El placer perdido de una puta. Una crónica de Uriel Ariza-Urbina

Por Uriel Ariza-Urbina el 04/01/2016

1

“La primera vez que lo hice como puta no sabía qué hacer, excitarme, fingir o dejar que todo pasara. Pero siempre me venció el placer”, recuerda Liliana Ele, una exreina de belleza, modelo y actriz secundaria de cuarenta y ocho años, con cuerpo de veinte y alma de niña. Cuenta su vida sentada en el sofá marrón de su apartamento del exclusivo barrio Los Rosales, en Bogotá. Con serena madurez, natural frescura y una sonrisa que nunca se va de su rostro.

Va a la cocina y prepara el primer café con entusiasmado esmero y un caminado de genuino ritmo seductor. Va con ella a todas partes desde su adolescencia caribeña. Lo heredó de su abuela cartagenera, una bailarina que enloqueció a la ciudad con sus caderas exuberantes en los años cuarenta. Las mismas caderas que, aún inmaduras, provocaron a un amigo de su padre de treinta y cinco años que la acorraló hasta violarla cuando tenía catorce. Una y otra vez. Ella prefiere no usar la palabra violación sino hacer el amor con brusquedad.

El sol entra por la ventana. Parece desnuda con ropa: pantalón beige con fajón negro, blusa negra manga larga sin escote, zapatillas marrón, aretes discretos, un par de aros en su muñeca y un reloj grande. Regresa con dos tazas de café que parecen derramarse con el meneo de su cuerpo. Alta, carnes firmes y senos grandes y de suave caída natural, piel de leche, cabello largo y negro brillante, ojos de mar, mejillas rosadas, labios que se tornan rojos cuando habla. No lleva maquillaje. Distorsiona su rostro cuando lo hace. Una delgada línea negra bordea sus ojos. Una hembra. Lo sabe.

—¡Ajá, dime!, ¿Qué es una hembra para ustedes?

Lee con facilidad la mente de quien la mira y se anticipa con una pregunta. Toma un sorbo de café y deja su rostro expuesto. Intimida. Está detenido en un solo sentimiento: la sensualidad. Un artíficio de la evolución que recuerda inconsciente la expresión de la excitación sexual: mirada vital con pupilas dilatadas, labios hinchados de sangre y entreabiertos, huequitos de la nariz visibles, pómulos sonrosados, una invitación al placer que hace olvidar los atributos del alma.

Mientras hablamos tonterías aparentes, para desviar la atención sobre lo que es evidente, siguen sucediendo cosas…

No lleva perfume. Es extraño. Una mujer como ella siempre huele y se le busca un olor. Tal vez el olvidado olor del amor. Emana un rastro lejano a galleta de vainilla. Es el aroma de una madre amamantando en su lecho. Es grato. Es el olor que envuelve la conversación cuando el olor del café ya no está. Entonces su piel va entrando en el calor de la conversación y empieza a soltar otro aroma que la envuelve con fuerza. Una brisa cálida que solo puede aliviar entregándose sin remedio al placer. Su propio placer. Se ama su cuerpo, como si fueran dos. Ese olor es su perfume natural. Su olor de hembra. Por eso nunca lleva perfumes, y en su apartamento no utiliza fragancias para que cada cosa desprenda su propio olor. “Su alma”, como dice.

Su refugio es un lugar del que emana un sutil vaho de varias esencias imprecisas, y mueve el ánimo de un lado a otro. Solo el aroma del café devuelve la compostura a la conversación.

2

Sus gestos son suaves y casi infantiles. Habla en un tono cordial mitad caribe mitad paisaje cafetero, propio de sus raíces. No alardea de su exceso femenino. No emplea jerga vulgar ni tiene el desparpajo machista de la prostituta común. Ella era una puta inusual. Usaba ropas discretas, pero es inútil: es de esas mujeres que al vestirse con cualquier trapo no hacen más que recordar lo que ocultan. No se parece a la conocida “prepago”, la nueva prostituta colombiana que oferta la sexualidad con alardes grotescos para atraer a una clientela dominada cada vez más por un insaciable apetito de goces eróticos. Liliana, la puta, dice que jamás sobreactuó la sexualidad. Liliana, la mujer, dice que lo de ella es el deleite sensual. “Soy la misma puta que fui, la mujer fascinada por el sexo, pero ahora me disfruto yo misma”.

