Este relato de Néstor Luis González te hará contener el aliento (y es una promesa)

Por Néstor Luis González el 22/03/2017

Cecilia

Está cansada y no quiere acostarse. Hace dieciocho días se baña con agua helada para mantenerse despierta porque aparece en el infierno apenas se queda dormida. Me lo dijo llorando. Conozco a Cecilia desde que éramos niñas y ella no miente. Nunca.

 
 

Yo creo que los grandes preferían obviar aquellos milagros para poder soportarlos. Las proezas que hacía Cecilia cuando estábamos en clases eran verdaderos escándalos contra la lógica: porque la niña más pobre de la escuela no podía saber inglés ni francés, ni mucho menos tocar el piano. Pero sí. Cecilia sabía de todo y se expresaba con una educación que desconcertaba. Yo me acuerdo muy poco, pero mi mamá ­–que era directora del plantel- a veces habla de aquella época y de lo que murmuraban las maestras.

Como era de suponer, Cecilia se graduó con honores, fue a la universidad, consiguió un trabajo muy bueno, compró una casa y nunca se casó. En cambio yo, que llegué a ser la más popular del liceo, salí embarazada a los veinte y me dediqué a criar muchachos. Pero nosotras siempre fuimos buenas amigas. Las mejores. Por eso me contaba todo, y principalmente los detalles de lo que ocurría en su otra vida.

Dos vidas. Cuando Cecilia se acostaba a dormir no soñaba, despertaba en ese mundo que era su otra vida: ocho horas de sueño que eran 16 de existencia paralela con otra familia, otros amigos y otro colegio. Me dijo que era rica, que vivía en una casota y que se llamaba Julieta Casale, quien también dormía para darle paso a la pobre Cecilia, hija de Carmencita la que vendía conservas de coco en la puerta de la escuela donde estudiamos primaria.

 
 

Habían pasado veinte años desde la última vez que nos vimos. Me consiguió por Facebook y durante varios meses retomamos la amistad de forma virtual hasta que fijamos una fecha para reencontrarnos. El plan era quedarme en su casa todo un fin de semana armando rompecabezas y viendo películas como en los viejos tiempos. Pero 15 días antes de la cita me llamó: había muerto Julieta, la rica de nacimiento, la que no tuvo que esforzarse. Yo adelanté todo y fui a verla ese mismo día para alentarla y pedirle que me contara la parte de la historia que no sabía.
Cecilia era tan buena de este lado, tan aplicada y tan pobre que cuando despertaba como Julieta Casale sólo pensaba en pedirles a sus millonarios padres la mejor educación posible para salir adelante con esos conocimientos al cruzar la línea. Así fue. Pero después de los veinte, cuando ser Cecilia era puro esforzarse, comenzó a aprovechar de otra manera lo que representaba ser Julieta: fiestas, viajes, drogas, sexo, hombres, mujeres, más drogas, esa enfermedad, y un suicidio porque a fin de cuentas había otra vida para hacer bien las cosas.

Ahora está cansada y no quiere acostarse. Hace dieciocho días se baña con agua helada para mantenerse despierta porque aparece en el infierno apenas se queda dormida. Me lo dijo llorando. Conozco a Cecilia desde que éramos niñas y ella no miente. Nunca.

Nalgas y Libros | contacto@nalgasylibros.com