El suicidio y Michelle. Por Enza García

Por Enza García el 10/03/2016

Estaba en el carro con mi sobrina de catorce años, cuando se explayó a contar que un grupo de su salón tuvo la genial idea de llenar con chicha un preservativo y pegárselo en el morral a una chama, mientras se reían de lo lindo.

Guardé silencio y reventó la indignación. Entendí que había llegado el momento de hacer un ejercicio de memoria:

Al día siguiente le pregunté a Michelle si recordaba que en mayo de 2004 me llevaron a Emergencias porque me había zampado un frasco de Tafil (más o menos sesenta pastillas). Michelle, por supuesto, se sorprendió. A nadie le gusta hablar del suicidio, menos a una chiquilla como ella, que siempre se ríe de todo. Rememoré los eventos de ese día, y al borde del llanto, solo alcanzó a preguntarme que si estaba loca.

Antes de que relatara la broma del preservativo, también soltó que una niña del salón tenía problemas en casa tras el divorcio de sus padres y que todo el mundo sabía que se andaba cortando el brazo:

-Qué fumada, ¿para qué carrizo lo hace? –agregó Michelle en ese entonces.

Esto y aquello me llevó a iniciar esta conversación tan difícil. Yo, ciertamente, no tengo mucho problema para hablar de ese día: después de ir al psiquiatra y llegar a la conclusión de que no quiero matarme (porque no es lo mismo querer matarse que querer morirse), he comprendido que parte del proceso consiste en hacer las paces con la idea, asimilarla como una realidad: la muerte es sobre todo nuestra y a diario comerciamos con ella, desde el miedo de salir a la calle y no volver, hasta fabular en su nombre e invitarla. Pero tener semejante conversación con mi sobrina, y al ver que por primera vez me miraba con miedo, me destrozó. Pero el instinto me indicaba que hacía lo correcto:

Le expliqué, entre otras cosas, que fui muy infeliz en mis años de bachillerato: que mucha gente se burló de mí, que me sentí fea y gorda, que mis padres en ese entonces no sabían cómo hablar conmigo ni yo con ellos, que todo el mundo hacía chistes hirientes sobre la música que me gustaba y sobre los libros que leía. Y sobre todo, QUE TODO EL MUNDO ME DIJO QUE JAMAS SERÍA ESCRITORA EN ESTE PUTO PAÍS. Le confesé, que si bien no me cortaba, sí tenía otras formas de lastimarme, hasta que los problemas fueron tan poderosos una tarde (y es cierto que los problemas iban más allá de lo que aquí explico), que engullí aquella bola de pastillitas y me senté a esperar: por suerte, sentí un miedo más grande que todo el que había sentido en diecisiete años, y corrí hasta mi hermana Lily antes de caer inconsciente. Después de eso no recuerdo nada, hay un hueco perfecto de silencio, casi envidiable. Veinticuatro horas después abrí los ojos, y Michelle, de cuatro años, me trajo una bolsa de galletas que ella misma tomó de un anaquel en el supermercado, «para que Enza se sienta mejor», según relató mi hermana. Pues resulta que mi sobrina no recordaba nada de eso, y su cara de horror y lágrimas terminaba en la misma pregunta.

¿Por qué? Sigue siendo a pesar de los detalles que sé de memoria, una pregunta imposible de responder. Pero mi intención al contarle esto a Michelle era ofrecerle una perspectiva diferente: que la gente sufre, especialmente cuando es tan joven y no sabe cómo hablar ni pedir ayuda, como tal vez sea al caso de la niña de su salón que se corta o de la gente de la que nos burlamos gastándole bromas infinitas donde ellos no se ríen con nosotros sino que sufren, acumulando resentimiento y dolor.

Uno a veces cree que los niños y jóvenes no tienen alma. Que no pueden entender ciertas cosas y que es mejor permitir que las ignoren. A veces tenemos flojera y no movemos un dedo para educar. O de pronto resulta más fácil hablar sobre control de natalidad que sobre suicidio con una jovenzuela de catorce años. Se conjugan varios elementos. Después de explicarle lo infeliz que fui, le pedí que pensara en las cosas que la asustaban o la entristecían y que empezara a poner a los otros en su situación; que pensara que burlarse de los otros no es igual a reírse con ellos. Le juré que ya no me hago daño, que en lugar de eso, también le tengo mucho miedo a la muerte y que por eso escribo sobre ella. Le pedí que pensara que la inocencia o la ignorancia no son excusas para ir tan lejos y aplastar a los otros.

Estudié en el mismo colegio que ella, una institución privada que recibe a los hijos de la clase media. Puedo decir que ahí me sentí ofendida no solo por mis compañeros. También profesores o familiares me hicieron sentir un chiste o una rareza porque me gustaba leer o Beethoven, o porque no era bella como las otras niñas que se preocupaban por serlo de cierta manera específica.

Escribir esto es una manera de recordarme a mí también que tenemos que bajarle dos a la indolencia. Nada puede estar bien en nosotros si nuestra felicidad depende de que el prójimo ande herido. Ah, y está bien ponerse triste y no saber qué hacer, tampoco podemos permitir que los otros nos digan cuál es límite de nuestra confusión: presiento que hasta para estar tristes debemos sentir orgullo y respeto por nosotros mismos. El venezolano tiene por costumbre ofrecer consuelo con una frase de oro: no le pares bola a eso. Bueno, resulta que no funciona así.

Ahora escribo esto y ella y su hermano tienen un desorden en la sala de mi casa. Me hacen señas para que vaya a jugar. No quiero que nadie les haga daño pero tampoco puedo permitir que ellos se conviertan en los villanos del cuento. Ya. Eso es todo.

Le confesé a Michelle que una vez por poco me mato y al final dijo que por suerte no lo hice porque un día iremos a París.

Por ahora me ha salido bien el negocio de seguir viva.

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