A Liliana no le agrada memorar su vida de prostituta. Lo hace con un esfuerzo que le tuerce su voz inocente. Desea deshacerse de esa memoria. *Se hizo puta por puro placer, pero a un precio que casi la lleva a la muerte muchos años después. Lo supo a los catorce años cuando el amigo de su padre la miraba con deseo. “El cuerpo me temblaba, aunque nunca lo veía a los ojos”. En las noches lo imaginaba encima de ella. “Una vez me masturbé pensando en él, con rabia, y fue delicioso”.

Al verlo sentía una rara sensación entre escapar y someterse. Un día quedó sola y él empezó a tocarla. La arrastró a un cuarto de abono de boñiga y entre el forcejeo y los arañazos la desvirgó entre la inmundicia. El vaho de la boñiga le recuerda con intensidad aquel día. “Iba a mi casa cuando estaba sola y lo hacíamos como si fuera otra violación, y eso me atraía”. Hoy le duele contar esa historia.

Nunca pudo tener un novio de su edad. Le atraían los hombres adultos, sobre todo aquellos que les parecían más atrevidos y rústicos. “Me di cuenta que ya no podía vivir sin tener sexo todos los días, y si no encontraba con quién hacerlo me masturbaba”. Pensó entonces que era una puta. Pero no se imaginaba ofreciendo sexo por plata. No la necesitaba. Era de padres pudientes. Lo de ella era la conquista del placer. Solo tenía que salir a la calle, bañarse en un río o ir a una fiesta para tener sexo. Cada vez quería hacerlo más y más veces, pero los mismos hombres que se morían por ella terminaban huyédole. Los intimidaba con su belleza y sus ansias desaforadas.

Una sucesión de eventos la sometieron más tarde a una vida de la que quiere olvidarse de una vez por todas. Por ratos cuenta su historia llorando, recriminándose, respirando profundo, lavando sus pecados, meditando hacia la ventana… Cuando le sobraba el dinero de su trabajo como modelo y negocios de finca raíz, le prestó hasta el último centavo a la persona equivocada. La solución para recuperar sus más de 300 millones de la época era irse a los Estados unidos a servir de enlace de las mafias, mientras ejercía la prostitución y hacía películas pornográficas baratas.

No quiere hablar de su vida bajo el formal rigor periodístico para parecer una víctima que reclama justicia, ni una prostituta arrepentida buscando redención en Dios o el perdón de su familia y la sociedad, en un país en el que se cometen las más degradantes agresiones sexuales a mujeres y menores de edad, sin que la justicia pueda atajar la impunidad. “En varias ocasiones me han pedido que cuente mi historia, pero lo único que quieren es que denuncie nombres para hacer su periodismo morboso”. A la mierda con eso. No me interesa”.

Quiere conversar con alguien ajeno a su intimidad sobre su vieja debilidad por el sexo, porque dice que ya no le importa la fama ni estar en los medios. Vive bien, no hace dietas de sacrificio y come de todo, tiene suficiente dinero para las cosas materiales justas, y sin perros ni gatos para usarlos como excusa a la soledad y a la falta de afecto y amor de las personas “…y sin compartir la amargura y la hipocresía de nadie”, agrega. Desea hablar sobre su particular manera de ver la sexualidad. El sexo es su religión. El cuerpo es su altar. Y su rezo es el orgasmo: su alimento diario. “Es nuestro sentimiento más poderoso, y si no tenemos buena relación con él, la vida es un infierno”, dice.

3

—Esa sensación entre el deseo y el rechazo de tu violación ¿regresó después?

—Sí. Es lo raro. A pesar de ser un acto violento y humillante, a una le sucede algo extraño cuando tratas de olvidarlo, la imagen te persigue, una vuelve a sentir ese deseo, te asustas, te excitas.

