Fuera de la ley, la vida de los hombres infames

Por redaccionnyl el 30/03/2017

Con este título quiso prologar Foucault una antología de documentos de la justicia del siglo XVIII en los que se relataban, con concisión sumaria no exenta del ornamento requerido por la ocasión, una serie de vidas singulares de individuos desconocidos y marginales «convertidas, por oscuros azares -escribía el filósofo francés- en extraños poemas». Algo parecido se han propuesto los editores de La Felguera, pero centrándose en el primer tercio del siglo XX español. Este libro monumental que es «Fuera de la ley. Hampa, anarquistas, bandoleros y apaches. Los bajos fondos en España (1900-1923)» continúa, por decir así, un proyecto de corte benjaminiano en el que La Felguera se ha propuesto sacar a la luz las conexiones entre los saberes de los poderosos y las formas de existencia de los bajos fondos; lo que comúnmente se ha llamado la mala vida.

 
 

Un especialista del asunto, y del momento, Bernaldo de Quirós, la definió así: «La mala vida es un término de calificación de la conducta, un adjetivo que adjudicamos a la de todas las clases sociales e individuos, en cuanto se desvía de la normalidadelaborada por la especie, merced al desarrollo de sus energías, en todos esos ejercicios que se llama la moral, la ciencia, el arte… Pero cuando este término de calificación llega a aplicarse a cierta clase de gentes que, haciendo de los modos reprobados de vivir su profesión y estado, forman grupo, más o menos disgregado del organismo social, se personaliza de improviso, convirtiéndose en el nombre específico de una clase: la clase de las gentes de mal vivir».

Esta clase desclasada forma un conjunto poético y desesperado, desarreglado en el sentido que gustaba a Rimbaud. Seres descomedidos y urgentes, algunos miserables y casi todos excesivos, donde la mezcla de sombría obstinación y cierta perversidad convierte esas vidas en la amalgama de destrucción, derrota y encarnizamiento con la que no es difícil sintonizar, a la manera de Foucault. Porque estas vidas también resultan ejemplares, en el sentido también en que hablara Benjamin del héroe moderno. Y porque esas existencias fulgurantes e infames acaban por conformar verdaderos poemas-vida; una extraña mezcla de belleza y de espanto que, acaso, sea del todo moderna.

Facción caníbal

Ya en un volumen anterior de La Felguera, »La facción caníbal. Historia del vandalismo ilustrado» (autoría de Servando Rocha) se daban las claves de este propósito: la historia ha de ser entendida como un «collage», un montaje casi literario donde los hechos se corresponden y se encadenan unos con otros en un «ritornello» salvaje e hipnótico. «Fuera de la ley» ofrece, en este sentido, un fresco amplísimo y fascinante de una España hosca y bizarra por donde desfilan los anarquistas de Barcelona y la Semana Trágica, los chulos y cabareteras que conviven con el matonismo, la morfina y los literatos de una bohemia lumpen y desclasada, los últimos bandoleros anacrónicos y los ladronzuelos, descuideros y apaches sobrevenidos de un París que aún dictaba las normas de la -mala- conducta.

 
 

Otra Historia de España, desde luego. «Fuera de la ley» es un compendio muy amplio y muy documentado (también gráficamente) de toda esta infamia de arrabal y rebelión que tantos intentaron interpretar (Baroja, por ejemplo) y otros regular, administrar, vigilar y castigar, sino eliminar y recluir. Lo curioso es que, aunque estos marginados y castigados todavía no daban cuenta de sí mismos (faltaba poco para que apareciese Genet), no escasearon, además de las técnicas de internamiento y vigilancia, una cantidad considerable de observadores atraídos y atentos que dieron cuenta, entre la perplejidad, el paternalismo y el susto, de estas conductas, de sus hábitos, sus desdichas y sus disidencias.

Diccionario criminal

Todo esto es lo que «Fuera de la ley» ha reunido, además de un conjunto insustituible de fichas policiales de la época y un curiosísimo diccionario criminal elaborado por la Guardia Civil. «Fuera de la ley» nos ofrece, entonces, todo tipo de documentos y materiales gráficos de medios y escritores o reporteros de la época: Museo criminal, El Siglo Futuro, Nuevo Mundo, La Esfera, Mundo Gráfico, La Acción, Crónica, Solidaridad Obrera… Entrevistas con bandoleros y anarquistas, con golfos, randas, rateros y policías, secretos inconfesables de bandas del suburbio y del matonismo parapolicial, descripciones de cabarets, tablaos, cafés cantantes, casas de juegos, pensiones de mal vivir y burdeles.

