El largo trayecto de Sir Arthur Conan Doyle

Por Aglaia Berlutti el 16/01/2016

Por años creí que Sherlock Holmes había sido un hombre real. Lo creí tan fervientemente que suelo decir que el detective fue uno de mis grandes amores adolescentes: desde la primera vez que leí una de sus historias – tendría unos doce años – me deslumbró no solo como personaje, sino como visionario. Porque Sherlock comprendió antes que nadie de su época – o así me lo pareció por entonces – que la fría lógica es tan poderosa como cualquier emoción. Un pensamiento que sorprendió a propios y extraños: Sus historias se conciben como pequeñas piezas de relojería perfectamente ensambladas donde la inteligencia y a una férrea objetividad lo es todo: el elemento que las sostienes y las perspectiva que expresa su particular visión del mundo. ¡Que poderosa manera de concebir la realidad! pensé muchas veces, asombrada por la audacia de Sherlock de esgrimir su fría visión como parte de su identidad. Tenía que ser real, me decía, asombrada, entregada a la lectura de las aventuras de un anti héroe en perpetua destrucción. Y es que me parecía imposible que no pudiera ser real, que Sherlock, en toda su elegante gloria decadente no existiera en el mundo de los hombres corrientes. Tal vez, ese debió ser mi primer indicio: el genio de Sherlock siempre fue una depuración de una época, una visión muy precisa y coherente de la sociedad que podría haber visto crecer al gran detective Una forma de dejar muy claro, que la época de los milagros y el misterio de lo portentoso se desplomaba ante el imperio de la razón.

 
 

Por supuesto que, cuando descubrí que solo se trataba de un personaje nacido de la pluma del escritor Arthur Conan Doyle, me entristecí. Pero de alguna manera, sentí alivio: Sherlock pasó entonces a formar parte del Olimpo de héroes inmortales que las palabras perfeccionan y aún más, de esa pléyade de personajes inquietantes que parecen reflejar su época con una meridiana claridad. Y tal vez por ese motivo, Sherlock, en todo su poder de evocación, es una paradoja en si mismo: No solo es un hijo de un tiempo y a una época que probablemente le engendró sin saberlo, sino que además, demuestra el poder de la palabra sobre la realidad. Porque aunque mucha gente, como yo, ama y admira al Sherlock ficticio, le asume como real, desconoce por completo a su padre literario, quién muchas veces se quejó que su personaje le condenó al anonimato. ¿No resulta desconcertante que Sherlock, incluso solo construido en palabras y aventuras, sea mucho más real que el hombre que empuñó la pluma para crearlo? Sin duda, se trata de uno de esos misterios asombrosos del mundo literario, esas historias que nacen entre las grietas diminutas de la realidad que se cuenta, de lo que asume como parte de ese Universo caprichoso de los libros y las palabras. Y tal vez por ese motivo me atrae tanto Sherlock Holmes: esa capacidad del personaje para formar parte de la realidad y a la vez, ser simplemente parte de una idea más amplia en el mundo de las palabras.

Y es que las aventuras de Sherlock Holmes resumen esa visión del nuevo hombre del siglo XIX, ese que vio morir a los Dioses de la incertidumbre natural y nacer a los de la ciencia. Sherlock Holmes existe en su capacidad para mostrar esa nueva perspectiva del mundo bajo la deducción intelectual, la frialdad de la mirada científica. La impecable lógica de Holmes, su necesidad de analizar el mundo y su circunstancia bajo el planteamiento de lo literal, hace de su visión una extraña perspectiva sobre el nacimiento de la época de la iluminación, esa donde el hombre dejó de buscar a Dios mirando la oscuridad y decidió encontrarlo en los pliegues de la realidad. ¿Es casual que Holmes, en toda su brillante celebridad sea el hijo de tinta de un oscuro médico anónimo? Tal vez no del todo: La historia de Arthur Conan Doyle tiene los tintes trágicos de una historia victoriana: El médico sin renombre que dedicaba sus ratos de ocio a crear tramas imposibles, a construir historias tan enrevesadas que solo su creación literaria más famosa podría resolverlas. Y luego la celebridad que no existe, absorbida por el otro yo, brillante y temerario, bajo cuya piel parecía esconderse el hosco y duro Conan Doyle.