—Por eso te violaron varias veces… (llora duro hasta que puede contar esta parte)

—La primera violación fue genuina, pero las otras dos las provoqué. Fue en Medellín, en un cajero en la madrugada. Salía de una cita frustrada. El hombre con el que estaba se acobardó…en fin, había dos hombres desagradables, uno adentro y el otro esperaba. Entré sin permiso y no sé qué le dije al tipo cuando empezamos a discutir; el otro entró y en esa lucha…en un abrir y cerrar de ojos y entre palabras vulgares y jadeos me bajaron el yin y me lo hicieron contra la pared.

—Cualquiera diría que tu manera de asumir la sexualidad no es sana.

—Así es. A nadie le gusta que la violen, pero una vez te lo hacen no hay vuelta atrás. O te hundes en la miseria más horrible y empiezas a morir, o piensas que después de todo fue sexo, y cedes de nuevo. De todos modos, me gusta hacer el amor con fuerza, fuerza sexual, no violencia, porque estoy convencida que el sexo tiene más de crueldad que de ternura.

—¿Y todos te lo hacen con esa fuerza?

—¡Jajajajaja…!, ninguno, bueno solo uno y después de haber dejado la prostitución, hace unos seis años—. Suspira. –Creo que se intimidan al verme desnuda, por eso de que soy una hembra. La mayoría de los hombres son muy pendejos, pura bla bla bla”.

—¿Y las mujeres?

—Me acosté con varias, pero no soy lesbiana. Hoy me da asco. El sexo es de hombre y mujer. La mente termina rechazando lo que no es complementario. Pero hoy los hombres son un fiasco. Lo mío es un macho, aunque cada vez son más raros. Los hombres de hoy se han afeminado y quieren parecerse a las mujeres. ¡Qué horror! Si son bien parecidos, son delicados y buscan una novia bonita y delicada y terminan como hermanitos tontos, porque olvidan sus deseos. Si son feos y ricos se llevan las mujeres más hermosas para disimular su impotencia o sus mariquerías, mientras sus esposas disfrutan el dinero y la posición, pero el precio que pagan como mujeres es su frustración. Y los hombres del poder se vuelven abstemios y amanerados. Estuve con muchos de ellos, son un desastre.

—Y cuál es tu tipo?

—Me quedo con el hombre común y descomplicado que usa ropa gastada por el uso y no por la moda, ese que todavía ríe mientras se rompe los cojones para ganarse la vida; ese que conquista a una mujer sin aparentar, al natural, sin la pantalla de la vida virtual. Ese hombre tampoco sabe qué es una hembra, pero la sabe gozar.

—Pero algún hombre, de tantos como dices, debió “moverte el piso”.

Se derrumba y, por primera vez, su dulce sonrisa se desvanece. Parece una niña regañada.

—Solo uno, y no era un cliente. Tuvimos una relación de apenas un mes, pero muy intensa. Deliciosa. Única. Hicimos lo que cualquier pareja hace toda una vida. Tenía la misma pasión que yo. Era lo que estaba buscando. El mejor regalo de mi búsqueda sexual y espiritual, pero se fue por motivos ajenos a los dos. Nada es perfecto en la vida. Ni mis orgasmos.

—¿Una prostituta sabe más de hombres que una mujer común?

—Bueno, no recuerdo a un solo hombre (excepto el que te dije) que me haya dicho algo interesante de la vida ni del sexo; y conocí toda clase de hombres. Conocí sus olores, sus fortalezas, sus debilidades, sus mentiras, estupideces y sus miedos. Siempre me intrigó qué pasaba por sus mentes cuando me gozaban, y si era lo mismo que yo sentía. Es en el sexo que se conoce a la gente. Lo demás es bulla.

4

Del café pasa al vino. Muestra el resto de su apartamento de colores amaderados y sin metal, con interior de ladrillos, paredes blancas, matas, mucha luz natural y pequeñas antigüedades eróticas que fue coleccionando en sus viajes a Europa, el Medio Oriente y Suramérica: La Venus de Lespugue, el David de Miguel Ángel, huacos incas, tabletas de arte sexual hindú y decenas de figuritas en madera del Kamasutra. En el pasillo hay una figura blanca que sobresale como antesala a su alcoba: una réplica del dios Pan copulando con una cabra, la escultura que hace unos años escandalizó a los británicos.

