El peligro de leer La historia sin fin de Michael Ende

Por Aglaia Berlutti el 24/05/2017

Cuando leí “La historia sin fin” de Michael Ende, no sabía nada sobre el libro, el escritor o qué encontraría en sus páginas. Faltaban unos cuantos años para que la película se hiciera popular, de manera que puedo fantasear con la manera como el libro llegó a mis manos: uno de esos misterios casuales que nunca nos explicamos muy bien.

De hecho, siempre he pensado que hubo algo mágico en la manera como lo escogí: perdido en una enorme bolsa de libros que serian arrojados a la basura por un vecino malhumorado. Mi vecino en cuestión –un viudo gruñón al que le tenía un poco de miedo– había decidido que era un buen momento para deshacerte de todos los objetos inútiles de su ruinoso apartamento de soltero. Durante días, lo vi arrojar todo tipo de objetos casi con saña: fotografías de personas que parecían mirar asustados el desastre que ocurría más allá del marco de madera, muebles melancólicos, lámparas ofendidas. Por último, casi al final de esa caótica semana, lo vi arrastrar fuera del apartamento una enorme bolsa de negra que arrastraba con dificultad. Levantó el rostro enrojecido por el esfuerzo y me encontró allí, una niña de ocho años espiándole por la rendija de la puerta entreabierta.

– ¿Tú eres la nieta de Celia? – bufó. Me sobresalté. Pero intenté no se me notara demasiado el miedo que me daba aquel anciano monumental de ojos duros.
– Sí.
– ¿Tú lees, no?

La pregunta me sorprendió. Casi nadie me la hacia. De hecho, a mucha gente que conocía le parecía extraño mi habito de sentarme a leer en cualquier rincón con un libro en las rodillas. Me pregunté si mi vecino me había visto alguna vez, callada y torpe, con la nariz hundida entre páginas, aislada del mundo, en la soledad perfecta de las palabras. Claro que, no lo pensé en esos términos. Solo me sentí un poco avergonzada.

– sí, leo – el tono era desafiante. ¿Se reiría de mi? Mis primas lo hacian de vez en cuando Pero el anciano me dedicó una mirada dispareja, como si tratara de enfocarme mejor en la semipenumbra del pasillo.
– ¿Quieres un libro?
– ¿Cómo…?
– Los voy a arrojar a la basura –me explicó– eran de mi esposa y no quiero saber nada de ellos.

Por entonces, yo sabía muy poco sobre el dolor y las cosas que nos obliga a hacer, las decisiones singulares que tomamos chapoteando en páramo de la amargura. Así que me pareció escandaloso que alguien quisiera botar un libro a la basura, renunciar de esa manera hostil a un mundo de palabras. Abrí la puerta, sofocada y casi con lágrimas en los ojos.

– ¿Los va a botar? – repetí.
– Sí, pero puedes quedarte con uno.
– Me quedo con todos.
– Solo te ofrecí uno, muchacha – rezongo – o aceptas uno o te quedas sin nada.

La decisión era sencilla. Me acerqué a la bolsa abierta, que me pareció la visión más triste del mundo. Libros perdidos, olvidados, sin nombre, abrazados esa especie de muerte sencilla. Imaginé su miedo, la angustia de sus palabras, aferradas a las páginas, quizás mirándome, pidiéndome las salvara de aquel suplicio. Extendí la mano, temblando de preocupación. Tenía que salvar uno. Cualquiera. No importaba cual. Pero sería mi manera de decirle a todos los demás “Lo siento, los amo también”.

El libro que mi mano escogió, era un pequeño volumen de tapas de cartón remendado mil veces. Lo sostuve, mirando su sencilla portada. Un niño sentado leyendo. Parpadeé sorprendida. Me recordó a mi misma, en todas las tardes en que me inclinaba con los ojos muy abiertos, para recibir el regalo de la primera palabra.

– La historia Sin fin – leyó mi vecino – ese es un libro peligroso.
– ¿Por qué?
– Porque la Imaginación abre puertas. Después no te quejes.

Lo vi arrastrar su bolsa por las escaleras, lentamente, como si el anciano se tratara de un verdugo impenitente. Pero yo había salvado un libro. Y era mio. Me regresé a mi casa con el libro apretado contra el pecho. Me senté en mi Sofá favorito y comencé a leer. En silencio, corriendo el riesgo -el peligro – que corre cualquier lector al comenzar a leer una nueva historia: que te robe el corazón.

Eso me sucedió con la “Historia Interminable”: Leí sin parar horas seguidas. No podía detenerme. Comprendí a Balthazar Bux desde las primeras páginas, porque yo conocía su mundo. Porque yo también soñaba con Una historia interminable que empezaba más allá de la historia y parecía rodearme. ¿Quién comprende mejor la fantasía que un niño? ¿Quién es capaz de soñar con Historias infinitas con más fidelidad que un buen lector? Y es el Lector quien construye nuevos mundos, quien se enfrenta al temor. Fantasía que es la historia que no termina jamás, que se cuenta cada vez que cerramos los ojos, que los sueños toman forman. Y es que la “Historia Interminable” juega con el símbolo más viejo, más hermoso y sentido de todos: la fe del idealista, el fervor del soñador. El libro que nace entre tus manos, la historia que se crea en cada pensamiento e idea. La imaginación que abre puertas. La emoción que impregna cada palabra. Un sueño de la razón.

Y es que “La historia Interminable” tiene la capacidad de los buenos libros de contarte una historia que atesoras como propia, que lloras con lágrimas genuinas, que disfrutas con la ingenuidad de la fe recién nacida. La metáfora y la ternura se entremezclan en personajes entrañables, en una narración limpia, quizás en momento dolorosas, siempre profunda. Si algo me sorprendió de la visión del autor, cuando leí el libro por primera vez y en todas las relecturas inevitables que vinieron después, fue su capacidad para cautivar al niño de cualquier edad, para hacer sonreír incluso al más temeroso de creer y de confiar. Y es que “La Historia Interminable” es una gran fábula de la razón rota, de la fe inquieta, de la necesidad creer y construir un sueño a pesar de la Oscuridad, esa nada lenta, inquietante, que siempre parece acechar. El desaliento de la página que nadie lee. El tiempo olvidado de un libro cerrado. Con una conmovedora ternura, Ende encontró la manera de recordarnos que siempre seremos niños mientras seamos capaces de recordarlo.

Unas semanas después, me tropecé con mi vecino. Me encontró en el jardín de mi edificio. Leyendo, claro. Levanté los ojos cuando se acercó. Ya no le tenía miedo.

– ¿Le encontraste un nombre a la Princesa de Fantasía? – preguntó. Sonreí. Le extendí el libro que leía “Las mil y unas Noches” y él soltó una carcajada. Nos entendíamos él y yo. El anciano gruñón y la niña tímida de rodillas flacas. Pero esa es otra historia que prometo contar.

Todavía no tiene nombre la Princesa de Fantasía. O mejor dicho: tiene uno nuevo cada día. Cuando sueño con su reino interminable, con Atreyu corriendo en las estepas infinitas donde vivirá pero siempre. Pero La Nada, jamás ha cruzado el limite de mi castillo de sueños e ideales. Y eso es bueno. Quizás esa es puerta que abrió “La historia Interminable” en mi mente y que nunca se cerró.

Nalgas y Libros | contacto@nalgasylibros.com