan en una batalla titánica contra ellos mismos sin contemplar otra posibilidad que la de ganar.

Estaba a punto de ver a miembros de esta segunda categoría desenvolverse en su hábitat natural. Para quien no lo sepa, el Calisay Open es el heredero del primer campeonato mundial que organizó el Libro Guinness de los Récords en Múnich el 13 de marzo de 1981, cuando la chifladura por el cubo de Rubik alcanzaba cuotas máximas. En nuestro campeonato se habían inscrito 73 personas, pero aquel domingo solo quedaban los mejores. Había leído en la web que sería una competición oficial que se regía por el reglamento de la WCA (la World Cube Association), de hecho me sentía intimidada por la seriedad con la que se competía en esta especie de ‘deporte’ completamente desconocido para la mayoría.

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El Ateneu Arenyenc era el escenario elegido para los duelos. En la entrada, un hombre con un parecido más que razonable al gigante de Twin Peaks, y que vendía merchandising del cubo de Rubik, me dio la bienvenida a una sala que parecía decorada por David Lynch. Sobre el parquet había colocadas filas de sillas rojas que miraban hacia seis mesas revestidas con telas de los colores del cubo. Todas tenían dos cronómetros que funcionaban con sensores. Al fondo estaba el escenario rojo y plateado con más mesas y sillas encima. En el techo, una lona daba un aspecto circense a la sala.

Estaba prácticamente vacía. Me senté prudencialmente en la segunda fila pero, a los pocos minutos, me cansé de que no pasase nada. Me levanté y le pedí permiso a una mujer para sentarme a su lado. Accedió pero me advirtió de que me tendría que ir cuando viniesen las otras mamás. Cuando le dije que estaba allí para cubrir el campeonato para Código Nuevo, se le iluminaron los ojos. Era la abuela de Berta, la campeona europea de Blindfold, la modalidad de resolver el cubo a ciegas con una memorización previa.

Con tan solo quince años, Berta ya había organizado dos campeonatos en la Facultad de Matemáticas de Barcelona. También había salido en la tele sin presentarse a ningún casting. Los de Got Talent la llamaron. Olga, su abuela, la acompañaba a todos los campeonatos y acogía con gusto en su casa a sus compañeros de hazañas. Estas proezas me las susurraba porque en el escenario estaba teniendo lugar una de las pruebas a ciegas: Multiblind, el máximo número posible de cubos memorizados y resueltos a ciegas en una hora. Berta ha decidido no participar en esa categoría y estaba ejerciendo de jueza.

La siguiente prueba era un plato fuerte: la final de Pyraminx, el rompecabezas en forma de tetraedro. Sentí tambalearse mis nociones de matemáticas aprendidas en primaria. Leí que que había varios cubos, pero no cubos que son pirámides. Los competidores se sentaron en las mesas que había en la pista y otros competidores les trajeron las pirámides mezcladas para que las resolviesen en el menor tiempo posible. Vi sus caras de cerca. La mayoría eran muy jóvenes, incluso niños. Pero allí no detecté a padres que descarguen sus frustraciones sobre sus hijos. Solamente había padres con camisetas con el cubo estampado y a madres que comentaban la jugada.

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Los competidores se arremolinaban alrededor de Berta. La campeona me contó que se estaba preparando para el campeonato mundial en París. Entrenaba dos horas diarias y estaba probando nuevos algoritmos para resolver el cubo más rápido. Primero memorizaba las esquinas y luego las aristas. Acto seguido, resolvía primero las aristas y luego las esquinas. Aquel día discutía con los demás sobre su método. Me presentó a Dario, el campeón de España del cubo de Rubik, y a Álex, que atesoraba el récord de España con los pies. Aunque no me atreví a pedirle que se descalzase, se exasperaba intentado explicarme cómo hacer una cara.

Y entonces, se me ocurrió preguntar cómo habían resuelto el cubo. Todos, sin excepción, habían acudido a los tutoriales de Youtube. Sentí una leve punzada de decepción aunque, eso sí, me dijeron que había alguien que supo resolverlo solo. Era aquel hombre que vendía merchandising en la puerta. Se llamaba Pedro y ya estaba allí cuando se desató la locura por el cubo en los años 80. Por aquel entonces no había Youtube y tuvo que desmontar y montar el cubo miles de veces hasta entender cómo funcionaba. Me comentaron que en su casa tenía una colección de más de mil cubos de Rubik.

Las pruebas a ciegas devolvieron el silencio a la sala. Nada podía distraer a los competidores mientras memorizaban. Antes de volver a competir, Berta repasó una libreta de letras y colores. Se puso los cascos, pulsó el cronómetro, destapó el cubo, lo memorizó, se bajó el antifaz y se puso a resolverlo. Sus dedos se deslizaron por las piezas hasta devolver a cada cara su color. Volvió a pulsar el cronómetro para detener el tiempo, pero lo hizo tan fuerte que lo desconectó. Por suerte, su abuela estaba allí para consolarla. Su reinado se tambaleó durante unos instantes.

Mientras tanto, por las mesas pasaban competidores que resolvían el cubo en menos de diez segundos, a veces incluso a una sola mano. Pero, llegada a este punto, quería ver el momento cumbre de la competición: la final a ciegas. Me acompañaban un grupo de hombres con boinas y bastones que habían cambiado el dominó por aquel espectáculo hipnótico, casi marciano. Como era de esperar, Berta se llevó el oro. La distancia con los demás era de demasiados segundos y minutos. Con una sonrisa pícara, posó con su medalla para la cámara de su abuela y continuó con la entrega de los demás premios. La reina del cubo de Rubik mantuvo su reinado, su amor por el cubo era demasiado fuerte.

Muriel Campistol / Código Nuevo

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