Su habitación es un remanso. Hay más silencio que en el resto del apartamento. Ella también hace silencio. Un somier espacioso de cubrelecho beige con almohadas blancas, domina. No hay televisor ni aparatos eléctricos, y en la pared una fotografía en blanco y negro con la silueta de un hombre y una mujer desnudos. En una mesita hay más esculturas diminutas y frasquitos con aceites aromáticos. En una repisa, varios libros: Cien años de soledad, El amor en los tiempos del cólera, Del amor y otros demonios, Memoria de mis putas tristes, El perfume, El Zen, La mujer desnuda y el Kamasutra.

La luz es tenue. Sale de velas aromáticas de sándalo y un tibio resplandor desde el ventanal corredizo con balcón, matas y una vista al frío verde del cerro. Abre una hoja de la ventana, alcanza una ramita de una planta y la restriega entre sus dedos. Huele. Me deja oler. Es el exudado sexual masculino de la pubertad. Un arbusto silvestre del Caribe que exhala su ‘carácter’ en el verano de junio. Lo aspira con sublime agrado. Fue el olor de su juventud. Y el de ahora. Liliana aspira de nuevo su mano y cierra los ojos. “Solo desprende su alma con el calor”, dice. Al salir señala su plácida cama vacía: “Ahí termina todo, para pobres y ricos”.

El estudio está repleto con retablos de músicos, escritores y mujeres hermosas de la historia. U2, Pink Floyd, Cat Stevens, Coldplay, Rafael Escalona, los Gaiteros de San Jacinto. Gabriel García Márquez, Dostoyevsky, Marguerite Duras, Milan Kundera. Cleopatra, Helena de Troya, Claudia Cardinale, Ursula Andrews, Catherine Deneuve, Mónica Bellucci, Sophi Marceau… Ama cada una de estas imágenes y las muestra con orgullo como si fueran su familia. Su familia está en un retrato pequeño en un rinconcito. Su padre, su madre y sus hermanos. En otro retrato está su única hija con un niño de brazos, su nietecita. Su hija nació de la violación. Hoy parece su hermana.

Vive sola en un acogedor lugar al que a veces no alcanza a llegar el ruido del mundo de afuera. “Me la paso íngrima, pero no sola, que es distinto. Disfruto días enteros sin tener contacto con nadie. Son los mejores días”. Cuando hace buen clima en Bogotá, Liliana suele andar desnuda como Eva en el paraíso pero sin ningún Adán que la persiga; sin embargo, es de las pocas ocasiones en la que no piensa en sexo. Siente ganas de leer, escuchar música y hacer asanas yoga. “Sueño con irme a vivir el resto de mi vida en una cabañita al lado del mar y retozar sin ropa con mi hombre; dejar atrás por fin este mundo frío, hipócrita y cursi en el que vive la gente hoy”.

En la sala retoma la conversación como una niña que juega al papá y a la mamá. También podría escribir un manual sobre las mil maneras de hacer el amor y los sitios más extravagantes. Desde embadurnarse con mangos y hacerlo encaramada en el mismo palo, en el baño de un avión de Bogotá a Miami, debajo de las cobijas a medio lado con personas alrededor, en medio de una pelea de boxeo en el “Caesar Palace” de las Vegas o en un muro abandonado en la noche fría de Bogotá. Advierte que no se siente orgullosa de cómo lo cuenta, es solo parte de su catarsis para olvidarlo todo, casi con la inocencia de una niña. La niña que siempre parece ser.

—¿Crees que una prostituta goza su trabajo?

