“Estudianta” y otras mierdas que no reivindican a nadie

Por Néstor Luis González el 29/01/2016

Negar que los cimientos de nuestra civilización tienen un marcado tinte machista sería una absoluta gafedad. Sin embargo, al menos en occidente, proliferan las reivindicaciones de las mujeres a un ritmo avasallador.

Tal es el avance femenino en todas las áreas profesionales, que a menudo los hombres se quejan de la facilidad con la que avanzan en sus puestos de trabajo en detrimento de ellos. Además, la cantidad de madres solteras nos han reivindicado más que nunca como una cultura matrialcal.

Ahora el problema: más allá de esos logros, hay quienes pretenden modificar el castellano para que las mujeres no se sientan excluidas. Es en serio. En 2012, la Real Academia Española recibió nueve propuestas para modificar el idioma y hacerlo menos machista. La respuesta fue lapidaria: el catedrático Ignacio Bosque publicó un informe titulado “Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer” en el que destacó que ninguna de esas solicitudes se valió de la participación de un lingüista.

Lo que nos tocó de frente a los venezolanos fue que Bosque usara la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela como mal ejemplo de lo que podría ocurrir si esas propuestas eran aceptadas, pues, según explicó, nadie podría hablar con comodidad en la vida cotidiana de ‘niños y niñas’, ‘venezolanos y venezolanas’ o ‘presidente y presidenta’.

El idioma debe tender hacia la economía para facilitar la comunicación, pero ese desdoblamiento forzado no ayuda ni un poquito más allá de lo que digan o exijan las feministas.

Lo que pasa es que hay quienes creen que el género de las cosas tiene que ver con el género sexual de las personas. No es así. Hay palabras que son masculinas y otras que son femeninas. Resulta que hombre es una palabra masculina y mujer una palabra femenina, así como silla es femenina y escritorio masculina.

“No podemos sentirnos aludidos porque ciertos sustantivos masculinos engloben al femenino y viceversa, sí, y viceversa, porque la humanidad, por ejemplo, incluye a hombres y a mujeres. Pero atención: yo no digo que las lenguas no sean sexistas ni discriminatorias: claro que lo son. Solo que en estos renglones se ha hecho un uso un tanto manipulado”, me dijo el presidente de la Academia Venezolana de la Lengua, Francisco Javier Pérez, el año pasado.

Lo grave es que la política -y el hecho de que casi nadie lea- ha dado poder a quienes pretenden modificar a juro la lengua castellana.

Hay que buscarles la lógica a las dudas antes de aventurarse a criticar a la sociedad toda por machista. Porque, aunque sí existe discriminación hacia la mujer en diversas áreas, decir “ellas y ellos estaban contentas y contentos” es una pérdida de tiempo y de espacio que no reivindica a nadie.

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