Estrellas y pendejos. Cuento erótico de Pedro Juan Gutiérrez

Por redaccionnyl el 02/02/2016

Me gusta masturbarme oliéndome las axilas. El olor a sudor me excita. Sexo seguro y oloroso. Sobre todo cuando estoy caliente por las noches y Luisa anda por ahí buscando los pesos. Aunque ya no es igual.

Con cuarenta y cinco años se me reduce la libido. Tengo menos semen. Apenas un chorrito una vez al día. Comienzo el climaterio: menos deseo, menos semen, glándulas más lentas. De todos modos, las mujeres siguen revoloteando a mi alrededor. Ahora creo que tengo más espíritu. Jajá, yo con más espíritu. No voy a decir que estoy más cerca de Dios. Ésa es una hermosa frase, bien pedante: «Oh, estoy más cerca de Dios.» No. Para nada. Dios me da señales a veces. Y yo sigo intentando. Eso es todo.

Bueno, me voy. Masturbarse uno mismo es igual que bailar solo: primero estás alegre y funciona, pero después te das cuenta de que eres un imbécil. ¿Qué hago aquí desnudo frente al espejo pajeándome? Me visto y me voy. Me pongo ropa sucia, sudada. Hoy estoy asqueroso, definitivamente. Bajo las escaleras y me encuentro con los bobos llorando, en el quinto piso. Son jóvenes, pero bobos, mongólicos, o locos, zanacos, no sé, algo así, subnormales, fronterizos. Llevan años juntos. Apestan a suciedad. Se cagan a escondidas en la escalera. Mean en todos los rincones. A veces andan en cueros en la casa y se asoman a la puerta. Escandalizan, se babean. Ahora ella está sentada en un escalón, llorando a grito pelado. Se le va el mundo en las lágrimas y le dice al tipo: «Yo te quiero mucho, pero así no puedo. Yo te quiero mucho, pero así no puedo. Yo te quiero mucho. ¡Ayyy, tito! ¡Ayyy! Yo te quiero mucho, pero así no puedo.» Él encendió un cigarro, se hizo a un lado para dejarme pasar, y le dijo: «Yo sé que tú me quieres, chinita, yo sé que tú me quieres, chinita.» Y el tipo comienza a sollozar también.

Al menos hoy no se han cagado en la escalera. Lo que necesitan es una rasqueta, un jabón y una ducha fría. Salgo a la luz de las cuatro de la tarde y ahí me detengo: ¿qué hago? ¿Voy al gimnasio a boxear un poco, o a Paseo y 23? La última vez gané veinte dólares en la ruleta rusa. Es buena hora. Seguro que hay alguien por allí. Me voy a la ruleta rusa.

Me gusta caminar despacio, pero no puedo. Siempre camino aprisa. Y es absurdo. Si tengo el rumbo perdido, ¿para qué me apuro? Bueno, seguramente por eso mismo: estoy tan aterrado que corro sin cesar. Me da miedo detenerme un instante y descubrir que no sé dónde coño estoy.

Entré por Las Vegas. Es eterno Las Vegas. Siempre va a estar ahí, es el lugar donde ella cantaba boleros, con el piano en la oscuridad y las botellas de ron y el hielo. Todo. Como siempre. Es bueno saber que algunas cosas no cambian. Me soné dos cuerazos de ron. Había mucho silencio y mucho frío y mucha oscuridad. Tanto calor y humedad y tanta luz ahí fuera. Y tanto ruido. Y de pronto todo cambia cuando entras a este cabaret. En realidad es una sepultura con el tiempo detenido para siempre. Me senté un instante y ya el cerebro se dispara a pensar.

Espíritu y materia. Eso es todo. Me tomo un vaso de ron y ya están enfrentados dolorosamente. El espíritu hacia un lado y la materia hacia otro. Y yo en el medio, fragmentado. Cortado en pedazos. Intentaba entender algo. Pero era difícil. Casi imposible entender algo. Y el miedo. Desde niño siempre el miedo. Ahora me imponía vencerlo. Iba a un gimnasio de boxeo, y me endurecía. Boxeaba con cualquiera y siempre temblando por dentro. Intentaba golpear duro. Intentaba ser arrojado, pero no. El miedo estaba ahí, haciendo lo suyo. Y yo me decía: ah, no te preocupes, todos tenemos miedo. El miedo aflora antes que cualquier otra cosa. Sólo tienes que olvidarlo. Olvida el miedo. Haz como si no existiera, y vive.

Me soné otros dos cuerazos de ron. Estaba sabroso. Yo me puse sabroso, quiero decir. El ron no tanto. Sabía a diesel. Y fui para la ruleta rusa. Me quedaban siete dólares y veintidós pesos. No está mal. He estado mucho peor y siempre salgo a flote.