—Muchas piensan que sí, pero no creo. En realidad, es lo que rodea tu vida como puta lo que te excita, el dinero, que te llamen, pero en la cama muy pocas gozan porque se cruza con tu intención de complacer. Sentirte puta es lo que te emociona. Y es lo que te destroza tu alma después. Es lo que te hace sentir sucia, una basura. Cuando lo haces solo por la plata se te nota y no duras mucho tiempo hasta perder el último cliente. Eso no le gusta a ningún hombre y mata el placer. Hablar de “biyuyo” (dinero) en la cama es un sacrilegio. Mi placer de puta fue mi dicha de mujer.

Su caso es excepcional, porque supo combinar trabajo con placer dejándose llevar por sus instintos y ayudada por su irresistible carácter de niña grande y su inseparable sonrisa. “Todas fingen. Yo nunca lo hice. Una vez me enganchaba al placer… Lo demás llegaba solo. Siempre era yo, tal cual. No sé cómo lo hacía, pero siempre buscaba satisfacción, hasta con el hombre más repulsivo y torpe. Los usaba como ellos a mí”. Sin embargo, casi siempre salía frustrada y por eso se acostumbró a llevar consigo un pequeño vibrador de pilas para que acabara lo que los hombres no terminaban. Aún lo carga como amuleto. Es su cruz.

5

—¿Hay alguna diferencia hacerlo con alguien que amas, a una persona con la que no tienes vínculo emocional?

—Mira, te gusta alguien, te enamoras, estás loca por él, pero si en la cama las cosas no van bien, ¿crees que una pueda amar? Sin buen sexo, el amor no es amor. Es compasión. Le puedes llamar amor, pero no lo es.

—¿Tienes algún ritual especial, un alimento preferido, música o lugar favorito?

—No. El ritual mata la sorpresa. Siempre hay que hacer algo distinto, cambiar la hora, todo, para que la mente no se acostumbre. Preparar el sexo no tiene sentido; lo que excita es lo espontáneo, el peligro, lo inusual. Mientras más natural, mejor. El deseo y el placer están en tu mente, lo demás es accesorio. Si brota del estómago, como dice García Márquez, hasta un confite es afrodisíaco. Pero no es bueno comer tantas grasas y lácteos, daña tu libido. Bueno, la mejor música es la de los Rolling Stones, tiene un ritmo sostenido y fuerte, como el buen sexo.

—¿Y la peor?

—El vallenato, aunque me gustan mucho las canciones viejas, pero me da risa, me quita el deseo.

—¿Será porque el sentimiento del vallenato es en el fondo noble y melancólico, y el sexo va en otra vía?

—Ahora que lo pienso, creo que sí. Interesante.

—¿Y el mejor lugar?

—El monte, la playa y el río.

—¿Qué te hace falta hacer en el sexo?

—Estar de nuevo con ese único hombre que tuve. ¡Ah, espérate, y hacerlo en el espacio, debe ser increíble! Pero con ese único hombre que nada por ahí…

6

Reitera que no le interesa contar la vida que los demás quieren conocer. La historia de la joven hermosa que necesita dinero y alguien le dice que se vuelva puta para los narcos, y luego se opera las tetas para alcanzar el paraíso, se hace la liposucción, se agranda los labios, las nalgas y mil parafernalias más, hasta que se vuelve vieja, triste y sin plata y el mundo la olvida. La conocida retahila de las series de televisión nacionales.

Administradora de Empresas, amante de la lectura, el cine, del Chavo, Cantinflas, Al Pacino, de bañarse en la lluvia, de comer pistachos y mango biche con sal y pimienta. Reina, modelo de jabones, champús, yines, pantaletas y sostenes (no le gusta decir brasier ni pantys), y de una marca de colchones que llevaba impresa en una esquina su imagen semidesnuda, hasta que “una esposa fea y celosa” demandó a la empresa y le hizo quitar su alborotadora imagen a los colchones.

—Estuve en los sueños eróticos de medio país, me desearon, se masturbaron en mi nombre y todavía lo hacen, como lo hizo después el otro medio país con Natalia Paris—. Cuando los medios elevaron a categoría de moda a las prepagos, desde hace más de quince años, Liliana estaba en la recta final de su vida como puta y creyó que su historia podría ser contada. Era real y conocida por un cerrado círculo del espectáculo de entonces.