Todo ello se vuelve un universo monstruoso, a ojos de quienes analizan desde el exterior las parcialidades de una posición de clase y de poder. Un submundo donde la extravagancia y lo menesteroso colindan enseguida con lo execrable y lo punible, con lo salvaje que se vuelve impuro y abominable, que ha de ser reformado cuando no extinguido. Pero que, sin duda, también atrae, generando un teatro esperpéntico -nunca mejor dicho- donde lo cotidiano muestra su faceta más inhóspita, luciferina y procaz. La atracción del abismo también se siente ante este universo sombrío. Hay incluso algo sadiano en toda esta camarilla que encarna, a menudo a pesar de sí mismos, el espíritu y la soberanía más radical de la negación. Algo que el propio Baroja ya notara, cuando en su “Patología del golfo» lo definía como un individuo de «ideas suicidas: se ríe de la justicia y de la equidad en su modo de ser abstracto, pero respeta al polizonte. Es partidario de Nietzsche sin saberlo”.

De modo que lo que en el fondo aflora es la lucha por la vida, y una crudelísima dialéctica entre todos los resortes del poder y la policía social y los discursos y estrategias moralizantes y los sujetos de una rebelión siempre frustrada contra los ricos y poderosos de este mundo.

Una rebelión que, si seguimos con la perspectiva nietzscheana, no está exenta de toda una intensa alegría trágica que limita a menudo con la muerte y la fatalidad. Un juego complejo y turbio entre la ficción y la verdad innominada, entre las declaraciones forzadas y las parcialidades tácticas, entre las mentiras impuestas y las propias teatralizaciones que, de un lado y de otro, generan todas estas relaciones de poder.

Farsa social

¿Qué hacer, pues, frente a esta herida en que se consume y que consume la sociedad? ¿Qué hacer, en fin, con el golfo? Baroja mismo nos lo muestra en su punto más crítico. Tan ambiguo como, a la postre, cínicamente ejemplar e intolerable: «Una terapéutica: educarlo. Otra higiénica: ahorcarlo. ¡Educar a los golfos! Pero, ¿quién? Los que tengan conocimientos, y sobre todo, un criterio moral, fijo y sano… ¿Y en dónde están esos? En ninguna parte, ¿no es verdad? (…) Se me ocurre una duda. Si los políticos, los directores de la farsa social pudieran y quisieran exterminar a los golfos, ¿no correrían el mismo peligro de exterminarse a sí mismos?».

Violencia insostenible

Así pues, y más allá del afán que, comprobamos con insistencia inquietante, siempre ha tenido el poder -como apuntó Foucault- por convertir en discurso todas estas agitaciones y cada uno de estos pequeños sufrimientos, y más allá también de una aventura -o una desventura- cuyo carácter se torna sin duda de todo punto fabuloso -fábula inimaginable de la vida oscura-, estos documentos de una luminosidad fulgurante y, aún más, lacerante, revelan, en el fondo, una violencia atroz e insostenible.

Y hacen aflorar todo aquello que, ínfimo y molesto, letal y peligroso y que, por tanto, no debía ni podía salir a la luz y debía permanecer oculto, al aparecer, manifiesta obscenamente los grados más bajos y más persistentes de lo real. La realidad cruda y desnuda. Son, en consecuencia, la prueba más evidente de una escalada de tensión y violencia social previa a la Guerra Civil que, al final, se desencadenó, justamente, en la forma de una inmensa masacre colectiva. Fuera de la ley no es otra Historia de España, es la historia de una España otra que, como instancia brutalmente reprimida y tachada, permite explicar, y justificar -en todo el sentido del término- las desdichas y las inmundicias de un país. Como anotaba un articulista de Museo Criminal, “los progresos modernos nos han dado una pátina de civilización, pero las costumbres no han variado; la cultura permanece en vergonzoso estacionamiento, y en cuanto se rasca al español del siglo XX aparece el abencerraje”. Es un artículo escrito en 1904, pero bien podría ser de ayer, o de hoy mismo.

ALBERTO RUIZ DE SAMANIEGO

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