Había gente en Paseo y 23. Y el Fórmula Uno allí, con su bicicleta. Era buena hora. Casi las cinco de la tarde. Hay mucho tráfico en ese cruce. En todas las direcciones. Nos pusimos de acuerdo. Jugué los siete dólares uno a cinco. Si ganaba eran treinta y cinco para mi. Yo siempre apuesto a que el muchacho pasa. Allí va un negro con mucha plata y cadenas de oro hasta en los tobillos. El muy cretino, siempre apuesta a que el tipo no pasa: «Yo le apuesto a la sangre, acere. Siempre a la sangre, no me tienes que preguntar más na.» Cada vez que coincidimos allí me acepta la apuesta uno a cinco. Así y todo nunca he hecho buena plata.

Hace un mes tuve un récord: gané treinta y cinco dólares de un golpe. Tuve suerte. Delfina estaba conmigo. Cobré, le enseñé los dólares y se volvió loca. Le digo Delfi porque tiene el nombre más jodio de La Habana. Nos fuimos para la playa. Alquilamos un cuarto y tuvimos dos días de fiesta, con comida, ron y mariguana. Delfi es una negra hermosa y provocativa, pero parece que ya no sirvo para esas orgías. Delfi sólo quería pinga, ron y mariguana. En ese orden. Pero yo no podía estar jodiendo siempre. Cuando no se me paraba, Delfi, insaciable, intentaba meterme el dedo por el culo para lograr algo más. Yo le daba unos bofetones y le decía: «Sácame el dedo del culo, negra de mierda.» Y de todos modos seguíamos más y más. Por inercia tal vez. Cuando se acabó el ron y la mariguana y los dólares, recuperé mi cerebro. Todo me ardía: la cabeza, el culo, la garganta, la pinga, los bolsillos, el hígado, el estómago. A Delfí no. Ella tiene veintiocho años y es un tronco de negra, musculosa y dura. Estaba lista para seguir dos o tres días más, sin parar. Incansable esa negra. Maravillosa. Es un prodigio de la Naturaleza.

El muchacho que iba a jugar la ruleta rusa cogió su bicicleta. Tenía un pañuelo rojo amarrado en la cabeza. Era un mulatico muy joven, de quince o dieciséis años. Vivía pegado a su bicicleta. No la soltaba ni para cagar. Era una bici pequeña, robusta, de gomas gruesas, bien niquelada. Vivía de eso. Ganaba veinte dólares limpios cada vez que pasaba. Era bueno. Otras veces hacía acrobacias y también cobraba: ponía diez niños acostados uno junto al otro, en medio de la calle. Se alejaba unos metros, se persignaba, salía disparado y volaba sobre los muchachos. Eso lo hacia en cualquier calle. Donde lo llamaran. La gente apostaba, pero él no. Él cobraba sus veinte dólares y ser perdía. Era vanidoso y le decía a la gente: «Yo soy Fórmula Uno.»

Ahora el Fórmula Uno salió por Paseo, hacia arriba. Hizo unas cabriolas sobre su bicicleta, entre los autos. Daba vueltas, se elevaba en el aire, giraba dos veces y caía en una sola rueda. Era un maestro. La gente lo miraba pero no sabía qué se traía entre manos aquel negrito. Nosotros éramos siete y nos hacíamos los desentendidos en la esquina del convento de monjas, bajo los árboles. No había ni un policía por allí. El Fórmula tenía que esperar la orden de uno de nosotros. En el momento en que pusieron la luz verde para 23, un tipo a mi lado bajó el brazo y el Fórmula se largó como un rayo Paseo abajo. Por 23, hacia La Rampa, había unos treinta autos, muy stressados a esa hora, que se lanzaron a ganar la verde. Y calle arriba, hacia el Almendares, rugiendo y desesperados, otros treinta o cuarenta más. Sumando: el Fórmula tenía setenta papeletas para morir-se aplastado. Y una sola para vivir. Ahí estaban flotando mis siete dólares. Si mataban al tipo, me quedaba en cero. Yo necesitaba que el Fórmula cruzara y ganara sus veinte dólares. ¡Y lo logró! El tipo era una centella. No sé cómo cojones lo hizo. Igual que una mosca. De pronto ya brillaba haciendo acrobacias y riéndose, al otro lado de Paseo.

Vino hasta nosotros riéndose a carcajadas: «¡Yo soy Fórmula Uno!» Cobré mis treinta y cinco dólares. Le di cinco al Fórmula, y lo llamé aparte. Le estreché las manos. Las tenía secas y firmes. Lo miré a los ojos y le pregunté: «¿No te da miedo?» Sacudió los hombros: «Ah, blanquito, no jodas. ¡Yo soy Fórmula Uno, acere! ¡Fórmula Uno!»

Antes de él, allí mismo se mataron cuatro muchachos. No quiero acordarme. Otros dos no tuvieron cojones para lanzarse. Así es. Sólo unos pocos sobreviven: los muy estrellas y los muy pendejos.

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