Escribir como David Foster Wallace. Por Héctor Torres

Por Héctor Torres el 11/09/2017

La escritura es de esas actividades que el hombre adquiere y domina en una misteriosa mezcla de imitación e intuición. Nuestro primer impulso parte de la lectura obsesiva de algún héroe literario, para imitar su manera (pero no su sustancia). Que es como si nos pusiéramos sus lentes con la pueril esperanza de ver lo que ellos ven.

Pasado el tiempo de las imitaciones forzadas, cada vez que nos deslumbramos ante un autor tendemos a detenernos ante sus textos como lo haría un sastre frente a una pieza confeccionada por un maestro, con una mezcla de desconfianza, envidia y placer.

Me sucedió recientemente con David Foster Wallace. Estas notas tienen el objeto de asentar algunas conjeturas acerca de lo que podría ser su visión del mundo, a partir de una relectura de “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer”.

Para escribir como David Foster Wallace, hay que ser capaz de aceptar un encargo de una revista muy chic para hacer una crónica de un paseo en un crucero 7NC y no sentir el más mínimo respeto por lo que el cliente espera de ti y lanzarse, en cambio, la más divertida, descarnada, penetrante e irreverente crónica no ya de los excesos que encarnan la experiencia de un crucero por el Caribe, sino de la naturaleza de eterno Niño Insatisfecho que lleva consigo el norteamericano medio. Supone encontrar el lado más oscuro, perverso y desquiciado a esas actividades que la gente común considera no sólo maravillosas, sino unánimemente deseadas.

Para escribir como David Foster Wallace hay que volverse un experto en visibilizar la estupidez del hombre medio, demostrar la futilidad de sus actos y la vacuidad de unas vidas empeñadas en regalarse placeres que nunca serán suficientes. Se requiere tener la agudeza, la obsesiva angustia de ver las costuras a todo lo que, por ser universalmente aceptado como placer, pasa inadvertido para personas poco dadas a echar un ojo dentro de la vida cuando se apagan los reflectores y se abandona la sala.

Se requiere, también, sentirse poco a gusto entre las gentes y luchar contra la tiranía de lo vulgar, usando la más peligrosa de las herramientas: un sentido del humor tan oscuro y filoso que mueve a risa en tanto más desesperantes son las situaciones que plantea. Y dejarse llevar por su monstruo interior para luego destrozarlo sin contemplación. E ir a contracorriente, vivir resignado en ese territorio del fuera de lugar, ser obsesivamente minucioso y poseer una inteligencia endiabladamente aguda.

Para escribir como David Foster Wallace, hay que entender que la vida se hace cuesta arriba en tanto más la entiendes y que ser capaz de reírte de ti mismo es la única forma de salir más o menos ileso de cada trampa con la que anestesiamos la vida.

Para escribir como David Foster Wallace hay que dejarlo todo (sin compromisos con terceros ni temor a defraudarlos) en cada línea, porque el día menos pensado te alcanza el definitivo “no más” y decides suicidarte.

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