El secreto de la sonrisa vertical: la masturbación femenina

Por Aglaia Berlutti el 06/05/2016

La palabra surgió en mitad de la conversación de manera inesperada. Me refiero a que, nadie estaba hablando de sexo ni mucho menos. Conversábamos de cualquier otra cosa de hecho, esas conversaciones generales que quedan bien en cualquier parte. Y de pronto, alguien dijo la palabra “mastubación” y todo el mundo guardó silencio. ¿Tensión? no lo creo. Todos eramos adultos rebasando la treintena, así que dudo que a alguien pueda sorprenderle escuchar aquello. ¿Humor? podría ser. Escuché risitas nerviosas y varios de los presentes intercambiaron miradas burlonas. Pero en realidad, ninguno de los que estábamos allí, supo porque la palabra impuso ese breve fragmento de desconcierto. O quizá sí y por eso, nadie dijo nada en un par de significativos segundos. Porque la masturbación es el secreto más viejo de toda cama, de cualquier hombre o mujer sexualmente activo y también de los que no lo son. Porque la masturbación pasó de ser un mito susurrado a una especie de espectáculo silvestre que demostró – y demuestra – el poder del sexo: esa necesidad del placer por placer, de la satisfacción sin culpas y sin otra intención que de explorar la sexualidad con absoluta libertad.

Escuché la palabra masturbación siendo una niña y no la entendí. En realidad la leí en la novela Emmanuelle de la autora Emmanuelle Arsan, que me había robado del anaquel de la biblioteca de mi tio que se suponía yo no debía saber. Era una edición hermosa de la novela, de la vieja colección “La Sonrisa Vertical” de las que muy poca gente se acuerda. El caso es que comencé a leer la novela sin saber de que se trataba y me sorprendió lo que encontré en ella. Tenía alrededor de doce años y no tenía mucha idea sobre sexo ni tampoco una desmedida curiosidad sobre el tema. Lo normal, supongo. Los besos en las películas. Los besos de las parejas de adulto que conocía, pero intuía que había algo más. EL SECRETO, digamos, que parecía flotar en las conversaciones de mis primas mayores y adolescentes que no se terminaban si yo estaba presente y en las escenas de mis películas favoritas. Me intrigaba que pasaba entre el beso apasionado y la escena de la pareja, tendida semi desnuda sobre la cama. ¿Que ocurría que justificara esa expresión? ¿La respiración agitada? ¿La piel sudorosa? ¿La sensación de un secreto bien guardado entre dos pieles? Pasarían algunos años para que viera por primera vez una película porno y unos años más para que yo misma viviera la experiencia, pero a mis diez años, la idea me sobrepasaba, me electrificaba. Quería saber.

Eran tiempos sin internet o al menos yo no tenía mi casa. Yo tenía libros. De manera que me robé uno de los misteriosos libros del peldaño superior de la biblioteca y comencé a leerlo. Y no me respondió todas las preguntas claro, pero si me dio algunas otras. Porque la primera gran escena sexual de Emmanuelle es una larga, exquisita y sensual masturbación que disfruta la protagonista en pleno vuelo transatlántico hacia Paris.

Por supuesto, tampoco era del todo inocente al leer por primera vez sobre el tema. Uno escucha uno que otro comentario, donde “no debe” tocarse y donde “si deberías pero cuando seas más grande”. Y también te has tocado probablemente, contra todo consejo, amenaza y temor. La sensación te confunde, te asusta un poco…pero no lo suficiente para no volverlo a hacer. Te preguntas que está ocurriendo y si estás haciendo alguna cosa “anormal”. Pero no te lo parece tanto. Porque la sensación es buena…más que buena es distinta, dura de comprender, pero deliciosa. ¿Deliciosa? que palabra tan ridícula para definir el miedo de lo que no sabes, tan poco cercana a esa sensación salvaje que nace entre las piernas, que se enrosca, se encorva, se eleva. Habla. Porque la masturbación dice tantas cosas que si puedes escucharlas, el mundo cambia para siempre. Te habla sobre tu cuerpo, lo poderoso de la piel recién nacida. Y tu poder. La capacidad de crear y maravillarte de ese secreto que habita en “ese” lugar que tanta gente considera “pecaminoso”, “Sucio”, “escondido”. Y te sorprendes que eso que esconde, el secreto que guarda tu propio misterio, es placer puro.