Visitó los estudios de una cadena de televisión en la que tuvo como amantes (pésimos, dice ella) a muchos actores y productores que hoy le doblan su edad y algunos ya han muerto. Le cerraron las puertas. Hasta el portero del edificio, que al creerla una prepago le dijo un día: “Mire mi nena, es mejor que espere a sus amiguitos en la esquina, vaya y se come una empanadita”. Liliana le volteó la cara de una cachetada y lo tiró al piso. Ella cree que temieron que contara la vida “degenerada y sucia” de personajes de la televisión y de la sociedad, historias que hubieran escandalizado a la nación.

—Y de política, qué…

—¡Nombe!, ponte serio; pero te diré dos cosas: el poder te hace rico, te envejece y te vuelve impotente. Los políticos dañan lo que tocan. Y otra verdad: si ellos tuvieran una vida sexual sana y placentera, no hicieran política. Si lo hicieran por vocación no fueran corruptos y este país sería más cuerdo. Un paraíso.

—¿Te consideras ninfómana?

—No, solo lo hago más que otras personas. Si una mujer cediera cada vez que tiene ganas, entonces todas fuéramos ninfómanas, y ustedes unos enfermos del carajo; pero si una no tiene ganas entonces estamos muertas. Y ustedes se morirían sin nosotras. Si quieres saber si una persona tiene buen sexo, mírale su genio en la oficina, los trancones (tráfico) o en el supermercado.

Interrumpe la conversación para ir al baño. Regresa un par de minutos después. El botón de su pantalón está desabrochado. Sirve otro vino.

—¿Cómo te masturbas?

—No tengo ningún ritual especial, como venga y donde sea, en el baño, en la cama, en el bus, en el avión, sentada como estoy ahora, pero sin hablar, solo mirando a la otra persona, mientras contraigo el plexo solar con mis nalgas, ¿Sabes cuál es? —. Sigue un manual descriptivo.

—¿Además de tus dedos, qué usas?

— A veces pierdo sensibilidad, dejo descansar mis manitas y uso vibradores, almohadas de plumas, chorritos de agua tibia, el lomo de un sofá de cuero, algunas frutas maduras, pero firmes; y últimamente lo estoy logrando sin tocarme, es increíble, pero no es fácil, es como meditar.

7

Su semblante ha cambiado por el deleite de la conversación. Su rostro está más sonrosado y sus labios más rojos. Sus senos se ponen turgentes. Su piel brilla. Suda. Estamos sentados en el sofá. Con natural frescura me hace acercar más para ver si alcanzo a percibir su olor. De hembra. Ya no está el ligero aroma de una madre amamantando. Se siente un rastro de sudor íntimo femenino y el de la matica que se frotó antes. Son distintos. Uno es del macho. El otro de la hembra. El del macho domina. “Es el olor del placer por mi cuerpo, ¿si ves? Por eso amo a mi cuerpo”.

—¿Cuánto tiempo has dejado pasar sin tener sexo?

—Hace tiempo no lo hago con ningún hombre; bueno, hace tiempo no lo hago con alquien que me haya hecho sentir que estoy haciendo el amor. Encontrar a un hombre agradable que disfrute el sexo contigo es como una pareja que te gusta pero no sabe bailar. Me masturbo a diario y varias veces, cada vez que mi cuerpo lo desea y puedo. Te confieso que me satisface más la masturbación. ¡Y no me preguntes cuánto tiempo llevo ahora mismo! (Sonríe)

Suspira, pero no se derrumba. Piensa en el hombre común que le atrae. Esta vez su sonrisa permanece y se la muerde sutil con los labios. Sus ojos brillan y se ven más grandes. Ya no intimidan. La inhibición se ha ido. Su expresión adquiere finalmente el rasgo más intenso del deseo…

*Un año después de esta entrevista, Liliana estuvo a punto de morir a causa de una intoxicación voluntaria con fármacos para dormir. Hoy se ha recuperado y está dedicada al Zen.

Fotos: Ekaterina

Nalgas y Libros | contacto@nalgasylibros.com