Porque sin duda, y a pesar que muchas veces insistió que no sentía la menor simpatía por su personaje, Conan Doyle experimentaba una extraña ambivalencia con respecto a la existencia – en palabras y en la imaginación de su público – de Sherlock Holmes. Y es que el detective londinense parece ser el reflejo exacto de una parte del escritor misteriosa, huidiza: Cada una de las partes y aristas de su mundo forman parte de esa extrañísima visión que Conan Doyle tenía sobre la realidad. Agnostico convertido al espiritismo, interpretaba el mundo de una manera ambigua y engañosa.Su confusa interpretación del mundo de lo desconocido – sobre todo a raíz de la muerte de su hijo durante la Segunda Guerra Mundial – contrasta directamente contra la brillante y meridiana lucidez de un Holmes que parece recordar al escritor los peligros de la ilusión y el desengaño. Las numerosas aventuras del detective se sostienen casi integramente sobre la mitología de su autor. Desde su nombre – creado a partir de una combinación del apellidos del violinista Alfred Sherlock y del jurista Oliver Wendell Holmes – hasta esa singularidad que convertía a Sherlock Holmes en un personaje común poco común para los años de la reina Victoria, brindan al personaje de una corporeidad y profundidad desconcertante para el mundo literario de la época. Además, Conan Doyle, tal vez en un enrevesado juego de espejos, dota de a su personaje de vicios que escandalizaban a la rigida sociedad victoriana: morfinómano, misógino, músico ambulante y ex actor. ¿El revés de la moneda cultural? ¿Esa brecha entre la moralidad inevitable, el tiempo que transcurre más allá de las palabras, una crítica directa contra una cultura aprensivo? Nadie lo sabe con exactitud, pero lo que si está claro, es que Conan Doyle creó un personaje que abarca lo profano y lo evidente con una profundidad que sorprende y que le brindó una fama que trascendió las fronteras del espacio y del tiempo.

Muy probablemente abrumado y sofocado por esa celebridad imprevisible – quizás inexplicable – Conan Doyle decidió matar a su némesis literario de la mejor manera que supo: arrojándolo a la muerte real, intentando destruir el mito del héroe célebre a través de un recurso vulgar. Pero al hacerlo, Conan Doyle no previó que Holmes había trascendido las páginas del libro para tomar un lugar en la historia, para crearse así mismo. El experimento resultó un pequeño cataclismo: luego de la publicación de “El problema Real” novela donde el detective muere al caer por un precipicio, no tuvo otro remedio que comprender que Holmes era real para sus millones de lectores. Nadie le perdonó la muerte del héroe: los fanáticos inundaron al escritor con críticas enfurecidas hasta que por último, Conan Doyle pareció aceptar lo inevitable. Desconcertado, entristecido y finalmente vencido, hizo reaparecer al héroe en “El perro de los Baskerville” una novela que se ha calificado muchas veces como blanda y carente de la chispa que siempre caracterizó a las aventuras de Holmes. De manera que el publico le exigió más, así que Conan Doyle escribió “El retorno de Sherlock Holmes” para explicar con detalles que pudieran satisfacer a su exigente audiencia como el detective había sobrevivido al intento de asesinato de su archienemigo Moriarty. Abrumado y muy probablemente enfurecido, Conan Doyle tuvo que soportar a Holmes por treinta y seis años más, hasta la publicación de su última aventura “El archivo de Sherlock Holmes”, un libro considerado menor dentro de las obras del autor. ¿Su última venganza contra el personaje? De ser así, falló en su última tentativa: Tres años después, Conan Doyle moriría, aún anónimo a pesar de la celebridad de Holmes, cada vez más conocido y querido entre los circulos literarios del mundo. Incluso, más allá de la muerte, Conan Doyle continuó siento eclipsado por su creación literaria: aunque su tumba no la visita nadie, el detective Londinense continúa recibiendo cartas de todo el mundo. Una juego de espejos entre la realidad y la fantasía, y los confusos limites entre el mundo que se crea y la mirada más profunda del escritor sobre si mismo. Quizás el último misterio en la vida de Holmes, como nunca pudo imaginarla su escritor.

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