De manera que si sabía lo que ocurría entre Emmanuelle, salvaje y bella y el desconocido pasajero que la tocaba, que la hacia gemir y gritar. Lo que me sorprendió fue comprender que alguien más lo hacia, que alguien más sabía el secreto y que eso, tan inquietante que hacia gritar a la mujer del libro y que a mi me había asustado, era placer. Era sexo. Era bondad, era creación, era algo gigantesco, como una idea que brota con dificultad de tu mente, como si siempre lo hubiese sabido, sospechado, deseado. Paladeé la escena, asombrada, entre sonrisas, maravillada con la plenitud de Emmanuelle, con sus ojos entreabiertos en la oscuridad, con su libertad. Porque se trata de eso ¿Verdad? La masturbación es libre, la masturbación es esa linea invisible que se muestra y se esconde, lo que necesitas, lo que habla tu cuerpo, lo que escuchas en él. Es poder, en definitiva, un poder tan enorme que desconcierta, que golpea una región de tu mente tan intima que no tiene nombre. Allí, donde habita lo salvaje. Allí, donde habita el misterio del sexo, esa conexión enorme del yo y algo tan difuso como elemental. Deseo.

Una vez escuché que solo el 60% de las mujeres se masturban, lo cual equivale a decir que el 40% no lo dice. Porque dudo que alguna mujer no haya despertado alguna vez en la mitad de la noche para mirarse con los dedos, para tomar una bocanada de aire y hundirse en si misma. Cuando me obsesioné con el tema – porque me obsesioné con la idea por años – e investigué y comencé a preguntar, encontré un mundo femenino desconcertante. Un mundo que no tiene el menor parecido con la masturbación masculina, esa otra cara de la moneda del mismo tema. Porque para la mujer, es un enfrentamiento contra la norma, contra ese deber ser que subsiste en algunas regiones de la memoria. Porque para buena parte de la cultura, la mujer no se masturba. La mujer no necesita masturbarse. La masturbación de la mujer es un deseo, una idea. Y quizá el acto de furia más fuerte al que una mujer puede enfrentarse. Porque durante siglos, la mujer no era sexual, no ambicionó el sexo, no disfrutó del placer. La mujer era esposa, era madre, era hija, era feligrés. Pero la mujer no era salvaje, ni tampoco indómita. O al menos que el hombre supiera, al menos que el hombre pudiera imaginarlo.

Yo sí puedo. En ocasiones, sonrío ante la imagen de las hermosas damas del Renacimiento, apretadas en vestidos y sopores, encontrando el camino del placer en su propio vientre. Sin un hombre que aguardara por ella, que tomara las decisiones. Placer por placer. Pequeños gemidos de labios mordidos. Y la alegría, esa alegría de lo que No se debe hacer, de lo pecaminoso, de lo que se esconde. Me las imagino sonriendo en los mercados, a las campesinas de tocados tirantes, a las Damas de alcurnia envueltas en pieles, sonriendo. Todas, caminando a unos pasos detrás de marido. Pero fuertes, el poder de comprender tu cuerpo, de la lengua secreta que el deseo femenino parece crear.

Por eso, no me sorprendió cuando entre el grupo de amigos, las primeras en reír ante la palabra “masturbación” – venida a cuento sin que nadie supiera porque – fueran las mujeres. La carcajada cómplice las rápidas miradas de comprensión. Libres, con el secreto del placer tan cercano a la superficie que parece ser evidente, sin serlo. También reí, por supuesto, a carcajadas, mirando a los hombres del grupo observarnos sorprendidos, sin saber exactamente que producía aquella hilaridad. Y es que en la tribu de mujeres, en ese circulo de Diosas mudas que habita en cada mujer, el sexo está más allá de todo control, es salvaje, es el palpitar de la entrepierna, la humedad del sueño, la búsqueda de respuestas. En la oscuridad, en el silencio, en el placer, en esa necesidad de gritar: lo deseo, luego existo.

La niña que fui, se subió de nuevo a la silla para alcanzar otra vez el último escaño de la biblioteca y volver a leer Emmanuelle. La adolescente que fui, miro la oscuridad y el placer la recorrió, le reveló ciertos secretos incompletos que necesitaría años para conocer completos. Y la mujer que soy ríe a mandíbula batiente entre amigas, las que se comprenden, la que llevan también el pequeño secreto a todas partes.

El valor de la simple lujuria.

C”est la vie.

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