Esto es lo que aprendí al crecer siendo una ‘marimacho’

Por redaccionnyl el 20/01/2017

Cuando era pequeña odiaba el rosa, llevarlo suponía una cursilada imperdonable, y antes prefería comer calcetines sudados a jugar con una muñeca. Pedía siempre el Action Man que venía con el el Happy Meal porque Barbie era la encarnación del mal, y cuando mi madre insinuaba que me pusiera falda o vestido era como si me exfoliaran con un cactus.

Pasaba de ser niña, y no era la única así en mi entorno: cómo molábamos. Mi infancia como “marimacho”, revolcándome en el patio simulando ser un dinosaurio, fue una infancia feliz y con las cosas claras: quería ser un niño, porque los admiraba. Pero cuando lo pienso en perspectiva, me doy cuenta de todo lo que eso significa y de cuanto le queda a nuestra sociedad para llegar a ser honesta consigo misma y dejar de intentar que los niños sean azules y las niñas sean rosas.

La diferencia entre ser “niña” y ser una niña

Empecemos por donde toca: la vagina de mi madre. La mayoría nacemos con un sexo (macho o hembra) pero sin género (hombre o mujer), que es más bien una patillada histórica y se construye con la cultura y la educación, sobre todo por imitación, en la etapa de socialización primaria. A lo largo de la historia se ha dibujado una línea imaginaria entre sexos que les otorgaba, a cada uno, un género, y de ahí todos los estigmas que ya conocemos (ellos valientes y ellas dulces, ellos rudos y ellas delicadas,…). Si en algunos casos es cierto que “ellas hacen X” y “ellos hacen Y” (generalizaciones cutres en las que nos dejamos caer) es por la biología solamente en un ridículo porcentaje. Pero no vamos a entretenernos analizando esta realidad antropológica (estudios al respecto no faltan, desde M. Apple hasta G. Castellanos), porque quiero ir más allá.

Por suerte, mis padres no buscaron encasillarme en un rol ni me obligaron a ser de una forma concreta. Cuando somos pequeños todos queremos revolcarnos en el barro, correr y saltar porque eso es lo que hace un cachorro humano común. Nadie me dijo que tenía que jugar a las cocinitas en lugar de querer ser Sherlock Holmes (ídolo), así que simplemente me convertí en una niña-niño a ojos de los demás. Nada de pendientes y venga pelearme con todos los chicos de la clase porque quiero ser la más fuerte, más que ellos y que cualquiera. Viendo Titanic prefería ser Jack y morir congelado, que ser Rose y vivir encorsetada.

Esto es lo que resultó de mi infancia ‘libre’. Pero ¿era realmente libre? No. Nadie lo es: a partir de los siete u ocho años, mi entorno ya había hecho su tarea, y aunque había escapado a mi rol social, no había escapado de los roles en sí. Se había construido en mi cerebro lo que significaba “ser niña”, así que ser un tío era sencillamente un plan de vida mucho mejor. De esta preferencia racional me he dado cuenta más adelante, y aunque sea retorcido, me flipa analizarlo.

En mi caso no hubo frustración alguna, tuve la suerte de no crecer marginada, porque mis colegas en la primaria me aceptaban como a “uno más”. Pero me respetaban porque era un macho alfa, uno más de su equipo, el equipo ganador, el que podía reírse de las niñas ‘normales’. Porque ellas no podían hacer todo eso, no les correspondía. ¿Te das cuenta de en qué lugar nos deja todo eso a las mujeres, como género? Y lo más importante: me he dado cuenta más adelante de que no estaba equivocada.

La sociedad me gritaba, a través de las películas y los cuentos con los que todos hemos crecido, que ser mujer me iba a robar muchas cosas de las que disfrutaba. Libertad, aventura, fuerza, independencia. Y os habla la mente de una niña cuya familia progresista europea le dio margen para desarrollar su personalidad; imaginaos lo que esos estigmas pueden hacer en otros contextos. Atención, la división marcada del género no nos oprime solo a nosotras, está claro que a los tíos también les iría bien poder mostrarse más vulnerables, usar los colores que les apetezca y jugar con las Barbies si eso es lo que quieren.

¿Se ha ido Power Ranger a por máscara de pestañas?

Cada historia es un mundo, y ojalá muchas niñas ‘marimachas’ sigan siendo exactamente como les apetece a día de hoy (y las que prefieran el rosa a cualquier color, que lo escojan también libremente). Más allá de lo que haya sido de nuestro niño interior (esto no tiene nada que ver con la orientación sexual, ni con la transexualidad), lo importante es que aprendemos mirando atrás.

Si ahora soy femenina, ¿he “cedido” en mi personalidad a favor de un yo más “mujer” y menos “yo”? ¿o fueron la adolescencia y los despuntes de la sexualidad los que me hicieron ir adoptando actitudes más habitualmente relacionadas con la mujer? No tengo la respuesta. Todavía hoy me doy cuenta a menudo de que no me apetece ser del equipo del “ellas”, tal como la cultura mainstream nos dibuja. Porque qué coñazo, literalmente. Pero ahora no tengo miedo alguno de ser mujer, porque sé que ello también incluye ser fuerte, independiente y molona (modestia aparte).

Estoy segura de que algunas ‘marimachos’ rechazamos en su momento muchas cosas “de niña” porque la sociedad nos impone un papel, y el papel GUAY , del del poder y el del éxito, es el del hombre. Ahora quiero ser mujer, pero no como se supone que debo serlo. Soy “una” mujer, tú eres otra, y está muy bien que nos agrupemos tú, yo y los hombres feministas para conseguir mejoras sociales y caminar hacia la igualdad, sobretodo desde la educación. No le pongamos la zancadilla a la personalidad de los peques y dejémonos de hostias. Ahora corre a maquillarte, que el heteropatriarcado viene a cenar.

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